El sudor de la tierra
Jorge Rojas Panduro
Índice del libro
Presentación
↑ Volver al índiceEl canto del hombre amazónico contra la pobreza y la injusticia se refleja en «El sudor de la tierra» de Jorge Rojas Panduro. Con su reconocida pericia literaria nos conduce por los meandros múltiples de las grandezas y miserias de la selva en su conjunto. A través de la vida de sus protagonistas, el lector descubre las vicisitudes que son comunes a la mayoría de los habitantes de las comunidades de nuestra región. Amaro Campo Alegre, el personaje principal, es un símbolo de la lucha cotidiana del campesino por reivindicar su tierra y su identidad. Contienda que, como ocurre en esta novela, nunca acaba. Al contrario, es perenne, sostenida e ilimitada. La muerte es solo una pausa en este camino incesante de búsqueda de justicia y libertad. Los ciclos económicos históricos de la Amazonía son los pretextos idóneos para el desarrollo de la trama.
Somos testigos del esplendor, la decadencia y, sobre todo, de la ignominia que significó para nuestros pueblos, el periodo de la explotación cauchera. Con lenguaje sencillo y didáctico describe las situaciones diferenciadas de los operadores de esta actividad. Tenemos al aventurero citadino que logra la ansiada «habilitación» de algún comerciante y se adentra, sin miramientos, en la espesura de la jungla para conseguir el ansiado «oro negro». Le acompañan los «reclutados», hombres y mujeres que, no teniendo nada que perder, aceptan las inicuas condiciones laborales con la ilusión de mejorar su calidad de vida. Están, además, los grandes comerciantes intermediarios que se enriquecen a costa de los aventureros. Obviamente, también se hace mención a las casas comerciales exportadoras que lucran con la complicidad de los centros financieros internacionales y los gobiernos que los apoyan. Y, sobre todo, el autor se explaya en una remembranza de los sufrimientos de pueblos indígenas que, en el pasado, soportaron secuestros, esclavitud, torturas y asesinatos de sus miembros a manos de los empresarios caucheros.
En la novela también encontramos el boom de la explotación petrolera. Lo que significó, en su momento, el hallazgo de este recurso mineral. La cantidad de personas que movilizó de diferentes partes del país y de la selva misma. La contribución al erario a través del canon y los posteriores problemas ambientales que se suscitaron. Los personajes están inmersos en la actividad. A algunos les va muy bien, pero otros no salen adecuadamente librados, ya sea porque la bonanza les dura poco o ya sea porque se dejan llevar por la vorágine del dinero que termina anulándoles, debido al abuso del alcohol, la prostitución y otros problemas sociales. La novela, además, con singular destreza, narra las peripecias que atraviesan sus protagonistas en otros apogeos efímeros e ilusorios de la economía selvática. Están los capítulos que cuentan los sucesos aciagos de la pesca con barbasco que, sin conmiseración, aniquila todo rastro de vida en los espejos de agua en los que se aplica. La explotación del palo rosa, de la caoba, el cedro y el tornillo. La introducción de especies exóticas en el campo agropecuario que, a pesar de los esfuerzos hechos por los gobiernos de turno, no dieron resultados.
Otra de las actividades económicas en las que se ven involucrados muchos de los personajes es la tala ilegal de árboles para su uso como madera. Inclusive, el inicio de la historia narra la pérdida del brazo de Amaro, precisamente, realizando este tipo de labores. En la actualidad, aún supérstite este accionar, lo que está diezmando los árboles de la selva, porque se hace de manera clandestina y no existe una política de reforestación y de aprovechamiento sostenible.
La trama se enriquece, además, con un elemento interesante que no es habitual en este tipo de novelas que utilizan como escenarios la inmensidad de la selva baja del Perú: el papel preponderante que juega la política en la vida de sus protagonistas. Desde las primaveras democráticas, hasta los sueños revolucionarios de los dirigentes sociales, son confrontados con el desencanto final de que no han sido muy útiles para mejorar la calidad de sus vidas. Que solo fueron trampolines para que los gobernantes medren a base del poder obtenido. Tanto es así que algunos personajes secundarios terminan involucrados en acciones sediciosas que provocan una feroz respuesta estatal, acabando con sus propias vidas.
No podía faltar, como era de esperarse, los paisajes bucólicos, las tradiciones, las costumbres, los mitos, las creencias y frescas ocurrencias del poblador amazónico que, a pesar de las enormes adversidades que afronta, no se amilana y sigue luchando, día a día, para vencer el sudor de la tierra que intenta, sin lograrlo jamás, avasallarle.
Que la lectura de la novela sea una excelente oportunidad de encontrarnos con nuestras raíces si somos de la selva y, si no lo somos, una inmejorable oportunidad para conocer este mundo maravilloso que, de todas maneras, nos hechiza y embriaga. Enhorabuena por Jorge Rojas Panduro, cuya afición por la escritura solo se iguala a la pasión y al amor que tiene por el mundo amazónico.
Werner Bartra Padilla
A doña Argelia Panduro Murrieta,
mi querida madrecita,
que transitó la selva profunda de la Amazonía,
nacida en el departamento de San Martín, Perú
y fue a morir en la Madre Patria, España.
A Luzdina Panduro,
mi querida tía,
cuya complicada vida me sirvió
para una de mis protagonistas.
Primera parte
↑ Volver al índice1
↑ Volver al índiceDespertó. Se sintió flotando en un ambiente que de momento no supo precisar. Intensa luz, le cegó, impidiéndole distinguir objetos a su alrededor. Penetrante, irreconocible olor, le produjo vértigo. Tan pronto como la claridad se le hizo soportable, se fueron perfilando las cosas; haciéndose tangibles la mano de la mujer que le tocó la frente y la del hombre, el pulso. Ladeando la testa distinguió objetos inusuales, pulcramente ordenados. Ensayó decir algo, pero no afloraron palabras a su boca ansiosa. Las voces, aun cercanas eran incoherentes. Poco a poco, sus ideas, como su visión, se fueron aclarando. Surgió entonces un recuerdo confuso. Quizás un sueño. Más bien una pesadilla, donde corría perseguido por un gigante, el cual se convirtió en un árbol viniéndosele encima.
Estaba sobre la cama de un hospital. Tenía adherida al dorso de una mano la sonda de la botella de suero que colgaba de la percha. El dolor en la cabeza y en casi todo el cuerpo, no igualaba al del brazo derecho, cerca de la axila. De pronto, un estremecimiento le recorrió el cuerpo, retirando con violencia la cobija, dejando libre el muñón, protegido por la gaza, a mitad de lo que fue el brazo: la cabeza vendada de un monstruo devorándole esa parte de su organismo.
Sus lágrimas, suave llovizna del alma, querían lavar su aflicción al revivir su tragedia: se encontraba sobre la plataforma, construida a tres metros del suelo para evitar las aletas, obstáculos en el corte con hacha del árbol de gran espesor. Cuando el árbol emitió sus primeros alaridos al empezar a caer, sería el primero en apearse por la soga, anticipadamente preparada por los hacheros. Ya en el suelo, echó a correr por el lado contrario a la caída del tronco, sin escuchar los gritos de alerta, en el estruendo producido.
Después se enteraría: cuando todo quedó en calma, se inició la búsqueda por parte de sus compañeros. Alguien dio la alarma: estaba entre las ramas de un árbol menor que derribó el macizo. Por suerte vivo aún.
Su seccionado brazo fue visto con la mano aferrada a la rama de un árbol, a muchos metros de altura.
En improvisada litera fue conducido por la trocha. Un infierno de arbustos rasgando la tela protectora del resto del miembro. Los desmayos eran treguas librándolo del suplicio. La situación obligaba salvar pronto la distancia a través de la trocha y el camino abierto por donde se rodaba la madera. En la quebrada esperaba siempre un bote con motor.
Dos horas tardaron en salir al ancho río, una hora más, a la ciudad. Ya en el hospital, tenía la palidez de un cadáver.
La ejecución quirúrgica que se inició de inmediato, terminó con éxito tras cuatro horas, de las cuales despertó a deplorar su desgracia.
El patrón, maderero informal, sin exigencias del Estado hacia los peones, apenas cubrió los gastos quirúrgicos y de medicinas. Ninguna indemnización para el accidentado.
Tres meses estuvo Amaro Campo Alegre, un tiempo en el hospital, otro en casa, rehabilitándose en lo físico y anímicamente. Con su mujer, que se encontraba gestando, la situación se le tornaba sombría.
Cuando nació su hija, a quien puso de nombre Estrella, con el esfuerzo que le exigía su responsabilidad, se dio a la tarea de ir a ver cómo aliviar la necesidad de su familia. Provisto de un costal, de una pretina y de las monedas que aún le quedaban, se subió a los botes, a competir por la adquisición de productos de los agricultores ribereños. Con las frutas, verduras, con suerte alguna gallina, iba al mercado a revenderlos a mejor precio. Cuando le ganaban la mano volvía a su casa desalentado. La mujer presagiaba a su lado un sinfín de privaciones. Amaro intentaba ser optimista: «mañana será otro día», «ya ni extraño mi brazo». Mas ella, cada día renegaba de su condición y al volver a casa, a veces Amaro no la encontraba.
Un día lo abandonó, llevándose a su hija por cumplir un año. Alguien le había visto entrando a una lancha cuyo destino era la ciudad de Renacos. Amaro se puso a matar su dolor y su rabia en la cantina. Igual en los días siguientes, a gastar lo poco que tenía ahorrado, hasta hacer de la cantina su casa cuando ya no tenía para el cuarto. Esto suscitó la conmiseración de un compañero de ocupación:
—Modérate, manco, perdón… quise decir, Amaro…
—No te preocupes..., dime manco, eso es lo que ahora soy, un manco, un inútil.
Solo, siguió llorando por su hijita, por la mujer, por su vida convertida en una calamidad. Pensó en su fallecida madre, en sus hermanos ausentes, a quienes no iría a buscar a causarles lástima. Recordaba los tiempos más o menos buenos. Los vividos a hurtadillas de las desventuras.
Desde niño trabajó la tierra. Al morir su padre, derribado por su caballo, cuando venía de la chacra, Reineria, su madre, se vio obligada a dejar su pueblo. De la chacra y la derruida vivienda tomó posesión el acreedor. En la ciudad, la mujer trabajó lavando ropa ajena o cocinando. Andando el tiempo, hizo amistad con un hombre que prometió quererla a ella y a sus hijos. Luis Alvarado se los llevó por el río a vivir en una finca donde se fabricaba aguardiente. Allí, el hombre cambió en forma adversa para todos. Amaro se vio obligado a realizar labores nada apropiadas a su edad. Y soportó los maltratos a su madre hasta donde pudo. Cuando se atrevió a enfrentar al hombre, este no quiso verlo más en su casa.
Una mañana soleada, con una brisa que quitaba el bochorno, Amaro se fue aguas abajo en una canoa que tomó en el puerto. Sabía bien a dónde se dirigía. A poco tiempo de navegar llegó al lugar, el cual conoció cuando fue con los peones por madera redonda para reconstruir el establo de los caballos que movían el trapiche. Atracó en un barranco. En un viejo costal cargaba sus pocas pertenencias; en el alma, un cúmulo de pesares.
Tupida fronda cubría todo lo que alguna vez fue sembrado. A poco de caminar encontró una pequeña, derruida cabaña, donde huidizas lagartijas se ocultaban tras las trenzas de hojas podridas del bohío, el cual le protegería del sol, no de la lluvia. El quejido de su estómago le recordó no haber comido desde el día anterior. Fue por las frutas que por ahí descubrió. A continuación, se construyó una cama con palos torcidos que hizo sufrir la espalda. Mirando las estrellas, a través del techo acribillado por el tiempo, pensó en su madre. Mitigó su preocupación el escrito depositado al partir en el bolsillo de su bata de dormir: «No te preocupes, voy a estar bien, hasta pronto, te quiero mamá».
2
↑ Volver al índiceA la muerte de su madre, Angélica quedó al cuidado de sus hermanas. La finada nunca quiso al hombre que enamoró a su hija, de quien supo era inestable en sus relaciones con las mujeres y muy amigo de la bohemia. Por eso, verla embarazada, la hizo llorar imaginándola repetir lo vivido con su marido. Cegada a la realidad, cuando se enteró de que Orlando mantenía relaciones con otra mujer, Angélica antepuso su orgullo a su amor por el hombre, optando por criar sola a su hijo.
Trabajaba en casa de la familia Martínez Wee desde antes de conocer a Orlando. Luzgarda Wee Fung le tenía consideración por ser su paisana, del pueblo de Madera. Fue quien le sugirió ir al Riotumba, donde su padre trabajaba la shiringa con Eleodoro Martínez, marido de doña Luzgarda. Alberto estaba allí con sus hijos varones, Alonías y Alberto José, de donde enviaba algo para atenuar la difícil situación de sus hijas.
Angélica halló atinado el consejo de su patrona: ¿cómo iba a sostener a sus hermanas, la mayor de once años, la última de cuatro y su crío de un mes de nacido? Si Orlando realmente quería a su hijo tendría que ir a buscarla. Tal vez entonces lo perdonaría, como en el pasado hizo su madre con su padre, por sus abandonos y malos tratos.
Angélica recordaba ese día: golpeaba a su madre sin remordimientos por algún reclamo que ella le hiciera. Tenía doce años y se encontraba dando a su hermanita, de meses, migas de plátano maduro asado, previamente enfriado, cuando vio la escena. Sin pensarlo un segundo, tomó de la brasa uno de los plátanos, la descascaró con prisa, sin sentir que se quemaba y así, humeante, el producto alimenticio salió disparado de su mano a estrellarse en el rostro de su progenitor. El hombre soltó la cabellera de su mujer para llevar las manos al rostro, el plátano le quemaba como aceite hirviendo. Angélica, sin esperar la reacción del castigado, salió con la niña en brazos hacia la casa de la abuela, quien sacó energía de su vejez para ir en busca del hijo indigno. Este, aparte de la quemadura del rostro, tuvo que soportar la tunda de su madre. Desde entonces, Alberto nunca más volvió a golpear a su mujer, tampoco mencionó la actuación de su hija y suavizó su carácter.
Tal vez su viaje a Santa Cecilia, en el valle del Riotumba, era una aventura irreflexiva, sin meditar en los riesgos. Pero ¿qué no enfrenta una mujer herida por el despecho? Olvidar a Orlando por esos campamentos shiringales no era lo que pretendía, solo hacerlo sentir culpable de llevarse a su hijo a ese ambiente salvaje. La prisa por irse cuanto antes no le permitió siquiera esperar el bote de don Eleodoro, que llegaba cada mes.
La canoa que abordó iba tripulada por dos amigos pescadores conocedores de la ruta. La travesía era incomoda, penosa por el rigor del sol, las lluvias que de pronto se precipitaban y el pamacari apenas los cubría. Había momentos de júbilo en las niñas, por la algazara de shanshos en los ceticales de la orilla; el espectáculo de los dormidos copos de mariposas reventando en maravillosa policromía, al ruido de los remos o cuando se daban con los shimbillos, colgando sus vainas, donde guardaban la dulzura de sus cuentas. Con el sol ocultándose tras la pared del bosque de la banda del río, llegaron a un caserío donde pernoctarían. La mazamorra de carachupa que les invitaron tenía el mejor sabor de la vida en la selva.
Faltando horas para el amanecer, los viajeros enfilaron río arriba, con una hermosa constelación y el lucero del alba siguiendo su trayecto. Con la luz del día, llena de rumores montunos, ingresaron a un canal formado en la orilla del río: la quebrada Boayacu, de aguas oscuras. El solo nombre a Angélica le pareció tenebroso. Casi desde el inicio, el caño se volvió sinuoso, como una gran boa engulléndolos. Al promediar la tarde, Angélica empezó a sentirse mal hasta terminar ardiendo en fiebre. La canoa atracó varias veces para que la pasajera fuera a aliviarse del tormento originado en el vientre. Al comenzar a oscurecer, atracaron en un lugar habitado por pescadores. El puesto se llamaba Varadero. La mujer de uno de los hombres administró a la enferma un preparado por sospechar un sobreparto. Los demás degustaron el timbuche, un caldo de la variedad de pescados.
Al otro día —iban por el tercero—, con el reinicio del viaje, Angélica lamentaba el poco espacio porque no podía tenderse como lo hacían las niñas, el bebé. Este, cuando no dormía, miraba pasar a los árboles, tal vez a los ángeles que le hacían sonreír o a los espíritus malignos que le hacían llorar, obteniendo el pecho de la madre, volviéndose a dormir. La canoa avanzaba por el caño, con su espejo de agua reflejando el cielo debajo de la canoa, con la fantástica visión de volar por el espacio. El disparo de un arma de fuego les sobresaltó. El tiro lo había efectuado uno de los hombres. La canoa se dirigió hacia el ave, un sacha pato, flotando sobre el espejo. En la orilla sin puerto, sobre palos secos encontrados por ahí, asaron el ave. Al rato, todos comieron con pena por la enferma que seguía sin apetito.
La canoa continuó su ruta por el canal de orillas, en parte impenetrables por los pantanos. El viaje se obstaculizaba por algún palo atravesado, dándose los hombres a la tarea de cortarlo.
Horas más tarde, con una profusa lluvia, ingresaron al Riotumba, el canal juntaba sus turbias aguas al Boayacu. De allí distaba poco a Santa Cecilia, a donde llegaron cuando la noche empezaba a difuminar las cosas.
La aldea no pasaba de veinte casas de material del bosque, enfiladas desde el río hacia el monte. Un gran patio los dividía de la casa patronal, hecha de barro y cañabrava. Al costado crecía una densa amasisa en cuyo ramaje colgaban sus nidos grajos paucares.
Doña Luzgarda ―desde algún tiempo en la aldea―, acogió gustosa a Angélica. Dispuso un cuarto, el más amplio, donde todos cupiesen. Hizo venir a la vieja Soledad, la curandera de la aldea, quien dio de beber a la enferma cocimientos de hojas y raíces.
Santa Cecilia, comunidad nativa que los caucheros del pasado desmembraron, pertenecía ahora a nuevos aventureros. Todos ellos soñando con la reedición del boom cauchero.
Eleodoro Martínez se estableció en ella después de moverse por diferentes zonas de la selva baja en busca de la goma. Viejo y cansado por el trajín, necesitaba ese sitio estratégico para su empresa. Con los peones, llevados de diferentes sitios, más los nativos de ese pueblo originario, inició sus actividades. La compañía de su mujer era vital para desarrollar una política de «actitudes flexibles y maternales» y así quitar a los lugareños las aprensiones engendradas en el pasado.
Martínez ya no era el hombre esbelto, de pelo abundante, oscuro, de cejas pobladas. Con ellas al subirla y bajarla, obligaba a una mujer a mirar sus ojos hipnóticos. Los años habían raleado el cabello, dejando apenas un escaso sembrío de yute a los costados de su cabeza. Un lunar, bastante crecido, había puesto en su rostro la nota oscura de su carácter irascible. Había acumulado alguna fortuna e incentivado a mucha gente, mediante habilitaciones, a creer en la facilidad de hacer su propia fortuna, cuando en realidad solo incrementaron la suya.
Antes de lanzarse a la aventura de la shiringa, Eleodoro Martínez viajaba por los pueblos de su departamento, en la selva alta, comerciando el paiche seco, en ese tiempo un buen negocio, aunque los pobres solo lo olieran en los braseros de los pudientes. Era época de crisis económica que golpeaba a los más necesitados de la región. Como en esos poblados no había ni el más modesto hotel, Martínez se hospedaba en la casa de algún conocido. En el pueblo de Madera, el bodeguero chino le compraba todo el paiche y le daba alojamiento. Así, el comerciante conoció y se enamoró de Luzgarda, la hija menor de los Wee Fung. Desde entonces, su principal punto de negocios fue aquel pueblo. La familia china no quería ver pasar el tiempo de casorio de su hija. Entonces concluyó por romper con la endogamia, característica de su raza. Concediendo la mano de la muchacha, veinte años menor que el pretendiente. La boda se realizó en Timareo, a donde la familia se trasladó definitivamente después de vender sus propiedades.
Fueron los días del rebrote de la explotación de la shiringa, aunque ya no con el impacto de hace décadas. Martínez abandonó el negocio del paiche por la shiringa. Una de las casas comerciales le abrió el crédito requerido. Cuando fue a dar por el valle del Riotumba, las comunicaciones básicas todavía eran por canoa y tierra, utilizando las rutas cortas, llamados varaderos, de un río a otro. De los aborígenes que sufrieron el maltrato de los caucheros de hace tiempo, quedaron razas sumisas, favorable a los propósitos de Eleodoro. Con la idea de formar una colonia, Martínez ofreció a la aldea algo de los adelantos de la «civilización» y el «modernismo». Un día, volvió de la ciudad en un gran bote impulsado por un motor fuera de borda. Esto representaba un avance para el transporte de la ciudad a la aldea y viceversa. Desde las primeras horas de la mañana, nativos y mestizos se agolparon en el puerto a la llegada de la embarcación, cuyo rumor escucharon faltando una hora antes de verla aparecer tras el primer recodo del río. Todos se rieron del nombre «Yulilla»: un pez de carne muy apreciada, pintado en una tabla que colgaba del pamacari. Luego, en la Casa los Cayriajano, Napuche, Topalillo, Acho y demás nativos, vieron con sus ojos agrandados la caja con botones de donde brotaban, como cosa de magia, voces de personas, melodías indescriptiblemente hermosas. Como si ese aparato recogiera lo que el mundo moderno estaba creando también para ellos, vivientes de un cerrado mundo de verdor y oscuridad.
3
↑ Volver al índiceEn el nuevo día, Amaro quedó fascinado con lo que le rodeaba. La luz del sol ingresaba a todos los rincones, bajo el susurro de duendes alados revoloteando entre la exuberante fronda, aromada de hojas frescas, flores y frutos en sazón. ¡No, la vida no era mala si se tenía buen ánimo! ¡Ahí estaba la belleza de la creación derrotando al desaliento! La recolección de lo que alguien sembró fue buena, había lo suficiente para llevarla a la ciudad. Provisto de varios racimos de plátano, una docena de papayos, dos de cacao, una buena porción de yuca, Amaro esperó el paso de alguna embarcación. Esta se presentó por la tarde del segundo día. El botero no se hizo de rogar para embarcar a su joven pasajero, quien le pagaría con algo de lo que llevaba.
En Timareo vendió a los rematistas y una mujer se peleó con un hombre por querer aprovecharse del muchacho. Con algo de dinero, Amaro se acercó a una de las ventas de comida del puerto, donde encontró también alojamiento cómodo. Hubiera regresado al día siguiente de no encontrarse con un amigo de la escuela, en cuya suerte se vio reflejado, pues al no continuar también este con los estudios, se dio al oficio de cargador de los productos que llegaban al puerto. «Se gana bien», le dijo, «pero debes acostumbrarte. Al principio es pesado y por ninguna razón aceptes esos tragos a los mayores. Te puede poner en la situación del hombre ese. Míralo, sentado en la cantina, solo, hablando con su botella, a veces llorando, ya ni come por tomar y tomar».
Tras algunas semanas, Amaro volvió a la finca.
Su madre casi derribó a su hermanito cuando lo vio llegar. Lloraron de la alegría y Ranila se alborozó cuando vio sacar a su hermano las cosas ricas de su bolsa. Las cosas, dijo con exageración, le iban bien en la ciudad.
Decidió, por el momento, ocultar lo de la chacra. No quiso preocuparla con la verdad. Durante los días que estuvo en casa, su padrastro no le habló.
Reineria, resignada, aceptó que su hijo volviera a la ciudad. Pero el día que se iba a embarcar en un bote, la mujer descubrió entre sus pertenencias una linterna y otros artículos que la hicieron sospechar:
—Amaro, tú me estas mintiendo, no estás yendo a Timareo. Por favor, dime a dónde te diriges y en qué andas o de aquí no te vas.
Amaro se vio precisado a contarle del lugar.
—¡Dios santo! ¿Estás viviendo ahí? —se alarmó su madre.
—No, ya te lo dije, vivo en Timareo. Solo voy a la chacra por unos días. ¿Cuál es tu temor? Está abandonada. Yo la cuido. Así seguirá produciendo. Con eso y mi trabajo en la ciudad voy a reunir el dinero suficiente para llevarte a ti y mis hermanos.
—Ay, hijito, no puedes seguir yendo a esa chacra. Fue de don Pashanaste. El hombrecito hace tiempo murió tísico, después de estar aislado por más de un año. Me lo contó hace poco un peón.
Amaro recordó la negativa de los hombres a probar los papayos cuando pasó con ellos por el lugar. La palabra tísico llenaba de pavor a cualquiera. El enfermo, decían, se moría después de mucho sufrir, arrojando sus pulmones a pedacitos. Las familias los aislaban por temor al contagio y a muchos se los llevaron a un lugar de donde no regresaban. Tras conocer esto, Amaro volvió a la ciudad. Teniendo el asunto del enfermo ya bastante tiempo, no pudo evitar esa tos seca molestándolo y se puso a pensar en esa cosa curiosa que era el miedo: después de dormir dos noches en la choza de la chacra abandonada, ahora no iría solo al lugar ni siquiera de día.
En Timareo continuó cargando cosas en el puerto. Después se ocupó en una ladrillera. Un día vio a unos muchachos, casi de su edad. Iban escoltados por un destacamento militar a un barco cuyo destino era Renacos, para el servicio militar. Amaro anhelaba desde hace tiempo la edad necesaria para enrolarse. Pero cuando se presentó al oficial, este no quiso considerarlo:
—A ti todavía te falta, varón. Vete a comer plátano, a tomar masato, luego vienes.
Tiempo después, por fin lo aceptaron. Su madre lloró al ir este a despedirse. El muchacho prometió llevarlos cuando le dieran de baja.
4
↑ Volver al índiceAl segundo sábado de su llegada a la aldea, Angélica recién pudo ver a su padre y a sus hermanos, cuando volvían del campamento con la remesa de jebe. Alberto derramó lágrimas por sus hijas y la situación de Angélica con el padre de su hijo.
Al retornar estos, Angélica se quedó todavía un tiempo recuperándose de la fiebre puerperal, ayudando en la casa patronal, junto a sus hermanas Luciola, Alacir, Sheila y Elvira. Allí conoció a Rodolfo, un hombre de aspecto rudo, alto, buen mozo, pero fanfarrón. Nunca intimaría con un hombre así, a pesar de los elogios de doña Luzgarda por el shiringuero, fastidiosos para Angélica. Por eso dejó de recibirle los regalos: frutas silvestres, el motelito más pequeño que la palma de una mano. Un día le obsequió la cría de un loro, quien aprendió a decir el nombre del pequeño Francisco, de Elvira y hasta de Orlando. Pero no igualaba al loro de la vieja mujer, llamada Dalila, en cuyo vocabulario abundaban las lisuras y burlas. Esto le valió la sanción de don Eleodoro Martínez, quien lo hizo atar en la elevada rama del árbol de amasisa, ubicada al pie del barranco. Su delito fue repetir la palabra «sacraviejo». En el lenguaje santaceciliano esto quería decir más o menos: «viejo rabioso». La mujer suplicó, lloró al patrón para que levantara el castigo, dirigido más a ella que a la cotorra, antes que viniera algún gavilán a dar cuenta de su mascota. Martínez atendió a sus ruegos con la condición de no volverle a oír sus infamias. La mujer mantuvo al ave preso en su jaula, en el interior de su tambo. Pero un domingo, el patrón miraba un encuentro de fulbito de los trabajadores junto a la choza de la mujer, cuando volvió a escuchar el conocido «sacraviejo» del loro puesto sobre la ventana. Martínez, de verdad un hombre viejo e irascible, se volvió hacia el animal con la intención de atraparlo y sabe Dios, de agredirlo. Entonces, el ave extendió sus verdes alas, se dio impulso con las patas y, antes de llegar Eleodoro a cogerlo, emprendió el vuelo, emitiendo un silbido por la prisa. En segundos cruzaba el río, perdiéndose en el horizonte polícromo del atardecer. La vieja Dalila, abriendo desmesuradamente la boca, empezó a chillar, culpándose por el descuido de la jaula y de no cortar a tiempo las alas del loro. Angélica entonces le obsequió el suyo en proceso de aprender nuevas palabras.
Angélica había ido descubriendo el sistema de sometimiento de los patrones sobre los vivientes de la aldea, incluida ella y sus hermanas, que quedaron impedidas de salir del lugar como si de una colonia penal se tratara. Solo los hombres sin familia tenían libertad de hacerlo por descanso y los adolescentes como sus hermanos, por el servicio militar. Los patrones mantenían disposición paternal con todos. Con esa política llagaron incluso a apadrinar a las hermanas de Angélica, en el bautismo sin presencia clerical.
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