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Lectura de muestra

La ciudad de las flores

Miuler Vásquez González

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LA IMPACIENCIA hace transitar al poeta en idas y venidas. Lleva en las manos, atento a lo impredecible, dos piedras encubiertas. Los cocoteros que adornan las márgenes de la carretera, influidos por el crepúsculo, proyectan descomunales sombras, y en el horizonte infinito, los colores del firmamento se confunden: las espesas nubes blancas se han disgregado en manchas abstractas anaranjadas.

“¿Será hoy el día?”, se pregunta.

En la superficie del río, en sus inmediaciones, una brisa templada colisiona con las hojas de los árboles e incita a las olas a moverse con agitada violencia. El agua impulsada, turbia, irriga las áureas playas de los contornos.

“De no ser el día indicado”, piensa, “¿me atrevería a lanzarme al río?”.

A veinte pasos, o cuarenta, o treinta, depende del ritmo del avance, reposa el puente que atraviesa el río, erigido hace más de un siglo sin necesidad de ingenieros. Lo construyeron a mano alzada, eso dicen los hombres antiguos, de ahí la conjetura de que el secreto de su firmeza se debe a los sepultados que yacen en el concreto de sus pilares, pintados, al igual que los balaustres, de color celeste.

“Me bastaría un segundo para hacerlo”, se convence. “Lanzarse no es cosa de otro mundo, después de todo”, piensa. Y no necesita de espectadores, por lo menos no de carne y hueso como los demás, a él le bastaría las miradas de los espectros ahí sepultados en los muros del puente, está seguro de que van de un lugar a otro, igual que él, tal vez. Podría tomar viada ahora mismo y enterrarse de cabeza en el agua y nadar y salir y volver a tomar viada, le resulta sencillo imaginarlo, a menos que el aire lo retenga en medio camino y lo eleve a las nubes y lo pierda en otra dimensión, entonces sus propósitos se quedarían truncos y el sueño que tuvo irrepetibles veces antes de venir a donde había venido, sería parte de él, o viceversa, en este punto ya todo se proyectaría difuso, incluso sus pensamientos e ideas…

El rumor lejano de un vehículo en movimiento detiene sus premoniciones. “¿Será él?”, se estremece. Decidido a vencer sus temores, mira la exuberante cadena de bosques frondosos que van más allá de la salida e intenta mantener la calma. Le desconcierta ver, a la distancia, cómo un objeto minúsculo que sigue la trayectoria de una línea casi invisible, de pronto, a cada segundo, crece y crece, hasta cristalizarse en un peñasco dirigido.

El tiempo se detuvo, al menos durante los próximos segundos. La misma sensación de miedo, pero entreverado con placer, le produciría la consumación de lo prohibido, en esa misma noche. Ante la destrucción inminente de su ser, en tanto, el peñasco avanza a toda velocidad. No debe resistirse, no tiene sentido escapar de su destino. La cuenta regresiva le hace flotar, antes de tiempo, en una explosión de sangre y vísceras. Las partículas se movilizan ante sus ojos en tramos cortos y lentos. Diez. El cielo azul está demasiado abierto, envenenado de aire rojo. En los escombros de la superficie, un agujero empieza a extenderse de modo infinito. Transcurren las horas, incluso los años, y ahora la tierra es un robusto brazalete. Nueve. El calor es una constante de sus ojos. Fuego. Infierno. El aire rojo quema y trasporta la muerte. La desolación se extiende por dentro. Ocho. La coraza de su ser le asusta. Hace milenios que ha dejado de ser humano. Su cabeza, del tamaño de muchas tierras, es un lanzamisiles que agujerea las estrellas y las atrae con violencia. Siete. Seis… Cada segundo recompone sus formas, en retroceso. Cero. Abre los ojos.

El vehículo al fin se detiene. No ve abrirse la puerta y no se da cuenta de las dos maletas pequeñas del viajero que acaba de llegar. Lo único que ve, al tenerlo frente a él, son dos antorchas equidistantes ardiendo en la negrura espacial. ¿La conmoción no le permite ver su cara o es un absurdo que no debería creer? Procura pasar desapercibido. Su madre, la mujer más recia que conoce, le habría dicho “pazguato” o algún calificativo equivalente. Ella, que no le teme a nada, sabría cuidar sus espaldas ante las adversidades, de eso no tiene duda. Intenta no evocarla, ¿para qué?, él puede sin ella, “no, mamá”, se le salen las palabras. Una risa estentórea es la respuesta inmediata, y, en la oscuridad, la voz de su madre le sugiere no ver, no percibir las imágenes, no oír lo que ellas dicen, solo entenderlas. Aun si en el exterior hay tinieblas, ¿es mejor cerrar los ojos?, ¿moverse?, ¿ir de bruces? No hay más sugerencias; sin embargo, la penumbra abismal que le acompaña se extinguirá pronto, la prueba es una voz desconocida que le habla. “¿Te pasa algo?”, le dice la voz. Son palabras vertidas por el cobrador de los pasajes, nada gratas: hubiera preferido “vida”, o “amor”, o la voz de su madre.

“Nada, no me pasa nada”, se repone, avergonzado.

El vehículo se pierde en el lejano desnivel y el recién llegado ocupa toda su atención. Está con la camisa cubierta de sudor. Ante él, la cara redonda del viajero le sonríe, le coge por los hombros. Recuerda, le es imposible olvidar: El hundimiento, las apariciones y el rescate1; Frío, muerto… ¿Ha encontrado a quien fue a buscar? ¿Qué relación tiene con los insólitos y trágicos sucesos acaecidos en Nuevo Edén? ¿Quién buscó a quién?

Uno sonríe, el otro está lívido. Uno empieza a caminar, el otro va detrás. Han pasado nueve años, ¿no debería ser emotivo el encuentro?

EN SU AFÁN DE RECORDAR, hizo un alto a sus excesos y no recibió un vaso más. Sus eventuales compañeros de cantina, extrañados de tan inusual comportamiento, rieron a mansalva. Él no dio su brazo a torcer. Nada ni nadie le haría cambiar esa absurda y ridícula idea de la que todos empezaron a ocuparse; la misma idea que él no consideraba ni absurda ni mucho menos ridícula, sino todo lo contrario: la mejor de las ideas de toda su miserable vida. Y punto. Nada más tenía que agregar, salvo que, al primer avezado que intentara pasarse de la raya, le rompería una botella (o una mesa, o cualquier objeto contundente) en todo el esplendor de su desfachatada cara.

Un cigarro a medio acabar, aún encendido, inició el alboroto. La colilla no fue dirigida a él, pero al verla aterrizar cerca de sus pies, montó en cólera. Para que quedara constancia de la provocación, pidió que apagaran la música e instó a que no lo detengan pase lo que pase. Nadie supo de dónde había conseguido el combustible que usó para rociar la mesa de enfrente, tampoco los presentes imaginaron, antes de verle avanzar hacia las llamas, que su intención era prenderse él una vez iniciado el fuego.

Fue reducido antes de que se quitara la camisa. En boca de los entendidos en estos gajes, tan pronto lo echaron a la calle a empujones y se sirvieron otra ronda de cerveza, las pretensiones de arder como una antorcha fueron harto fingidas, qué tal raza, nadie se demora tanto en afanes innecesarios de muerte sino el que ama la vida. Entre risas y música estrepitosa, “¡salud, camaradas!”, la mesa chamuscada que fuera apagada con un extintor vencido hacía poco, pasó a convertirse en la favorita de los clientes venideros.

Tras ser doblegado y volver temprano a casa, lo menos preocupante fue su adolorido cuerpo. Miraba por la ventana con el propósito de recomponer la lógica de sus expresiones, lo enmarañado de sus fundamentos, las consecuencias desperdiciadas e inmorales de sus ideas radicales. No conseguía pensar, sus esfuerzos se estrellaban en un cielo que daba vueltas, en una ventana que se movía, en su cabeza atrapada en una vorágine invisible.

“No volveré a beber más”, pensó, trató de engañarse, se hizo una falsa promesa. Y observó la luna a través de su ventana: pocas estrellas, cielo nublado. Observó a su alrededor: una pared sucia, sus manos, su deforme retrato en el espejo, su rostro inundado de lágrimas, de recuerdos invisibles, ¡más recuerdos!, el mañana invertido, la muerte en sus expresiones, el silencio, ¡suplicio e intranquilidad! Sintió la proximidad del obsceno averno, de la versión indispuesta de la vida, de sentirse ajeno a las paredes, al aire, al suelo, a las demás personas. Muy cerca de él, la evidencia se diseminó espaciosa y continuada. “Al fin nació la bazofia”, pensó.

A sus anchas, vio un escenario desorbitado, lleno de sábanas regadas al rededor, con manchas húmedas y comida fermentada, fétido aliento, olor a mierda, a cerveza… Como pudo despejó los rincones, con la firme disposición de su cabeza para encontrarse con un insano porvenir: un dogal rudimentario, barato, de nudo inventado, de soga finísima, de resistencia infalible.

Acabaría con su propia vida, dejaría de existir. Nada de él, ningún recuerdo, ni una sola pertenencia. ¡Que le dejase de atormentar! ¡Que se largara de una vez por todas!

La mesa de tocador, arrasada con violencia, fue a dar contra el suelo. En medio de ruidos desparramados, volaron papeles y vidrios por doquier, y los manotazos y patadas que surgían en su desmedido avance en busca de un lugar propicio para extinguirse, pretendían destruirlo todo. El caos y el desorden avanzaron desde el dormitorio y arrasó con la sala y la cocina.

Afuera, los vecinos, los curiosos y hasta los perros, se aproximaron a ver lo que ocurría. “¿Qué pasa ahí adentro?”, se interesó un despistado. “El doncito llegó pasado de copas y se volvió loco”, se puso a explicar una damisela vestida con ropa de dormir, segura de conocer al detalle los pormenores, incluidos los previos. “En este escalón, antes de abrir su puerta, dio la impresión de estar poseído, lo vi claramente atormentado”, contó. Al ver el éxito de su improvisada disertación, levantó ambos brazos para hacerse notar. Los rulos adheridos en su revoltosa cabellera y aquella cara cuarteada por el exceso de algún cosmético, ayudaron a tomarla en cuenta. “El doncito tomaba de más, vivía solo, no tenía mujer, por eso quizás habría que ver lo desordenado que era, hasta para botar la basura”, ella lo conocía, e incluso a veces le limpiaba la acera que colinda con su casa, por caridad, claro está, de gustarle no, ella era soltera y atractiva, de eso no cabía duda, pero sus gustos eran refinados y apuntaban a mejores partidos. Más bien el doncito le daba pena, “a quién no, pese a todo era una criatura de Dios”.

Aún con las caras desencajadas de sus oyentes, a todas luces advirtiéndole que algo no andaba bien, la damisela no detuvo sus palabras. Solo cuando un rulo se deshizo y varias gotas de plástico derretido chamuscaron su frente, alarmó a los espectadores y la mitad de ellos salieron disparados en todas las direcciones. Los restantes la pusieron a buen recaudo y la damisela, ora hecha un manojo de nervios, ora un mar de lágrimas, se quedó inmóvil en un rincón. En el futuro procuraría no meter sus narices donde no le incumba, se juró a sí misma, pero sus heridas leves cicatrizarían rápidamente y todo volvería a la normalidad para ella. Al doncito, no en las condiciones que hubiera querido, se acostumbraría a visitarlo una vez por semana. Al menos ya no lo vería ebrio nunca más.

Luego de poner a salvo a la damisela, un grupo de personas forzó la puerta. Para entonces todo resquicio de la casa se llenó de un calor intenso. El humo de las cenizas obstruía el trabajo de los hombres de rojo, quienes trajeron consigo cisternas llenas de agua y mangueras a presión de largo alcance. El aire sofocante apartaba a los curiosos, el poder incinerador en su máxima expresión lo consumía todo a su paso, y quien provocara aquel desastre, ahí mismo, con la soga a punto de ceder alrededor de su cuello, tomó la decisión de suspenderse y balancearse en el aire.

No pudo salvarse de la vida que lo atormentaba, o mejor dicho, un grupo de intrusos se atrevieron a decidir por él y lo condenaron a vivir. En la ambulancia, desde que dejó atrás los escombros de su otrora acogedora casa, en la camilla rumbo al hospital, y aún en los días siguientes, repetía a cada momento: “Debería estar muerto, muerto, muerto…”.

***

AUNQUE RESULTE INSÓLITO, el amor llegó a su vida después de ver morir al primer amante de quien sería su única mujer en toda su vida. Otra familia, excepto los numerosos encuentros esporádicos con amantes y prostitutas, no se le conoce. A juzgar por el pasado estrechamente ecuánime que se pudo rescatar de sus propias declaraciones, vivir en torno a sus propios pasos, fue imperativo desde su adolescencia.

El ímpetu que le animaba a descubrir nuevas cosas, a introducirse en ignotos territorios y en nuevas costumbres, hicieron de él un errabundo. Iba de un lugar a otro sin un centavo bajo el brazo, llevando consigo únicamente su peculiar belleza.

En las urbes olvidadas, en los pueblos asentados cerca de los ríos o de las cimas de las montañas, y hasta en poblados florecientes muy parecidos a los de la capital, su llegada nunca pasaba desapercibida. Era algo rara su presencia. Las muchachas querían tocar su rostro, escuchar sus palabras, seguir sus pasos; pero los hombres, desconfiados, temerosos de que sus mujeres e hijas perdieran la cordura, muchas veces lo expulsaban a punta de garrote. No siempre era mal recibido. En ocasiones le aguardaba el mejor de los tratos, más aún cuando exploraban sus hábitos cordiales, nada parecidos a la lascivia que provocaba su terso rostro en las mujeres.

A pesar de no negarle el saludo a nadie, era un hombre reservado. Por lo general durante las noches, en la comodidad de su eventual aposento y sin compañía alguna, libaba aguardiente, sidra, vino, esencia de cortezas, de lianas que parecían serpientes, de cactus, u otras veces se complacía con el humo de tabaco negro, tan necesario en sus horas de meditación. Si salía a deambular, contemplaba absorto un atardecer, y sus ojos se perdían en el horizonte y sus latidos morían más allá de su pecho.

En su largo caminar, una tarde fue a dar con un paraje extraordinariamente bello, de grandes árboles, quebradas cristalinas y cascadas blanquísimas. Dándole la contra a las alas de su inquieto ser, por primera vez pensó en quedarse para siempre en ese lugar. Ese rincón de tierra, apacible, florido, era un lugar de ensueño, sin abominaciones, sin rencores, poblado de gente sencilla, trabajadora y amable. Por lo menos durante un periodo considerable, la paz se instaló en su corazón.

La maldad, no obstante, cual germen indeseable, asomó sus narices disfrazada de un forastero que se instaló en medio de dos pendientes colindantes con el río Oscuro. El viejo forastero no llegó sin compañía. Vino con una moza que le pertenecía, era de él en todo sentido, a toda hora y de por vida. En menos de lo imaginado fue aceptado en el lugar. A diferencia del anterior, era un hombre sociable, amigo de todos. Nadie imaginó que tras su amable personalidad se escondía un ser repudiable, un individuo nacido para hacer el mal, un asesino.

¡Malvado! ¡Quién osaba vérselas con seres inofensivos sino el mismo demonio! Su primera víctima no fue encontrada. El día que sucedió este hecho llovió a raudales y las puertas de las casas permanecieron cerradas; el único niño que se quedó afuera, jugaba en los charcos, indiferente al peligro que le acechaba. No se percató en qué momento su agresor apareció, nadie lo hizo. Debieron bastar segundos, luego el final, la pérdida irremediable, la búsqueda, ignotos lugares rastreados, orillas del río transgredidas por pasos, el desconsuelo, finalmente la mal asumida resignación. ¡Malvado! ¡Demonio! La segunda víctima, la evidencia de un criminal en serie, no se hizo esperar. Esta vez, el cadáver fue encontrado en medio de los árboles de la montaña adyacente; el cuerpo de la niña, untado con caca e incompleto, mostraba un busto que no contaba con el total de sus órganos: le faltaba el corazón.

Quien fuera el autor del hallazgo de la víctima, el mismo ser de la rara presencia y terso rostro, comunicó la desdicha a la comunidad tan pronto le fue posible. Enseguida, con aparente indiferencia, como si su comunicado no sirviera de nada, siguió con sus quehaceres. Esa tarde, mientras se dirigía al río Oscuro, vio a la mujer del hombre que vivía entre las dos pendientes, y, en un respiro de plena satisfacción, se sintió desconectado del mundo. Realmente era muy joven y hermosa. Tenía el cabello lacio, los ojos negros, la mirada de un animal salvaje y la sonrisa de una criatura perfecta, celestial. ¡Cómo no pensar en ella en sus días venideros!… En el velatorio, entre tanto, la gente preguntaba por él. ¿Dónde se había metido el joven raro, ese que miraba las puestas de sol como cojudo, con esa cara de marica, de mosquita muerta? En boca de los vecinos, fue el único responsable de esas dos muertes, las evidencias partían de su nula empatía con la desgracia, ¿quién más podría ser?, su conducta no era la de un hombre normal, de lejos era el culpable sí o sí. Y, él, desconociendo las acusaciones en contra suya, abatido por su compungido corazón, la miraba desde lejos, prometiéndose volver a verla lo más pronto, para acariciar sus manos, y ver su carita y no irse de ella. Es más, en sus planes, que incluía largarse de inmediato a raíz de los recientes asesinatos, incluyó su compañía. De alguna manera debía convencerla, no sabía cómo, pero haría hasta lo imposible. Alerta por los actuales acontecimientos, trató de no estar cerca de nadie, de perderse en las sombras, de esquivar cualquier vínculo con los seres humanos. Avanzaba callado, silencioso, al punto de que el rumor del viento, eso creyó, al mover la maleza, le canturreaba escandalosos advenimientos de ramas. Y qué, no le daba temor; por el contrario, su avance era firme. En uno de sus lugares predilectos, reconoció una enorme piedra, lisa, cómoda. En ella, luego de recostarse, se acomodó los antebrazos detrás de su cabeza. El ruido cesó.

Continuarían siguiéndolo al milímetro en los próximos días.

Las pruebas de su culpabilidad se hacían difíciles de encontrar. Ganas no faltaron de prenderlo desprevenido y de lincharlo, y de no haber sido por las heridas de la víctima, que se dejaron ver profundas y daban la impresión de haber sido causadas por una garra o en todo caso por un hombre con mucha fuerza, hacía rato que lo hubieran conminado a morir apaleado. Igual la duda se extendía de cabo a rabo. Que el asesino pudiera ser una fiera salvaje era absurdo, inconcebible, decía el hombre de las pendientes, quien era uno de los principales azuzadores. A como dé lugar, exigía un culpable. Uno de los pobladores lo hizo, cualquiera, disparaba su cañón, cuidándose de que su malicia recayera sobre el principal sospechoso.

El desconcierto creció aún más con la aparición de nuevas víctimas, unas seguidas de otras, exactamente en el momento en que nadie las observaba. Caían en sus propios dormitorios, en sus retretes, en los caminos, debajo de los árboles… Los cadáveres, siempre de infantes, mostraban características idénticas: despedazados y sin corazón.

Quien seguía siendo vigilado, parecía no inmutarse ante nada. Contraria a la idea de saberse en la clandestinidad de quienes lo vigilaban, se percató de cuán minuciosos eran para seguirlo tan pronto la gente empezó a evadirlo, y desde luego dedujo que antes de lo previsible, aun sin pruebas, intentarían matarlo. Para no darse a sospechar, todas las noches, a las ocho en punto, recorría los cincuenta y siete pasos que se demoraba para llegar de la esquina a la puerta de su casa, prendía las luces de la sala, se duchaba, tomaba dos copas de vino, se ponía a leer hasta las diez en punto y finalmente se metía a su cama. Hasta este punto, repitió su rutina de manera inequívoca, todos los días. Lo que planificó después de esa hora, en parte resultó exitoso debido al cambio de su apariencia y en parte a la oscuridad que proyectaba el bosque. Los detalles son elementales, por eso se cuidó de no dejar ni un cabo al aire. A las diez y veinte, sus camisas negras de uso diario, las reemplazaba por mudas de otro color, de preferencia blancas. A las diez y treinta, salía por la puerta trasera. Cada vez que lo hacía, llevaba consigo un leño, de esa forma lo confundirían con uno de ellos o bien podría usar ese garrote para defenderse en caso de ser descubierto. Así fue como salió todas las noches y así fue como regresó en las madrugadas. Nadie se dio cuenta de su treta hasta el día que incendiaron su casa.

Dar con la mujer que vivía en medio de las dos pendientes, le resultó la más difícil de las tareas. En las incursiones diarias que hacía al río, antes y después de pescar, caminaba con lentitud, con el rabillo del ojo atento a cualquier movimiento, sin éxito al principio, hasta que ella de alguna manera captó el mensaje y, en los días siguientes, si le era posible, no dejó de aparecerse cerca de la puerta, ventana o corredor. La noche que una turba se preparaba para incendiar su casa, lejos del peligro, seguro de encontrarla sola, se dirigió a las dos pendientes. Tal si hubieran pactado encontrase en la playa del río Oscuro, ella aguardaba su llegada. Al verle, no se desconcertó, por el contrario, hasta pareció darle a entender que por muy remotas que fueran las casualidades, sabía que en cualquier momento lo vería llegar, y no se equivocó; ella era así, tenía presentimientos acertados.

En el lado opuesto, las ansias de vengarse del asesino se intensificaron. La primera antorcha la arrojó el hombre que vivía en medio de las dos pendientes. Con su inusual voz infernal y gangosa, incitaba al resto a dar arengas a la muerte. Ni en su más remota clarividencia de brujo, imaginaba lo que hacía su conviviente en esos momentos. “¡Muerte al maldito! ¡Muerte al asesino!”, gritaba enardecido. No podía irse, le era complicado explicarle, le decía ella al amor que tocó su corazón, ahí sobre la hojarasca, embelesada de besos, de caricas, de juramentos vacíos. “¿Por qué separarnos?”, insistía él, “si tanto temor alberga tu corazón, mejor sería partir juntos”. “No, imposible, el brujo sabría encontrarme en el fin del mundo”, tenía poderes sobrehumanos, se convertía en bestia, en águila, ¿que no lo entendía? El tiempo infame los obligó a separarse: él, partió sin rumbo, sin respuestas a su favor, solo; ella, se quedó. Al otro lado continuó el alboroto, el exterminio del mal, la extinción con fuego a toda maldad.

El arrojador de la primera antorcha, plenamente satisfecho de su poder de convencimiento, fue el primero en dejar aquel escenario en ruinas. Sediento de la compañía de un cuerpo joven que estuviera a la altura de su regocijo, inmune al poder de la ira destructora de esos humanos adictos al caos, se adentró en su casa dispuesto a calmar su sed. La mujer con la que vivía se fundió de descontento al sentir sus pasos. No tenía ganas, se sentía indispuesta, afiebrada, adolorida, atacada de males indescriptibles, se excusó. El brujo no quiso oírla. La despojó de sus prendas con brutalidad. Se hacía lo que él decía, sin excusas, por su bien que no osara rebelarse. Se bajó el cierre de la bragueta, contrajo su boca en un intento fallido de retener la saliva que de todos modos cayó en la sábana, quitó al botón del ojal inoportuno que sostenía su pantalón, y de inmediato se clavó de panza en el botín despejado. Ella no sintió más que un feble músculo en su interior, no obstante, el asco y la impotencia la hicieron llorar de amargura.

Al cabo de un minuto, el alivio le devolvió la vida. No era nadie ese demonio, solo un estropajo complacido, un ínfimo y diminuto ser despreciable, baboso, lleno de arrugas.

Lo sintió bostezar. No quería verle la cara. El esperpento se desperezó largo y tendido. Que le trajera una botella de aguardiente, le ordenó. Y ella, qué rabia, qué desconsuelo, debía obedecer sin chistar, con sumisión.

Es lo que le ha tocado, qué miserable es su vida.

Al fin mira su cara, y recuerda, sabe mucho de él, le conoce bien…

Antes, en el tiempo en que sus senos eran casi invisibles y los piojos no la dejaban en paz, en ese lugar remoto donde reía de oreja a oreja, le dijeron que él era bueno, que regalaba caramelos y dulces. Ella nunca le recibió nada, tampoco le fue irrespetuosa, porque aun siendo pobre, desde niña supo dirigirse bien con los adultos. En algún momento su constante negativa debió alterarlo, quizás por eso inventó la deuda impagable que llegó a cobrar un día. “¿De qué te debo so’ brujo malero?”, se alteró su padre y lo echó a patadas. “Ya verán, ya verán, las deudas se pagan de alguna forma”, se retiró ese día. A la semana se le hincharon los pies y las manos a su padre. Y el brujo, atento a esta novedad, le ofreció la cura de su mal y la anulación de la deuda, a cambio de que se llevase a la piojosa. El padre se negó. La madre lo echó a palos. Pero las extremidades de sus progenitores se duplicaron en tamaño en menos de dos días. El brujo volvió, “o te vienes conmigo por las buenas o los mato e igual te llevo por las malas”, la amenazó, ella lo recuerda como si fuera ayer…

Se disiparon sus recuerdos al sentir que un empellón le indicaba echarse.

Otra vez el presente, la supuesta convicción, el acuerdo fingido. El hombre echaba chispas de malicia, de odio natural. El alcohol hacía lo suyo, trabajaba muy bien en su organismo. Igual que en otras ocasiones, la embriaguez le hizo hablar de más. Nadie sabía de sus hondos secretos, ¿acaso ella quería saber un poco?, ¿le gustaría que le cuente?… Sus ojos no pudieron permanecer más tiempo abiertos.

Le miró el rostro: roncaba terriblemente fuerte, tal si le estuvieran ahorcando. Al advertir esa presencia tan patética, casi consiguió reírse.

Sus padres no murieron, pensó, aunque solo los volvió a ver una vez más. El día que la arrancó de ellos, la llevó con rumbo desconocido. Tras varios días de camino, llegaron a un pueblo pequeño. En ese lugar, como siempre lo harían en otras oportunidades, buscaron una casa cerca del río para instalarse. Al principio solo la obligaba a realizar la limpieza de la casa y, una que otra vez, la requería en sus sesiones brujeriles. Luego de un año, la llevó de regreso a su tierra natal, solo para que pudiera ver de lejos su promesa cumplida. “Ahora te toca cumplir a ti, ya es hora”, le advirtió. Imaginó lo peor. En su mente de niña creyó que sería sacrificada en algún rito satánico, igual que las gallinas negras, o los cuyes. La sola idea le hizo temblar de miedo. Varias semanas después, en una noche de luna llena (recuerda la luna porque la obligó a mirarla), le sucedió la peor de las afrentas. Algo que no pudo ver hirió sus entrañas. No pudo moverse, ni gritar, solo el dolor se hizo más intenso. Tuvo que haber muerto enseguida, qué otro final podría esperarle. Y, sin embargo, despertó. Ya no era una niña, no tenía por qué llorar.

Las lágrimas mojaron su rostro. Acordarse de su pasado no le hacía bien.

Mejor intentaría dormir, era lo más sensato. Dormir, o…, ¿y si lo intentaba? Varias veces lo vio derrumbarse de embriaguez, el aguardiente le hacía efecto a la tercera o cuarta copa, ese era su límite. En cambio, esta vez se terminó la botella. ¿No podría aprovechar su estado de una vez por todas, para matarlo y librar a la humanidad de un monstruo? Valdría la pena intentarlo, las condiciones le favorecían en todo sentido. Sí. La oportunidad era única. O no, el riesgo era mayor. Conocía de sus atrocidades al detalle. El maldito creía que sus actos nefastos eran ejecutados en secreto mientras su mujer dormía, pero ella hacía mucho que supo evadir el brebaje que le añadía a sus bebidas para mantenerla inmóvil y dormida. Si bien, al principio, no se atrevía a engañarlo, pronto la astucia cobró ventaja. De esta manera, se enteró de muchas cosas. Era un demonio, no encontraba otra explicación. Le vio arrastrarse semejante a una serpiente, ocultarse en la hojarasca y reaparecer convertido en una bestia peluda, agresiva, sedienta de corazones humanos; le vio introducir su deforme mano en el pecho de una de sus víctimas como si se tratase de un juego simple y, ahí mismo, extraerle su corazón para tragárselo de un bocado. Y otra vez la serpiente, o quizás una rata, escabulléndose, perdiéndose en la noche…

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