Hostal amor
Cayo Vásquez
Índice del libro
A mi madre y mi padre.
A mi maestro Solón Tello.
Shir Hashirim
Cantar de los Cantares
Rey Salomón - 1020 a. C.
Primer canto: La amada.
Capítulo II, versículos: 3 al 5.
La Santa Biblia – Antiguo Testamento.
«Como el manzano entre los árboles silvestres,
así es mi amado entre los mancebos: Bajo la sombra del deseado me arrodillé,
y su fruto fue dulce en mi paladar».
«Introdújome la pieza en que tiene el vino
más exquisito, y ordenó en mí el amor».
«Derramad leche fresca en mis labios secos,
reanimadme con miel y manzanas…
porque estoy enferma de amor».
Que dulce mi pena es.
Bien fuertes son tus rugidos en mi corazón.
Te busco debajo de las luces tan felices,
en esta ciudad, entre la gente de mi fiesta popular,
y ni te puedo ni hablar… daño pues eres.
Querenderos tus dedos de pasión son, shereteros.
¿En mi cama estás amorcito?
Ni te oí llegar, ya no te vas a ir… ¡no! ¿ya?
Las flores de mi mantel vivas están.
Y en la Plaza Roja de San Juan,
se pasea mi risa y mi llorar.
Te espero, sin mirar mi cielo, mi tempestad.
Lluvia, calaminas y lágrimas, agua de
mis ríos, bosques de mi Monte Venus-Selva.
Te espero ya pues, en mi cuarto
de cama chistosa y paredes bien coloridas,
fosforescentes, linda alegría.
Te necesito ya sin tiempo, sin: un ratito nomás.
Dolor, soñar… ¡ven ya!, a mi calor, aquí…
al Hostal Amor.
Loribet
↑ Volver al índice42 años, prostituta desde los 16 años.
Le encanta bailar y comprar cosméticos
de Yanbal. Teletroca, prostíbulo de la ciudad.
Este es el único en toda la noche, esto va de mal en peor, cada vez hay menos clientes. Para remate estoy bien gorda, todas estamos gordas por eso ya ni vienen clientes, bien triste es todo esto.
—Listo, linda, chao.
—Chao, mi amor. (¡Cochino!)
Qué hediondo era este, apestaba, parece que no se había bañado hace semanas y las patas le olían horribles. Esta vaina de cobrar diez soles por una tirada bien duro es, apenas me alcanza para vivir y además tengo que pagarle puntual a la Doña por el cuarto; ella es ahora la dueña del chongo, vieja usurera, por todo nos cobra, es una tacaña pero al menos nos da trabajo. Lo fregado es que todas tenemos que usar ropa de baño, por eso siempre nos enfermamos de gripe, si al menos nos mudáramos pantalones o vestidos tendríamos más clientes, así no se vería nuestra gordura. Siempre ha sido así desde que se abrió este chonguito hace muchos años. Muchas de las chicas que trabajan ahora, a su salida tienen que irse de madrugada a buscar clientes en la Plaza de Armas; las pobres se tienen que enfrentar a los tombos pendejos del serenazgo y a esos maricones malogrados que se visten de mujer. Yo he salido algunas veces a la plaza también, por necesidad, pero no me gustó nadita. Esos maricones no sé de donde han salido, la mayoría no son de acá, de un momento a otro se aparecieron y ya, se adueñaron de la plaza; de espaldas son unas mujeronas pero bien que se deben manejar su vergaza. Yo conocí a una de ellas, decía que era de la costa; comenzó siendo un mariconcito más en su pueblo, después a los diecisiete años se fue para Lima a buscar trabajo, pero no encontró nada y para matar su hambre venderse nomás le quedaba, para eso tenía que ponerse culo y tetas; como esas operaciones son muy caras, con hormonas baratas y trapos se las arreglaba. Pobrecita, sufrió bastante, dice que la habían violado como ocho veces y no se acordaba cuántas veces le habían pegado; dejando toda esa mierda se había venido para Iquitos con otras amigas, buscando trabajar tranquilamente. Me acuerdo que siempre me decía:
—¡El calor de tu Iquitos es mi mejor abrigo!
Después de un tiempo ya no la vi más por la Plaza de Armas, qué sería de ella, después de todo, mala gente no era.
Aquí no hay mucho qué hacer, en el televisor del corredor solo ponen porno nomás, los clientes primero se ponen a ver esas películas para que se animen un poco y entren a ocuparse con alguna de nosotras, pero ese televisor es tan viejo que todo se ve nublado, y esas películas que ponen son bien antiguas, nadie se arrecha con eso. Lo único que me anima un poquito es la música que ponen. Esa debe ser radio Tigre, a esta hora ponen puros vallenatos; me gustan mucho los vallenatos, son tan tristes y tan alegres a la vez. Algún día me gustaría viajar otra vez por la frontera, pasearme por Colombia y Brasil, ¡qué lindo sería! Él no viene todavía, no sé si va a venir, ojalá venga. Creo que hoy tenía su franco; la última vez que ha venido estaba bien uniformado, bien aseado, se le veía tan guapo. Aunque yo sea una puta de diez soles soy bien limpia, no como esas putas caras de esos nuevos night clubs que están por toda la ciudad, cobran como doscientos soles y son más asquerosas que el cochino que se acaba de ir, y todavía mejores que nosotras se creen. Una puta es igual de puta que cualquier otra puta, no importa si cobra dos soles o mil soles, todas nadamos en la misma mierda, con su mismo color y olor.
Elmer... tiene un lindo nombre y es un nombre bien varonil, él es un joven bien fuerte y corpulento; aunque yo sea mayor que él no parece que fuera mi menor. Me acuerdo la vez que nos habíamos conocido, esa noche yo estaba parada en la puerta de mi cuarto, como de costumbre, cuando de lejos le vi, me fijé en él, después él me miró y por momentos no podíamos despegar la mirada. No me parecía que fuera un policía, aunque estaba medio rapado con el pelo bien cortito; traía su camisa bien planchadita dentro de su pantalón de vestir y sus zapatos lustrados brillaban iluminando este lugarzucho. Es bien raro ver un chico de su edad vestirse así, eso es una de las cosas que me atrae mucho de él. Estaba tan embrujada que me despertó asustándome lo que me decía un borracho:
—¡Oe, mamita!... ¿¡cuánto cobras!?
—Diez soles con pose, mi amor.
Entramos, le miré bien al hombre y no era muy alto, pero era bien gordo, cuando me hablaba le saltaba saliva de su boca. Entonces empecé a hacer mi trabajo como siempre; le pedí que me pagara primero, después le dije que se bajara su pantalón para lavarle. Su pincho era feo y deforme, parecía carne molida. Agarré mi bandeja con agua y jabón, me agaché y en eso le olí su pinchito hediondo, le apestaba feo. Lo que más odio de este trabajo antes que tirar es tener que lavar pingas, me parece más vergonzoso que tirar con alguien que no conoces. Después de lavarle le puse su condón, me saqué mi ropa de baño y me eché en la cama. Fue fácil aguantar sus kilos encima, tantos años en el negocio y no hay peso que no aguante. El borracho comenzó a gemir, parecía un chancho en celo, cuando en eso me agarró fuerte de mi cuello y trataba de besarme en mi boca, yo apartaba mi cara, nunca dejo que ningún cliente me bese en mi boca, solamente mi enamorado me puede besar ahí. El chancho gemía tanto que ya parecía que iba a llorar, golpeaba su cuerpo con fuerza y se movía todo inquieto, quejándose. Le pasé mi mano suavecito por su cabeza, acariciándole para tranquilizarle y hacerle sentir querido, y en eso derramó todita su leche, con todita su pena.
Dentro de mí siempre sale un poco de amor para cada cliente, así soy yo. Pero en mi mente estaba el jovencito que me tocó mi corazón y me preguntaba con su mirada quién era yo. Como ya había terminado mi faena me paré y me mudé mi ropa de baño, entonces el borracho comenzó a molestar.
—¡No pues mamita!… ¡Esto no es nada!… ¡¿Por esta mierda te he pagado diez soles?!… ¡Mejor devuélveme mi plata!… ¡¿O quieres un puñetazo?!
—¡No jodas y vete nomás!... ¡Fastidioso!
Mientras él se ponía su ropa, disimuladamente quité el picaporte de mi puerta.
—¡Puta madre!, ¡con diez soles me compro tres cervezas! ¡Perra!
—No molestes… ¡Vete ya carajo!
En eso me agarró fuerte de mis brazos y me gritó bien fuerte en mi cara.
—¡Puta de mierda!... ¡devuélveme mi plata!
—¡Suéltame, chancho concha tu madre!
—¡Te voy a dar tu zurra!... ¡Putita asquerosa!… ¡Basura de mierda!
Justo antes que el borracho me pegue, mi puerta se abrió de golpe y escuché por primera vez su linda voz.
—¡Suéltala, huevón!
Yo vi nomás que al chancho le mandó unos buenos puñetazos en el hocico, le agarró del pescuezo, le arrastró hasta la salida y de una patada en el culo le enterró en un charco de barro en la pista de tierra. Era sábado y todo el día había estado lloviendo; bien me acuerdo, porque ese día toda la tarde yo había llorado en mi cuarto, sola y esperando que a mi vida entre un pihuichito de colores, que me dé de comer un poquito de alegrías para seguir viviendo. Había llovido sin parar hasta el domingo, yo sentía que estaba compitiendo con el cielo para ver quién suelta más sus lágrimas; como siempre salí perdiendo y a la tarde siguiente de nuevo a llorar me puse por haber perdido. Era agosto, por esas fechas en Iquitos hace frío, y más en las noches; no me gusta el frío porque muy triste me deja, me da ganas de que me abracen y que me digan que me quieren, y no hay quién pues. No hay.
Después de botar al borracho, Elmer se acercó al bar del chongo y vi que la Doña le felicitaba, se tomaron unas cervezas y se quedó charlando con ella amigablemente, parecía que se conocían de tiempos. Después por atender a otro cliente, en un descuido ya no le vi más, recién le volví a ver hasta la semana siguiente.
Estaba parada en mi puerta de espaldas a la salida mirando la televisión del fondo, cuando escuché de nuevo su linda voz.
—A ver, señorita, sus documentos.
—¿Sí?... esteeee... sí tengo.
Le miré bien y estaba uniformado de policía, miré a la entrada y estaban varios de ellos pidiendo documentos a todo el mundo, estaban haciendo una batida; hacía meses que no venían policías a hacer batidas. Siempre tengo en regla mis documentos, es bien importante que mi registro sanitario esté al día. Revisó mis papeles, por ratos me miraba a los ojos y yo le sonreía, se hacía el cojudo que no me conocía, no aguanté mis ganas y le dije:
—Me llamo Loribet. Yo me acuerdo de ti, tú me defendiste la semana pasada, ¿ya no te acuerdas de mí? ¿Tan mala ya pues soy?
—Sí... sí me acuerdo.
—No te había dado las gracias.
—No se preocupe, señora, no ha sido nada.
—Gracias… Ahora hay pocos hombres que nos defiendan. ¿Quieres pasar?, no te voy a cobrar, así te doy mejor las gracias.
—No puedo, señora, estoy de servicio.
—Uy... bien responsable pues eres. No te voy a hacer nada malo, señorcito.
Me miraba con ganas en sus ojos, estoy bien segura que tenía ganas de entrar y hacerme el amor.
—No, no puedo, tal vez otro día.
—Cuando quieras, mi amor. Mi puerta siempre va estar abierta, esperando que entres.
Entonces se fue con toda su gente y me subió desde mi estómago un calor que parecía que me iba a quemar mi corazón. Al día siguiente, a la misma hora, estaba parado afuera de mi puerta, de nuevo frente a mí, mirándome con esos mismos ojos de ganas. Nada le dije, me puse a un lado, él entró y cerré mi puerta. Me moría de ganas de hacerle el amor, muchas fantasías tenía. Imaginaba hacerle cosas diferentes de las que les hago a mis clientes y no pensaba en ganar plata, lo que quería hacerle no tenía precio. Ahí adentro de mi cuarto con él yo sentía que ya era mío, sólo mío, ahora sí no se iba a escapar de mí, toda la semana me la había pasado pensando en él y ya tenía cojuda a la Doña preguntándole a cada rato por él, ella me decía que no me meta con ese hombre que iba a salir perdiendo.
Se sacó sus zapatos, los puso debajo de la cama, juntitos, como una pareja que se querían y se echó en mi cama sin sacarse su ropa. Yo me eché a su lado y creo que los dos estábamos nerviosos; era bien raro, nunca sentí eso con ninguno de los hombres que me había encamado antes.
—Para agradecerte mejor te voy a invitar una cervecita, ¿quieres?
—Ya... está bien.
—¡Renato!... ¡una cerveza!… ¡y un papel higiénico!... ¡y apúrate carajo!
Renato se apareció después de un largo rato con el pedido y le pagué. Ese Renato, bien trabajador es el mariconcito aunque ya no es como antes. Antes él corría de aquí y allá llevando las cosas a los cuartos, todo flaquito, agilito, parecía que se iba a romper… ¡Renato... agua! ¡Renato... papel higiénico! ¡Renato... condones! Años ya está trabajando en este chongo pero ahora parece todo cansado, medio muerto, medio doblado y cada vez más lento.
Nos tomamos tres cervezas charlando de lo lindo y al final nos quedamos acurrucados, yo me quedé echada en su pecho mirando el techo de mi cuarto. En ese momento el cielo se me abrió para mí; me daba ganas de estar montada encima de él, que él no haga nada, solamente yo me movería, con mucha fuerza, con mucho amor, hasta que se reviente todito mi cuerpo. Mientras hablábamos mirando el techo mi mano se metió solita dentro de su pantalón y mis dedos buscaban su pincho. Era bien chiquito y arrugadito, creo que le dio un poco de vergüenza su tamaño. Yo le acariciaba despacio, sintiendo que se hinchaba más y más. Yo quería que él me besara en mi boca y en mi cuello y que me hiciera el amor, así como me gusta, bien despacio, con cariño y después con mucha fuerza, pero en eso su pinchito no aguantó más, derramó con fuerza y se murió en mi mano, todo mojadito, y se había hecho más chiquito de lo que era. Yo he visto toda clase de pinchos, de todos los tamaños, de todas las formas, pero ese pincho por más chiquito que sea me gustaba mucho, ya le quería a la primera, es que me daba mucha pena.
Seguro ya habían pasado unas horas cuando la Doña empezó a joder con sus gritos y golpes en la puerta.
—¡Loribet!... ¡Deja ya de chuparle sus huevos a Elmer!, ¡tienes que seguir trabajando!
A la siguiente semana por primera vez salimos como pareja, me acuerdo bien clarito. Nos encontramos en la Plaza Roja de San Juan a eso de las doce de la noche, después de mi trabajo. Nos sentamos en la banca más oscura de la plaza y hablamos casi hasta la amanecida. Me había contado que de jovencito entró al Ejército para hacer su servicio militar y después entró a la Policía. Dice que antes amaba a su país, ¡qué cojudez!, tarde ya se dio cuenta que su país de porquería nunca le amará. En el Ejército le hacían sufrir mucho, dice que les daban de comer chapo con pólvora para matar el miedo; cuando le castigaban le hacían rampar por el cagadero del cuartel y varias veces sus superiores le sacaron la mierda a golpes, sólo por joderlo nomás. Pero él estaba bien orgulloso de todo eso, así dice que le habían hecho bien macho. Después se metió a la Policía, según él para defender a los más débiles, pero más que todo se metió para tener poder, para vengarse de la gente, para que nadie le joda, y para ser como su tío que él dice quería mucho.
Esa noche abrimos nuestros corazoncitos, yo le conté como me hice puta, nunca le cuento eso a nadie, pero con él me sentía liberada, con Elmer podía hablar de todo y me acordé de todo mi pasado, hasta de esas cosas que quisiera sacar de mi cabeza, pero ahí siempre están, siempre fregando desde el fondo.
Vivía con mi familia lejos del centro de Iquitos, en un pueblo joven que se llamaba Nueva Esperanza, en Belén, donde no había ni luz eléctrica ni agua potable; teníamos una casita de madera que mi papá había construido él solo cuando empezaron las invasiones por ese sitio. Una tarde él se cansó de nosotros y se fue a vivir con otra mujer, por ahí nos dijeron que vivía por el río Huallaga. Mi mamá se metió con otro hombre, que resultaba ser mi tío, el hermano de mi papá, pero creo que era el peor de su familia porque era un haragán y un borracho de porquería.
Siempre me acuerdo, cuando yo tenía catorce años era una de las chicas más bonitas de Nueva Esperanza, todos los chicos me enamoraban y molestaban, pero yo ni caso les hacía; hasta me habían elegido reina de la primavera en mi colegio. Por entonces mi padrastro se emborrachaba mucho y se largaba con otras mujeres cuando quería. Mi mamá trabajaba en el mercado de Belén vendiendo pescado fresco que compraba a los ribereños que atracaban en el puerto, yo me iba al colegio por las mañanas y por las tardes me quedaba en mi casa para cuidar a mis hermanitos. Mi padrastro era un desgraciado, le gustaba pegarle a mi mamá; ella decía que se querían pero seguro estaba con él para no sentirse sola y no olvidarse de mi papá, el hermano de su nuevo marido, así que aguantaba nomás.
Una tarde que mi mamá estaba trabajando en el mercado yo me había quedado en mi casa lavando la ropa, él estaba echado en su cama, durmiendo después de la borrachera con cachaza que se había mandado la noche anterior. Yo había regresado del río trayendo la ropa que había lavado y la estaba colgando para que se seque. Desde su cama me podía ver lo que estaba haciendo, yo tenía todo mi vestido mojadito y creo que se notaban mis tetitas, que en ese entonces no eran tan grandes como ahora. Me volteé y le miré, y me di cuenta que estaba bien despierto y que me estaba mirando con ojos de hombre. Me llamó para que le alcance algo, no sé qué cosa, me acerqué y desde su echado en la cama me agarró fuerte de mi brazo y me caí en su encima, de jalones me rompió mi ropa, yo trataba de soltarme pero no podía; entre el forcejeo sentía nomás que se me metía algo grande, en mi adentro, era como una víbora bien grande, sentía que me quemaba bien adentro y ese dolor era tan grande que no me dejaba gritar, apenas me salían lágrimas de rabia. Después no sé qué pasó, solo me acuerdo que estaba sentada en el baño lavando la sangre seca pegada en mis piernas. Nunca le había dicho nada a mi mamá, ella era una mujer bien sufrida y trabajaba mucho para darnos de comer, siempre estaba enferma y yo no quería darle más penas. Seis meses después ella se murió por falta de medicina en el Hospital Santa Rosa; decían que la había matado la malaria avanzada y la tuberculosis. Yo digo que la mató la pobreza y ese hospital de mierda.
La velamos en la mesa de la sala, sin ataúd, como era la costumbre en Belén, y después echaron su cuerpo al río porque no había plata para enterrarla. En el velorio mi padrastro le decía a todo el mundo que nos cuidaría bien, pero después de un tiempo se puso a repartir a todos mis hermanitos entre algunos parientes, nunca me enteré quiénes eran, y al final conmigo nomás se había quedado. Pensaba en escaparme pero no sabía a dónde, tenía mucho miedo y extrañaba mucho a mi mamá y mis hermanitos. Él siempre venía borracho y me hacía su mujer las veces que quería. Ya hasta me estaba acostumbrando, pero no aguantaba la idea de ser la amante de mi padrastro. Los vecinos empezaban a darse cuenta de lo que pasaba y hablaban, decían que por las noches se escuchaba que caminaba la runamula por el techo de mi casa.
—Es el demonio —decían.
No sé si es verdad eso pero acá la gente cree que cuando tiran entre parientes por las noches se convierten en runamulas, mitad gente, mitad mula, y salen a caminar por los techos relinchando como bestias botando candela por el hocico y la cola; hasta ya habían llamado a un brujo para que fume su mapacho y lo espante.
Una noche, tarde llegó a la casa con uno de sus amigos y se pusieron a tomar cachaza. Me levantó de mi cama y me llevó hasta donde estaban y le dijo al hombre que estaba con él:
—Te presento a mi hembrita, ¿te gusta?
No le quise hacer caso y comenzó a golpearme, pero no me golpeaba como a su hija, me golpeaba como a su mujer. Después nomás me di cuenta que ya estaba encerrada en el cuarto con el otro hombre y él en mi encima haciéndome lo que quería. No hablé nada, ni grité, ni hice fuerza, ni siquiera a llorar me puse. Al terminar de hacer su cochinada me dijo que mi padrastro me había vendido para ser de él y que iba a venir siempre a verme. Me había vendido por unas botellas de trago, ahí sí me dio ganas de llorar.
Al día siguiente, cuando me había despertado, estaba bien adolorida, sentía asco en mi boca, me daba ganas de vomitar. No aguanté más, fuerte me hice, tomé aire, agarré la única muda de ropa que tenía, algunas monedas y me fui nomás, corriendo. Corría tanto como podía, me tropecé con una piedra y me caí en un basural, sentía que él me estaba siguiendo, me levanté no sé cómo y seguía corriendo, atravesando todo el mercado de Belén, chocándome con la gente. Llegué hasta la calle Próspero y me subí a un colectivo que pasaba por ahí sin saber a dónde iba, me había sentado al final de los asientos y no quería ver por la ventana, estaba bien asustada, pero sentía que estaba libre.
Después de un largo rato me di cuenta que estaba en el puerto de Nanay, era su último paradero del colectivo y me bajé ahí. Caminé por el mercado un poco más tranquila, sin saber que iba a hacer, tenía las esperanzas de algún día volver a ver a mis hermanitos pero no sabía cómo. Caminé mirando a las vendedoras sentadas en el suelo vendiendo pescado fresco, plátanos y frutas. Me acerqué a una que vendía piña fresca, me compré una rodaja bien grande recién cortada, tenía ganas de comérmela rápido, de una sola por todo el hambre que tenía, pero a las primeras mordidas me calmé y me lo comí muy despacito mirando el río. Tenía un sabor bien rico, el más rico que hasta ahora he comido, suave y dulce. Ese saborcito le tengo en mi boca cada vez que estoy feliz, cuando me visita el amor, y eso siempre no me pasa.
El río Nanay me parecía el río más grande del mundo, un río que no termina nunca, como el camino que iba a caminar desde ese día. Hablándome a mí misma le dije a Dios: Diosito mío, estoy aquí, si usted existe haga de mí lo que mejor le parezca.
Cuando ya se hizo de noche, las vendedoras de comida llenaban el mercado del puerto y al frente había fiesta en los bares. Me acerqué a uno de esos bares y le pedí al hombre que atendía que me prestara su baño; me miró bien serio y me dejó pasar. Después me senté en una banca en la plazuela de Nanay, hasta que me quedé dormida por el cansancio, entonces el hombre del bar me despertó.
—Niña, no te quedes dormida aquí… ¿No tienes casa?
El señor me dijo que podía dormir en su bar, que había otras chicas que trabajaban ahí y que no tenga miedo. Yo acepté nomás y desde esa noche me quedé a vivir ahí.
Se llamaba Bar Restaurante Caricias del Nanay, el dueño era muy serio pero bien amable, ya tenía su edad, Don Ñasho le decían, porque tenía su nariz parece de un murciélago. Me daba casa y comida a cambio de trabajar atendiendo en su bar.
Me había acostumbrado rápido al lugar, era bonito, todo de madera; tenía sus mesitas en un corredor largo, con sus balcones que daban vista al río. Cerca de la caja estaban los cuartos, separados con paredes de triplay, en algunos habían varias camas juntas, ahí dormía yo con las chicas. Ellas con mucha imaginación le habían decorado para que se parezca a una casa y todavía bonita. En temporada de creciente el agua llegaba casi hasta el piso, de noche se metían las víboras a la casa pero no era ningún problema porque eran boas chiquitas nomás, era fácil agarrarlas de la punta de su cola y regresarlas al río; lo más fregado eran los sapos que se metían, grandes y gordos como pelotas, haciendo una bulla bien fuerte. Cuando de noche llovía me sentaba en el balcón a fumar un cigarro y ver como el cielo mojaba el río y como con sus relámpagos iluminaba el bosque que estaba al frente, todo oscuro y espeso.
Nos hicimos bien amigas con las chicas que trabajaban en el bar, con ellas me sentía muy cómoda. En realidad no era un trabajo de putas sólo teníamos que servir los tragos y de vez en cuando acompañar a algún cliente conocido; además la mayoría de hombres iban con sus parejas a calentarse un poco antes de irse a los hostales, o airearse con las brisas del río cuando el calor era fuerte y jodía mucho. En el turno de la noche yo era la encargada de poner la música en el tocadiscos, ponía puros vallenatos y baladas románticas en inglés, así me habían enseñado. En el día se ponía música más alegre como cumbias y chicha. En los días de descanso nos íbamos a pasear por la ciudad a ver las tiendas y hasta entrábamos a alguna fiesta y conocíamos chicos simpáticos que se enamoraban de nosotras, aunque creo que más se enamoraban de mí; era bien divertido ver como algunos se ponían a seguirnos. Por esa época había un chico que me enamoraba, siempre iba al bar a tomarse una cerveza solo, y se ponía a mirarme, cada vez que me invitaba a acompañarle yo me escondía y trataba de hacer cualquier cosa con tal de ocuparme; en ese tiempo no quería tener ningún enamorado.
Me hice más amiga de Juanita, ella era mayor que yo, y claro, más sabida; era bien bajita de estatura con unos senos grandazos, además de medio loquita. Aprendía muchas cosas de ella, cosas buenas y malas también, pero lo que me gustaba de ella es que era como yo: bien sincera y alegre. Ella también mucho había sufrido, era del pueblo de Requena y se había venido a Iquitos huyendo de su marido que la trataba como una mierda.
Así pasaron los días y los meses hasta pasar el año, todo iba bonito hasta que un día don Ñasho se murió en un accidente en su moto, pobrecito, y a su mujer le dio por cerrar el bar. Todas tristes tuvimos que separarnos y buscar a donde ir. Ese día cuando salí del bar me había dado cuenta que estaba igual como el día en que había llegado, no sabía a donde ir. Estaba parada ahí, en plena calle, con mi poca ropa metida en una bolsa de plástico. Juanita se me acercó y me dijo que ella había encontrado un buen lugar donde trabajar y que si yo quería podía ir también.
—¿Y dónde queda eso, Juanita?
—Queda por San Juan, cerca al aeropuerto, frente al pueblo joven Secada Vigneta.
—Está bien lejos.
—Es un bar que está de moda, se parece mucho al bar de don Ñasho, el trabajo es un poco diferente nomás, pero bien te pagan.
—¿Así?, ¿y cómo es eso?
—Sólo tienes que acostarte con hombres que no conoces.
—¿¡Como puta!?... ¡Juanita!, yo no hago eso.
—No tanto así, además, ¿cuántas veces ya has tirado con un hombre?, igualito nomás es, solo que esta vez te van a pagar por eso. Piensa… ¡No seas cojuda!... ¿Qué vas a hacer ahora sin plata, sin trabajo?, y en Iquitos no hay nada.
—No sé, Juanita, ni sé si pueda, si a las justas puedo dejarme besar por un hombre.
—Sólo va a ser hasta que juntes algo de plata nomás, igual que yo, acompáñame para que veas nada más.
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