Chullachaqui
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Ojos de espanto en la oscuridad
↑ Volver al índiceI
La selva ampara celosamente sus secretos.
Alberga vida. Alberga magia.
Isula se volvió un cazador tenaz de la noche a la mañana. En la selva, cuando la omnipotencia de la oscuridad empezaba a subyugar por completo las luces mortecinas que se filtraban entre las ramas de los árboles y el ambiente era conquistado por un tétrico silencio de sonidos portentosos, característicos de los rumores nocturnos de la selva, Isula ya estaba instalado en una firme tarima construida a prudente altura sobre las ramas de un árbol. No necesitaba compañía. La última vez que cedió a las insistencias de su huauqui, éste se había dejado dominar por el sueño sentado en el armazón de palos y, cuandxo escuchó el estruendo del balazo muy cerca de sus oídos, se había sacudido del susto haciéndole maniobrar tan malamente su cuerpo que no tuvo manera de evitar una dramática caída; el ajetreo de su descenso y el golpe tuvieron repercusión en músculos y huesos.
Para sus allegados, era imprudente su solitaria condición de acechador nocturno. Sus compaisanos siempre le relataban de algunos encuentros que tuvieron con el tunchi, el shapshico, la lamparilla y otros seres quiméricos que conforman la variopinta tradición fantasmagórica de los pueblos de la selva. Pero, Isula no concebía a las noches como una fábrica de misterios siniestros, como una patrocinadora de entes fantasmales.
Para él, aquellas apariciones nocherniegas eran simples alucinaciones inspiradas por el miedo o meras entidades emprendidas desde la imaginación exagerada de algunos pobladores de donde siempre salieron airosos del incidente pavoroso. Para Isula, las mismas existencias del día, los mismos seres, el mismo arrebato del viento que mueve en la mañana y en la tarde cada copa de un árbol son los mismos que gobiernan también en la noche.
Con este sencillo entendimiento del existencialismo nocturno del bosque, Isula no temía convivir una o más noches con el silencio lóbrego de la selva. Esa temeridad era la que le hacía merecedor de una fama insuperable en el pueblo por ser el montero más entusiasta e infalible que había visto jamás la población, a pesar de ser nuevo en la materia escopetera. Su apodo, Isula, se asociaba, de alguna manera, con su inclinación por el monte y la oscuridad. Antes no le decían Isula. Antes de ser “Isula” fue Segundo Ascencio. Isula resultó ser un apodo bien bordado; por eso, los lugareños se olvidaron de su nombre. Aquel mote se forjó una noche en que Segundo Ascencio y su círculo de compadres sazonaban con chuchuhuasha sus confidencias agrícolas y amicales:
―Ídem Isula por el monte te verás ―le interrumpió su compadre cuando Segundo Ascencio se vanagloriaba de haber resistido sin fiebres a la dolorosa picadura de esta hormiga venenosa. Aquello causó la risa de los demás integrantes de la ronda. Risa que algunos la desbordaron en carcajadas cuando en sus mentes trastocadas por la bebida, emparentaron al agraviado con aquel insecto venenoso y comprendieron que aquel sobrenombre, fruto de una agudeza visual y creativa, sintetizó todos los apodos que pudo soportar la ennegrecida piel de Segundo Ascencio. En los días sucesivos, celebraron el apodo en cada conversación, entonces, fue adquiriendo fama ascendente y, semanas más tarde, usurpó por completo el verdadero nombre de Segundo Ascencio. Por decirlo de otra manera, los infantes que recién comenzaban a estrenar sus primeras palabras se adiestraban llamándole con aquel apelativo insectil.
Pero, desde aquella noche, Isula nunca volvería a la montaña para servirse de su fauna. Solo se supo al día siguiente que, esa noche, cuando sólo se escuchaba el clásico coro nocturno del corrillo incansable de grillos, el bufido de las lechuzas trasnochadas y uno que otro ladrido de perro velador, Isula retornó del bosque exhausto, trastabillando y sin más fuerzas que para mantenerse en pie, y gracias a su corazón que obraba más de lo debido en su macizo pecho. Su mujer se había levantado despotricando por el retumbo insistente de la puerta, y poco faltó para que el recién llegado se descalabrara en la solidez del piso de la sala, de no ser por los oportunos brazos de su compañera que lo ampararon a duras penas de un seguro porrazo. Supieron también que ella, después de hacer malabares para volverlo en sí y de asegurarlo en un sillón de la casa, lo sometió a un intenso interrogatorio para esclarecer su inusitado vahído, pero, él no logró balbucir, siquiera, una sola palabra que revelara su inusitada consternación
El rostro de Isula, en los días posteriores, se oscureció por una expresión de silencio y de misterio que hirió la curiosidad de muchos. Los parleros crepusculares que colonizaban todas las tardes las esquinas de Huacho, anegaban sus conversaciones en intensos cuestionamientos para vaticinar, auxiliándose entre todas las mentes, una justificación razonable que pudiera esclarecer el suceso nocturno de Isula. Echábanle la culpa al chullachaqui con sus malabáricas transformaciones, pero, finalmente acusaban al tunchi y su silbido lúgubre, ya que este fantasma es quien recorre los caminos en la noche persiguiendo a los andantes nocturnos o huyendo del shapshico, el diablillo cazador de almas en penitencia.
II
Aquellos días en que el verano se prolongó soberanamente y perjudicó los cultivos, Isula decidió ser montero. Fueron días difíciles, pues el cielo regateaba sus nubarrones por esos territorios; de vez en cuando se encapotaba y exaltaba por varios minutos el ánimo de los campesinos; luego, las triviales nubes se desvanecían sórdidas de vapor y desaparecían detrás de los cerros lejanos. Otras veces llovía con sol; el suelo polvoriento y abrasado se humedecía poco y, enseguida, esparcía un vapor tan febril en el ambiente que aletargaba y empapaba a los cuerpos humanos de un insoportable hircismo. Los sembríos, pálidos, retorcían sus hojas por acción del calor y los bosques formaban elevadas plataformas de hojas secas en el suelo. Los dos riachuelos mermaron su modesto caudal y estaban a punto de secarse; discurrían sus aguas sobre carrascales cubiertos de un sarro verdoso y, en la aparente claridad de los pozos pequeños, la abundancia de renacuajos permitía presagiar el raudal de la próxima generación de sapos y ranas. Fue así como los maizales echaron flor sin haber alcanzado razonable tamaño. Los platanales dieron racimos insignificantes. Algunos frutos estacionales sucumbieron ante la avidez de los mosquitos; parecían sanos por fuera, pero al abrirlos, las larvas de moscas surgían por donde la pulpa daba muestras de gustosa sanidad. Entonces, el pueblo se envolvió en un estado de desilusión agrícola. La carencia de cosechas auguraba tiempos de parvedad. Se confesaban unos a otros el fracaso de sus cultivos y se lamentaban de los malos tiempos. Fue en esas circunstancias en las que Isula buscó amparo en la naturaleza echando mano desesperada a su vieja carabina. Pero, una vez remediado su problema, el favor alimenticio que consiguió en las montañas se convirtió en pasatiempo y éste a la vez, en vicio. Isula se convirtió, de pronto, en un asiduo montaraz. La cacería ya no solo saldaba cuentas con la canasta familiar, sino también con sus bolsillos.
Pero aquella tarde precoz ―el mismo día en que Isula llegó desvariando a su casa muy entrada la noche― la gente del pueblo se distrajo como nunca y se sorprendió en silencio con la figura de un cazador haraposo que se perdía en la montaña por uno de los senderos menos preferidos por quienes también ponían en práctica sus dotes cetreros. En efecto, era Isula quien sobreponía su suerte por sobre todas las desilusiones monteras de otros cazadores de menor rango, quiénes optaron por difamar un camino llevándolo al desuso.
Por la senda desdeñada, Isula caminó una distancia considerable. Sólo cuando sus piernas empezaron a reclamarle se detuvo. Su pecho empapado de sudor se ensanchaba y contraía al compás de un jadeo prolongado, mientras sus ojos se dirigieron al horizonte solar interpretándolo para adivinar la hora. Se preocupó. Pero fue en esos instantes que avistó a lo lejos territorios donde la jurisdicción del hombre apenas se dejaba notar. Entonces, se desvió del camino y con su machete comenzó a trochar la purma con categórica habilidad adquirida desde su niñez. Avanzó un largo trecho topándose con yedras que parecían tener voluntad humana pues embrollaban su muñeca en forma atroz quizás con el designio natural de obstaculizar y acaso detener la veloz arremetida de su filudo sable. Pero, progresivamente, el lugar había ido ganando características escabrosas y, sólo entonces, se arrepintió de la ruta tomada; el agotamiento empezaba a mermar la sagacidad de su brazo. Derrotado por el cansancio se detuvo sin dejar de mover la cabeza de un lado a otro determinando un rumbo sensato. El sudor le ardía en los ojos... se dio ánimos y prosiguió su faena. El crepúsculo comenzaba a mecerse en el inhóspito ambiente.
Por fin llegó a un lugar quieto, de árboles muy grandes con copiosos ramales, por entre los cuales se filtraban las últimas luces del ocaso. En una rápida pesquisa distinguió que la encina era escasa y el suelo ofrecía prometedoras huellas de animales. Pensó que había llegado al lugar indicado. Improvisó raudamente una tarima, subió sobre su reciente construcción y esperó, exhausto, la llegada de su víctima.
El día se iba y se encendía la noche. La inminente oscuridad amalgamaba el escenario glauco y formaba objetos difusos, resueltos a la imaginación de Isula, mientras los grillos crepitaban desde todos lados coros monótonos que hacían aún más solitario el ambiente.
Transcurrieron las horas e Isula ingresó en un estado de sopor, cabeceando de rato en rato al son de un sueño inoportuno. Pero un sonido bronco y retumbante proveniente de la profundidad del bosque le hizo enderezar la cabeza y, sin que el eco se extinguiese, se encadenaron otros estrépitos más que hicieron fantasear a su crispada imaginación la escena del contacto violento de dos descomunales troncos secos. Vacilaba de su suerte en aquella noche. Encendió un mapacho y comenzó a fumar, impaciente, hilvanando conjuros mentales. En esos instantes, las hojarascas delataron unos ruidos discretos y acompasados. Ruidos que avivaron su imaginación con la conclusión consiguiente de que se trataba de un animal no tan pequeño. Con diligencia, mediante movimientos camaralénticos1, quedó apuntando inmóvil como un maniquí rústico, esperando que aquellos pasos se dirigieran hacia su punto culminante, hacia sus esperanzas... En efecto, apareció la presa. Un añuje maduro que se quedó atracado en la repentina luz de la linterna. El disparo dejó su rastro escandaloso en un profundo eco que el bosque fue consumiendo poco a poco en sus entrañas obscuras. “¡Chupó!” se dijo Isula y saltó de su chapana. Pero al querer acercarse notó que el animal todavía estaba vivo y, cuando quiso liquidarlo de un funesto machetazo, éste aderezó sus extremidades y corrió como pudo lejos de su alcance. Isula siguió el rastro de sangre guiándose con la luz de la linterna... Lo encontró a corta distancia, desparramado con su dolor sobre las hojarascas, emanando sus últimos alientos de vida y envuelto en profusa sangre, la misma que daba la impresión de estar brotando de la misma tierra y brillaba misteriosamente al contacto de la luz. Isula, como un depredador, improvisó largas zancadas para cercenar con la hoja del brillante hierro la nuca del animal abatido, pero éste, de nuevo, se sobrepuso asombrosamente y, más veloz que antes, se hundió en la fronda amparadora. “¡Ya vuelta!” expresó Isula y a tiento de linterna marchó detrás del roedor lacerado guiándose en su sendero trágico... Caminó largo trecho y, en el momento que iba a desistir de la búsqueda, la luz del foco se detuvo en unos ojos atentos que ya no eran de un animal; unos ojos rojos que al ser enfocados por la luz de la linterna emitían una chispa de luz sobrenatural. El espectro decaído se incorporó lentamente revelando la semejanza de una de sus extremidades a la del animal moribundo. Era un cuerpo antropomorfo y pequeño que no sobrepasaba el metro de altura y estaba cubierto de harapos sucios y descosidos como si fuera un mendigo de la selva. Su rostro arrugado, parecido al de un anciano desdentado delataba una prominente nariz y orejas puntiagudas. La mirada de Isula, llena de pavor, fue absorbida de nuevo por los ojos purpúreos del duendecillo senil; en aquel momento, aquellos ojos encarnados, con su silencio de dolor y furia, lo acusaban de algo que él logró comprender lo que era. Entonces, Isula se arrepintió, se avergonzó de su condición de cazador acérrimo… y, antes que el humanoide longevo diera un paso a su encuentro, Isula, con las últimas fuerzas que le restaban, logró hacer un disparo muy cerca de sus oídos para aprovechar el estruendo y recomponerlo del susto. Con fuerzas suficientes pudo dar media vuelta y correr por donde vino, rumbo a la salvación.
1er lugar
Willian Édil Sánchez Cabrera
Seudónimo: Qilqakamayux
Las aventuras de Panguito
↑ Volver al índiceHacer con el pie izquierdo torcido le había costado el rechazo de su propio pueblo; los que saben, dicen que su madre lo dejó al cuidado de una extraña viejecita ciega que vivía sola en la montaña.
En aquellos tiempos de luchas intertribales, el cacique de una tribu guerrera de nuestra vasta selva deseaba ver perpetuada su raza en una hermosa virgen que había raptado de una de las tantas tribus que venció con su poderoso ejército; sin embargo, a casi un año de convivencia, no podía cumplir su deseo. En muchas oportunidades, la sumisa joven fue encontrada sola en la montaña, llorando a raudales, ya que a pesar de los tratamientos de fertilidad con plantas mágicas de unas curiosas ancianas, no podía quedar embarazada y darle el heredero varón que tanto le exigía su consorte; además, temía las represalias de la tribu pues tenían por costumbre eliminar a las mujeres estériles, pues, según sus creencias, le quitaban la fecundidad a la tierra y a sus crianzas.
Antes que cumpliese el plazo otorgado para su destierro, y gracias a unas hojas aromáticas que encontró sobre la aleta de un árbol de renaco, cuya receta le fue revelada en sueños, la hermosa joven por fin pudo concebir. La esperada noticia corrió como río llocllado y fue celebrada hasta el tercer amanecer con participación de otras aldeas amigas. No era para menos, el curaca pronto tendría un sucesor con quien anhelaba seguir ampliando sus dominios, a pesar de que las profecías de los chamanes ayahuasqueros, que él se resistía a entender, indicaban que el primogénito de la doncella y quinta mujer del cacique guiaría a la tribu y otras poblaciones del sector para restablecer la armonía y resguardar un gran tesoro ancestral.
Luego de nueve meses de gestación, la parturienta fue acompañada por una experimentada comadrona a orillas del gran río, y pronto se escuchó un gangoso llanto; la partera no sólo confirmó que se trataba de un varoncito, también puso en alerta a la madre sobre la malformación congénita del niño. Antes de arrojarlo a las aguas como mandaban las normas de la comunidad en aquellos casos, lo amamantó y su conexión con la indefensa criatura se hizo más intensa, entonces decidió protegerlo con todas sus fuerzas, y suplicó a la anciana que guardara el secreto; pero se acortaba el tiempo para retornar a la maloca o tambo mayor, donde el cacique y su pueblo aguardaban ansiosos para celebrar la ishpa, fiesta tradicional en honor al recién llegado.
Rompiendo los patrones culturales de aquella época, la primeriza decidió criar a su bebé aunque para eso tenía que ocultarlo en algún lugar; los minutos raspaban las horas y antes de que el curaca mandara a buscarlas, recordó que una vez mientras caminaba sola por la montaña se había encontrado con una misteriosa viejecita a quien con un gesto de amistad le regaló un ramillete de flores silvestres, y en agradecimiento al noble acto, la viejita le dijo que si alguna vez necesitaba su ayuda no dudara en convocarla golpeando nueve veces la aleta de un frondoso renaco que le mostró, para que viniera a su encuentro. Muchas leyendas se tejieron sobre la anciana, que a propósito no se dejaba ver fácilmente; las personas más longevas afirmaban que de niños también supieron de ella, que era más antigua que el mismo pueblo; además, decían que era la madre de los renacos, ya que sus apariciones se daban en el entorno de estos misteriosos árboles que eran sus preferidos. Sollozante, la esposa del cacique con el niño entre brazos, convocó a la viejecita tal como le había indicado. Al principio la anciana rechazó de golpe el pedido de la mujer, pero al sentir las tiernas caricias del bebé en su rugosa cara, aceptó sin reparos.
Cuando la joven llegó muy nerviosa al tambo mayor junto a la comadrona, sin el bebé, fingió luto y balbuceando manifestó que el niño nació deforme y fue entregado al río; entonces fue criticada terriblemente por las otras cuatro mujeres del cacique, quien maldijo al cielo y descargó toda su furia en un cashapijuayo, espinuda palmera que tumbó a patadas. Más tarde, al volver la calma, el cacique y el consejo de ancianos del pueblo le dieron a la mujer una última oportunidad para recuperarse y engendrar una nueva criatura; mientras tanto, ella encontraba cualquier pretexto para ir a la montaña y visitar a escondidas los aposentos de la anciana para estar durante algunos minutos con el bebé al que llamaba Panguito, en honor al platillo que siempre se le antojaba cuando estaba gestando.
El travieso y alegre niño aprendió de la viejecita, a la que llamaba Mamanchi, todos los secretos de la selva: a caminar de día y de noche por cualquier rincón sin tropezarse, evitando las espinas y barrancos; a comunicarse con los vientos, las lluvias, los animales, las plantas y sus ánimas o madres, aprendió a valorar el bosque como escenario perfecto para una vida plena y de calidad, ya que nunca les faltaba alimento, vestimenta, medicina, refugio y sabiduría, la maravillosa naturaleza proveía de todo; además, Panguito, con las purgas y dietas a base de plantas maestras que le convidaba la viejita, logró fortalecer todos sus sentidos; podía percibir y diferenciar a kilómetros los olores y las pisadas de los extraños que ingresaban al bosque, a quienes observaba siempre a escondidas. Se hizo tan amigo de las plantas que algunas hojitas le crecieron en el cuerpo; se divertía mucho jugando con los animales, incluso con las fieras más temidas, que le enseñaron con dedicación sus secretos para trepar y colgarse en los árboles, brincar y correr largos trechos sin cansarse, esconderse en lugares inimaginables, entre otras cosas que hacían más fácil su vida en el bosque. Su espíritu bonachón era desbordante: curaba a los animales heridos, ayudaba a los cachorros extraviados a encontrar a sus madres y los alertaba de los peligros.
El niño del monte siempre visitaba a escondidas la aldea para jugar con los demás niños y llevarlos a conocer la montaña, pero cuando sus padres se preocupaban y empezaban a buscarlos, los devolvía a la aldea o los dejaba en parajes cercanos sanos y salvos para que los pudieran encontrar. Una vez, mientras Panguito jugaba a la ronda con un grupo de niños, fue sorprendido por algunos adultos quienes se asustaron y se burlaron de su apariencia, es decir, de su pequeña estatura de piel rugosa, de sus orejas grandes y puntiagudas, de sus ojitos saltones, de su pancita abultada, de su notoria cojera, entre otras particularidades que le hacían especial; lo alejaron a pedradas y empezaron a llamarlo chullachaqui, que significa pie desigual en el idioma quechua, pero ya nada ni nadie lo amilanaba; tenía en el bosque el cariño y respeto de todos, a quienes consideraba su verdadera familia.
Cuando Panguito crecía feliz en la montaña, el pueblo de donde procedía fue arrasado por otra tribu guerrera proveniente de una lejana cuenca, que luego de raptar a las mujeres jóvenes, sacrificaron a las demás junto a los varones que no se sometieron. Solo se salvaron algunas personas, en su mayoría niños que lograron esconderse en la montaña; en el pueblo quedaron las almas en pena llorando al compás de un viento que silbaba una canción fúnebre, mientras las chozas desaparecían entre llamas. Sin imaginar la tragedia, el niño crecía con el amor de la Mamanchi que a pesar de su ceguera lo cuidaba sin problemas en la casita de raíces al pie de un centenario renaco, en pleno corazón de la selva. Algunos días se sentaban en la rama más alta de una lupuna, que es el árbol más grande de la selva, desde donde contemplaban la extraordinaria belleza de la montaña, y en las noches de luna llena, Panguito disfrutaba con emoción las milenarias y maravillosas historias que la viejecita le relataba; luego, el concierto mágico de los insectos entre otros animales nocturnos acompañaban sus dulces y coloridos sueños.
Pronto los días se hicieron años, Panguito creció sólo un poquito, pero su gran corazón de niño bonachón se mantuvo vigente. Cuando nuevas poblaciones empezaron a instalarse en el entorno del gran bosque, la necesidad de animales, maderas, hojas, sogas y otros insumos eran cada vez mayores, entonces comenzaron a tumbar más árboles y a cazar el doble, en algunos casos más de lo que necesitaban; la viejecita que en realidad era un hada mágica, madre del bosque, para salvaguardar la flora y fauna del lugar, decidió convertir a Panguito en el guardián del bosque; luego de confiarle su cuidado y administración, y para que cumpliese eficientemente su trabajo, reforzó sus habilidades concediéndole poderes mágicos; además lo rebautizó como “chullachaqui”, nombre que a él también le empezó a gustar muchísimo. Dejando el bosque en manos de su guardián, la anciana partió a otro lugar de la selva amazónica para seguir formando más protectores de la naturaleza como él.
De esa manera el chullachaqui conoció como la palma de su mano todos los secretos del bosque, por eso este protector de la naturaleza era temido y respetado por los montaraces, quienes dietaban rigurosas purgas para sintonizarse con él y con el monte; además de solicitar su permiso, le dejaban a manera de pago algún regalito entre la hojarasca, y sólo así lograban disponer de sus animales y frutos, siempre con mesura según sus necesidades. Aunque no corrían la misma suerte los ambiciosos que despilfarraban los bienes del bosque, con quienes se molestaba y hacía gala de sus bromas y travesuras, escondiéndoles sus hachas de piedra, lanzas, arcos y flechas, pucunas y virotes; además golpeaba con sus pies desiguales las aletas de los grandes árboles para advertir y espantar a los animales poniéndolos a buen recaudo. Se transformaba y remedaba el sonido de cualquier animal, desorientando hasta a los cazadores más experimentados, llevándolos a perder por enmarañados espinales y sogales en los confines del bosque donde abundaban zanjas y fieras salvajes, para darles un escarmiento que lograra enmendar sus errores, si es que regresaban vivos o cuerdos. Asimismo recorría en segundos la inmensa montaña utilizando los senderos secretos y los portales mágicos de los renacos.
Es así que Panguito, convertido por designio de la madre naturaleza en el chullachaqui, duende encantado, bondadoso para algunos y malévolo para otros, continúa viviendo feliz hasta nuestros días, resguardando y defendiendo el gran tesoro que es el bosque con la diversidad de plantas y animales que ahí habitan.
2do lugar
Darwin Córdova Vásquez
Seudónimo: Shapshico
El monte del chullachaqui
↑ Volver al índiceEn un pueblito de la selva donde todavía existen esas costumbres y tradiciones de nuestros ancestros, alejados de la sociedad urbana vivían dos inseparables amigos: Palermo y Wilter, jóvenes cazadores que proveían al pueblo de la carne que hay en la selva: sajino, majás, añuje, carachupa, huangana, monos y tantos animales cuadrúpedos y voladores que caían bajo sus trampas y balas.
Había un lugar prohibido, una hermosa montaña que el pueblo conservaba como refugio para los animales. Con el tiempo se había convertido en un lugar encantado donde todos decían que el chullachaqui había hecho su morada. Estos dos jóvenes, intrépidos y aventureros, no hacían caso a los viejos y siempre entraban a cazar allí, a pesar de las advertencias.
Una noche, mientras vigilaban el rastro de un animal cerca de la gran laguna, vieron a un robusto venado. Wilter le disparó y el animal cayó allí mismo. Corrieron a ver pero éste huyó dando brincos de herido hacia la espesura de los árboles; mientras le buscaban, vieron un brillo que resplandecía no muy lejos, entre las hojas de los árboles. Se preguntaron qué sería, y su curiosidad los llevó a ver. El resplandor de la luz provenía de una cueva con una enorme abertura y un fondo sin fin que se perdía en una curva. Se quedaron completamente mudos cuando vieron que en su interior estaban esparcidos montones de monedas de oro. Tal fue su alegría que entraron a la cueva sin precaución. A un costado de la entrada se desangraba el venado, pero ellos le ignoraron por completo y, abriendo sus talegas, las llenaron con el brillante mineral. Acordaron guardarlo en secreto y volver para llevarse el resto; hecho esto, regresaron con el oro. Cuando ya estaban en la laguna, escucharon un gran alboroto a sus espaldas, cual un tropel de animales. Junto a la bulla también venía una total oscuridad que cubría la luz de la luna, acompañada de un viento frío. Gritaron de miedo; se llamaron cuando todo se volvió oscuro, y sus piernas no respondían a la orden de huir. Pero tan solo fue por un momento, pareció como si el viento, la oscuridad y todo el alboroto se hubiera esfumado por encima de las aguas de la laguna. Enseguida, la luz de la luna nuevamente comenzó a brillar.
Uno de ellos quiso soltar una risa de triunfo, pero en vez de eso dejó salir una voz grave y ruidosa. Su amigo le quedó mirando lleno de terror; éste, al voltear para verle, también casi se desmaya de la impresión. Los dos se quedaron mirándose por unos segundos y huyeron completamente aterrados en distintas direcciones, sin olvidar sus talegas de oro. Palermo no podía explicarse qué pasaba; en vez de su amigo había visto un monstruo y en su desesperada huida olvidó por dónde corría; tropezó en un tronco podrido y cayó al agua lodosa de la laguna, desparramándose el oro por el agua. Wilter estaba igual, tan solo corría desesperado por dentro de los árboles que daban paso al camino grande de la aldea, pero olvidó por completo la gran peña que había antes de llegar al camino, y cayó al vacío, regando el oro por todas partes. Lamentaron su oro perdido, pero tuvieron que seguir corriendo para salvar sus vidas del monstruo que habían visto, sin darse cuenta que en realidad eran ellos los que se habían convertido en dos horripilantes seres monstruosos.
Muy de madrugada, los pobladores que alistaban sus cosas para ir al trabajo vieron que se acercaba al pueblo un horrible monstruo con cuerpo de gorila, cubierto el rostro de escamas, y sus patas con tres enormes dedos de puntiagudas garras, como del pelejo. Gritaron aterrados; se reunió la gente, y armados de palos, piedras y armas, quisieron ahuyentarle, pero cuando apareció otro semejante a éste, el monstruo huyó por entre la gente, hasta el otro extremo del pueblo. Entonces los dos amigos se dieron cuenta en qué se habían convertido y ambos se alejaron del poblado. Cada uno buscó su escondite. En la noche volvieron sobre sus pasos hacia la laguna; allí se encontraron y ya no se tuvieron miedo; caminaron hacia la cueva para buscar alguna solución. Se acercaron silenciosos, sin saber qué hacer; entonces, ante la vista de ellos apareció el dios selvático, un pequeño hombrecillo de piel verdosa con negros cuernos que apenas sobresalían por su cabeza, quien vestía un taparrabo de hojas verdes. Un remolino de aire y hojas le envolvía, mientras que a un costado de él ardía un fuego que no se consumía. Su pie derecho era igual que el de un humano y el izquierdo semejante al de un venado… tenían al frente al chullachaqui.
Su fija mirada les hizo temblar, y su voz era de trueno:
―Ustedes profanaron mi territorio, mataron a mis hermanos y me robaron... si quieren volver a su normalidad deben pagar todo el daño. Busquen el gran árbol donde crecen unas hierbas curativas; vayan y traigan las que están cubiertas por la luz de la luna. También deben buscar las cerdas del picuro maman y unas gotas de agua del pozo verde. Esto curará al herido, pero luego irán por el oro que se llevaron y tendrán que devolverme. Tienen toda la noche para cumplir con esto; si no lo hacen, quedarán así por toda la eternidad.
Ni bien dijo la última palabra, el chullachaqui desapareció por uno de los rayos y la lluvia empezó a caer. Ellos se repartieron el trabajo. Wilter se sentó a descansar, había corrido mucho en la búsqueda. La lluvia ya había pasado y una hormiga se ahogaba en un pequeño charco; escuchó que le pedía ayuda, sus oídos parecían haberse adaptado a las voces de los animales. Salvó al animal, éste agradeció su buena acción y ofreció guiarle hasta el gran árbol donde tenía su hormiguero. Llegó hasta allí y subió hasta la copa del árbol para obtener esas hierbas que estaban bajo la luz de la luna, pero las hormigas no dejaban de picarle hasta hacerle caer desde lo alto. Regresó algo adolorido pero feliz de haber encontrado lo que ansiaba.
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