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Lamparilla

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Lamparilla en una gélida noche

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1er puesto

Fortunato Meza Julián

…selva del sur, centro y oriental experimentarán tres intensos días de frío por influencia de los fuertes vientos helados que provienen del sur de nuestro continente sudamericano, por lo que se recomienda a los pobladores tomar precauciones… RPP noticias informando primero.

—¿Has escuchado, Ashuco? Dice que habrá frío en la selva.

—¡Aaah...! Ese es el frío de San Juan, mujer, cada año es así—. Siguió golpeando con el filudo machete al duro remocaspi para lograr su remo ideal.

—¡Oye…! ¿Te acuerdas? El año pasado nos topamos con una cocha negra por el centro de la montaña. ¡Casi pierdes una pierna!

—Verdá, di, mujer, ¡ja, ja, ja…! Pucha, sí pues… Con el frío van a boquear los pejes y debe haber muchos. Muy poca gente entra. El compadre Manuel me dijo que había entrado a ese sitio y ha traído buenas arahuanazas; hasta un paiche a caceado, dice.

—Ya ves… pero… debe tener su madre… ¡Ay, qué miedo! —dijo la mujer, sin dejar de pelar unas frescas yucas sobre el emponado.

—¡Mira, ahí viene Mañuco! —interrumpió Ashuco, apuntando hacia el río.

En efecto, se acercaba una canoa a ritmo de su remador. Un hombre adulto famélico, con apariencia de sabio de la selva, fumaba un pequeño rollo de tabaco.

Inquieto por algún comentario de su compadre, Ashuco le dio la bienvenida.

—¡Hola, compadre! ¡Hola, comadrita! —saludó el recién llegado, levantando la mano y meneándola en el aire.

—Ya no hay mucho peje en las quebradas como antes. Ayer me’ido a pescar y casi nada he sacado; hay más paña menuda ahora. Les traigo sus fasaquitos, siquiera; están fresquecitos —y alcanzó a doña Antonia. Ella, haciendo esfuerzos para estirase con mucha gratitud, recibió la sarta de peces negros, denticulados, gordos y eviscerados.

Por algunos instantes nadie hizo comentario alguno.

El silencio dio protagonismo a las aves de la selva.

Algunas gallinas buscaban algo que tragar entre las hojas secas del huerto circundante.

—Cumpa Mañuco, ¿has escuchado la noticia…? —profanó el silencio Ashuco—. Dice va´ver frío, cho. Tres días dice. De pasado mañana empieza. Yo digo, es el frío de San Juan que se está adelantando. Ya estamos en junio y el verano ya está ferte. Mira nomas el río, ya está bien bajo. Siguiendo la trocha hacia el centro a unas cinco horas, hay una cocha negra regular grande, donde se pesca en un ratito. No conozco su entrada, pero ya estando adentro la merma deja una inmensa restinga para hacer un tambito… salar y secar los pejes. ¡Va estar buenaza la cosecha con este frío!

—Cierto, cumpa —respondió el compadre Manuel, enarcando las cejas en un rostro festivo—. Pero dicen que su madre es un peligro. Yo sé dónde es, pero por lo que me han contado, no he querido entrar mucho, da miedo, cho.

—Nada, cumpa. Yo con mi doña hemos entrado por casualidad y hemos sacado buenos pejes. Unos tremendos tucunarés y acarahuazús negros. Hemos traído en un ratito, pero solo una vez. Es lejitos, hay que ir bien preparados.

Después de tanta tratativa entre los hombres, la concordia fue positiva. Doña Antonia, parada al lado de su marido, empezó a soñar despierta, imaginando que los peces flotaban y afanosos tomaban aire y otros, moribundos ya, mostraban la panza blanca, todo al alcance de las manos; hasta vio a un paiche asomar su inmenso hocico, debido al calentamiento del agua en las profundidades donde escasea el oxígeno. En el rostro de la mujer se podía leer la felicidad que le producía tal ilusión.

—Trato hecho —dijo Manuel—, vengo en la tarde para salir temprano.

Y partió raudo.

El sol, después de haber fulminado con sus canículas avernales ese día, se disponía a ocultarse pintando al límpido cielo y a las pocas nubes con el color de su muerte. Algunos cúmulos crepusculares, como aves de fuego ardían lejanos, ante la atenta mirada del único ojo rojizo como el de un iracundo demonio. En ese panorama, con un bulto grande sobre sus lomos, bañado también por el color del ocaso, subía por el borde del río, don Manuel. Junto a él, una alegre y joven mujer llevaba de la mano a un párvulo de unos siete años. Al llegar a la cima, fueron recibidos por el alegre Ashuco, quien les invitó a descansar para luego planificar la expedición.

Ya de noche, sobre el emponado con vista hacia el serpenteante y argentado río Paranapura, parlaban intentando establecer algunas estrategias de cómo realizarían la pesca. En el cielo algo mugroso, la luna muy fina como la sonrisa de una niña juguetona, se escondía por ratos detrás de algunas almohadillas blancas, acompañada por las intermitentes estrellitas.

Manuel contaba algunas de sus exitosas historias de pesca. Todos le escuchaban atentos y, de cuando en cuando, lanzaban algunas carcajadas y comentarios, sobre todo las mujeres; los menores solo escuchaban y reían jubilosos.

—Así fue cumpa. Entonces cuando estábamos avanzando, los bufeos saltaban, casi ya entraban a nuestra canoa; la tormenta era ferte; el frío y la oscuridad, total. Solo veíamos el río con el reflejo de los relámpagos. Ni una luciérnaga, cho… De pronto, a lo lejos, alguien nos alumbró con su linterna, pero la luz saltaba, «¿quién sería?», pensamos. Quizás alguien que nos llamaba o pedía ayuda. Al rato se apagó la luz. «Debe estar en tierra», nos dijimos. Y otra vez, de vuelta en el canto del monte, la linterna alumbró con más intensidad. El aire frío se hacía cada vez más frío, y nosotros, bote y bote el agua de nuestra canoa para no sumirnos. La luz empezó a moverse con rapidez. Dejamos de remar para mirarla; esta llegó al río y se fue nomás así de veloz, por encima. Nos quedamos asombrados; finalmente nos convencimos de que aquella luz era un montón de luciérnagas juntas, ¿qué más podría ser? La luz desapareció en la oscuridad y al ratito empezó a clarearse el temporal; ya se notaba el río y, felizmente nos dimos cuenta que estábamos a punto de llegar a la muyuna. Nos pusimos a remar y remar con todo, porque sino, quién sabe…

—¿Y…?

—Es todo. Hasta mañana cumpa, duerman bien changados, ¡ja, ja, ja…! —concluyó el narrador.

Los únicos gallos de la casa aleteaban desesperados y lanzaban al viento sus cantos monótonos dando la bienvenida al nuevo día. Don Manuel botó con fuerza la cobija y se puso de pie.

—¿Estás loco, hombre? —fue el cuestionamiento de su enojada mujer, quien volvió a jalar la colcha floreada.

—¿Cómo? ¿No ves que el sol ya está sobre nosotros? Hay que preparar la cuñushca para entrar temprano; el caño debe estar bien bajo y vamos a sufrir para llegar.

—¡Baja ya, Ashuco! ¡Ja, ja, ja…! —gritó don Manuel, despertando a la más pequeña, que empezó a llorar.

El clima anormal obligó a los lugareños a usar abrigos. Se pusieron camisas de manga larga y salieron para dar una mirada al río; este estaba todo cubierto de neblina blanca.

La brisa insoslayable lamió el rostro de los presentes con su lengua glacial.

***

—¡Todo listo!

Estaban acomodados en un viejo y espacioso chinchorro.

—¡A remar con fuerza! —dijo Ashuco desde la popa, haciendo señas a Mañuco para que lo imitara desde la proa. Y dirigiéndose a su único perro manchado y raquítico que movía la cola desesperado por subirse a la canoa, le habló:

—Has de cuidar bien la casa.

Hasta que se alejaron de la costa, el animal se quedó sentado con una triste mirada entre el meneo de su destino y la lealtad que sentía por su amo.

—¡Ya se ve la boca del caño! ¿Cómo estará? —comentó Manuel.

—Ya veremos —contestó Ashuco y siguieron remando con fuerza.

El monte circundante al estrecho caño de agua mostraba su castidad; señal de que nadie había profanado sus entrañas. El caño, de escasa agua oscura y transparente, dejaba ver a los pececillos y a uno que otro crustáceo desesperado por ocultarse ante la presencia del alóctono monstruo que invadía sus aguas.

Al promediar el medio día, después de tanto esfuerzo, por fin vieron una abertura detrás de los árboles. Con satisfacción, Manuel dio la buena nueva:

—Hemos llegado.

El espejo de agua se veía límpido, muy reducido por el verano. Sus costas, enlodadas y malolientes, tenían abundantes huellas de animales y aves de toda laya que llegaban hasta la cocha para alimentarse o beber de su agua.

—Hay harto ronsoco; también lagartos —se percató Ashuco, señalando hacia la orilla.

Remaron y remaron buscando un lugar apropiado para desembarcar. Por fin avistaron una especie de isla; una pequeña restinga recubierta de matorrales y paja seca de las cortaderas.

—Está feo, pero… podemos quemarlo —sugirió Ashuco. Clavando su remo en el lodo saltó lo más que pudo, y se hundió hasta las rodillas de todos modos.

Con el machete masacró de forma despiadada a las pajas secas y las compuso en forma de un nido; luego, rasgó palillos de fósforo y los hizo arder. La lengua de fuego, tal si fuera un gusano moribundo, tardó en lamer lo acomodado. Las llamas parecían asquear la humedad; mas el humo serpenteó y el infierno poco a poco se agigantó devorando crocante su ración y advirtiendo con su calor ponerse a buen recaudo. Mientras las dos mujeres pescaban con la barandilla, los dos hombres exploraban el lugar, planificando donde tender la red para pescar mientras esperan el frío del día siguiente. En algunas partes de la orilla, al pie de vetustos árboles caprichosos y encorvados, los pastos ofrecían un hermoso verdor. En otras partes, oscuros albañales mostraban ramas y troncos secos; huesos emblanquecidos de peces, crustáceos, reptiles y mamíferos dejados por los carroñeros.

—Debe tener su madre esta cocha negra —meditó Ashuco.

—Tiene —contesto Manuel, al tiempo que botaba una buena bocanada de humo. El olor del tabaco invadió el ambiente.

—Hay que darle su paga para que nos deje pescar.

—Sí, sí, sí —contestó Ashuco, tras bajarse de la canoa y probar el soporte del suelo para cuando se tuviera que jalar la red.

Vieron venir la noche atiborrada de inmensas nubes negras amenazantes, preludio de una gran tormenta, muy común en la Amazonía.

—Hay que poner el plástico sobre el tambo —recomendó alguien.

Recostados bajo la ajustada cabaña, cerca de unos trozos de leña que ardían levemente, esperaban el mal tiempo y discutían a qué hora revisarían la red que habían colocado en algún lugar. El dilema era ir a medianoche o de madrugada.

—Pero si hay lagartos, van destrozar nuestra malla —sentenció uno de ellos.

—Entonces lo haremos a eso de las once, antes de dormirnos.

—Bien —afirmó el otro.

Alistaron una bolsa, los machetes y la retrocarga. Procurando no hacer mucho ruido, remaban sobre el espejo de agua que reflejaba la escasa luz del cielo. Los peces saltaban por todos lados; se oían rugidos, cantos de aves y el croar de las ranas nocturnas.

La faena concluyó con una buena cosecha de tucunarés, acarahuazús, grandes palometas, pirañas negras y algunos bagres de buen tamaño que se torcían y esforzaban por saltar de la canoa.

Volvieron extender la malla y regresaron muy contentos.

Manuel, antes de meterse a la cama, retornó a la canoa para poner un plástico que cubriera a los pescados. Erguido en la oscuridad, dirigió la mirada hacia donde habían dejado la red. Se sobó bien los ojos para mirar mejor, y, sorprendido, contempló un haz de luz que se movía lento, precisamente donde habían estado pescando.

Rápidamente regresó a la cabaña y levantó a su compañero para ver el acontecimiento.

—Alguien nos ha seguido —dijo Ashuco en voz baja.

—¿Pero, quién? —contestó Manuel.

La débil fosforescencia, entre la garúa y la niebla se expandía y se apagaba por momentos. De pronto, como llevada por el viento, la luz avanzó hacia la orilla y desapareció mimetizándose entre el hollín de la noche.

—Alguien se está robando nuestro peje; vamos a impedirlo.

—Espera, espera… mira bien, cómo alguien puede correr así nomás de rápido en el barro.

—En el monte debe tener su tambito; mañana vamos a saber quién es ese pendenciero —Ashuco se adelantó.

Manuel, en cambio, se quedó dubitativo. No aterrizó en ninguna conclusión lógica; todo le parecía extraño.

—¡Cualquier huevada será! —dijo entre dientes y se puso a mear. La orina muy ruidosa se mezcló con las aguas —esto es tu paga— sonrió finalmente y se fue a dormir.

Mientras todos dormían, uno de los niños batallaba con una fea pesadilla. Primero fueron gemidos, enseguida explotó en llanto. La madre lo abrazó y le puso a dormir nuevamente; pero ahora ella ya no pudo conciliar el sueño, sentía que alguien le llamaba susurrante; hasta le pareció percibir la respiración del algún ser vivo oculto en la oscuridad. Se sentó espantada, «puede ser una fiera, quizá la boa negra, o algún lagarto…», pensó. Mañuco también dormía con algunos espasmos sospechosos, pero no se atrevió a despertarlo. Más bien se levantó algo nerviosa; buscó el machete y con él en mano, salió. Tenía la vejiga repleta; la orina le apuraba. Sin más demora se sentó muy cerca de la cabaña, pese al frío y miedo que la aplastaban. De pronto, miró hacia el agua donde estaba la canoa y se puso de pie antes de terminar la micción. Soltó su falda y observó atónita una fosforescencia intermitente, amorfa, alógena, algo verdosa y presumiblemente fría, como la luz de alguna luciérnaga gigante cuando no está en vuelo. La luz se movía precisamente sobre el viejo esquife. Por momentos se encendía y agigantaba, y cuando lo hacía, el color y el fulgor eran más intensos. Ella estaba estupefacta e inmovilizada. La dualidad del frío y el miedo la enmudeció; solo miraba sin parpadear y cuando lo hizo, se encontró en la más completa oscuridad. Sacudió la cabeza, se sobó los ojos una y otra vez, e intentó llamar a su marido, pero no pudo hacerlo. Cuando al fin se puso en movimiento, notó que sus piernas estaban mojadas con orina. Mientras caminaba, un tanto avergonzada, se empezó a preguntar qué había sido esa luz, cómo fue que desapareció tan rápido. «Si alguien nos ha seguido para robarnos la canoa, entonces tendremos problemas para regresar», pensó. Intrigada por estas interrogantes despertó a su esposo para compartirle lo acontecido.

—¡Qué te pasa, Antuca! No me dejas dormir…

—Levántate, he visto una luz en la canoa; de repente nos han robado la canoa y cómo vamos a volver… anda a ver —le susurró al oído.

Levantó su cuerpo pesado y somnoliento. Dio algunos pasos rengos como un resucitado y con la linterna enfocó hacia la canoa que permanecía en su sitio; todo estaba en su lugar, pero empezó a hacer un frío intenso que hizo temblar a Ashuco, obligándole regresar presuroso a su tibia cama.

—¡Ahí está, mujer!

—He visto una luz en la canoa; estaba buen rato allí, después desapareció.

La conversación en voz baja despertó de todos modos a Manuel, que se incorporó rápidamente para enterarse de lo que ocurría.

—¿Qué pasa? —inquirió.

—Nada, cumpa, duerme nomás.

El amanecer de baja temperatura tentaba permanecer en cama. Las aguas de la cocha se evaporaban de modo que la niebla había cubierto casi la totalidad del lugar. Alguien prendió la pequeña radio.

…5 y 43 de la mañana en todo el Perú… y continuó la música tropical del programa «El pájaro madrugador» en Radio Amazonía, que despertó a todos.

—¡Qué frío! Buenos días, familia, hay que abrigarse todavía, no hay prisa —fueron las primeras palabras de Manuel.

—¡Buenos días! —dijeron todos y siguieron comentando sobre lo que escuchaban en la radio.

—¡Ay, que frío! No se ve nada —fue la advertencia de Jovita, fuera de la cama. Su hijo la siguió, pero ella drásticamente le ordenó que regresara.

—Mañuco, ¿qué tal la pesca anoche? —interrogó la mujer desde afuera.

—¡Buenazo! Hay que ir a limpiar. Lo haremos nosotros y ustedes van preparando el desayuno con este frío. Un tinbuchito calientito sería bueno; hoy hay mucho trabajo. Si Dios lo permite, hoy, después del mediodía nos regresamos.

—¡A la miércoles! ¿Qué paso aquí? Vengan a ver...

El primero en llegar presuroso fue Ashuco; luego, las dos mujeres y los pequeños. Todos miraron asombrados. Se trataba de un grupo de pescados en descomposición. Había una mescolanza de vísceras y en ellas, nadando en un líquido negruzco e hirviendo, se movían miles de gusanos carnívoros. En algunas cabezas se notaban ojos chamuscados por fuego ardiente. Parte de la canoa también lucía ennegrecida. ¿Qué había pasado? Nadie tenía la respuesta. Antuca, inquieta por el espectáculo de la noche, quiso intervenir; pero Manuel se le adelantó:

—¿Te acuerdas de esa linterna, Ashuco? ¡Quien la llevaba en sus manos es el culpable de esto! Algún envidioso ha quemado nuestra cosecha. ¡Tenemos que encontrarlo y darle su merecido! —se rasgaba los cabellos completamente encolerizado.

—¡Vamos! —dijo.

—¡Espera, cumpa! Anoche la Antuca ha visto una luz y pensaba que alguien quería robar nuestra canoa, pero yo he salido y a nadie he visto… Además, ¿cómo la gusanera le puede haber entrado tan rápido? ¿Y… cómo es que ya está empezando apestar?

—Para quemar de esa forma es necesario usar petróleo o gasolina, y no huele a nada de eso.

—Todo es tan extraño que no comprendo.

Antuca, muy nerviosa, describió lo que había visto en la noche. Todos, absolutamente todos, escucharon sin decir una sola palabra. Después de tantos rodeos arribaron a tres conclusiones: que aquella luz era la madre de la cocha y estaba molesta, o que había algún envidioso escondido, o que era brujería. Concluyeron que se trataba de lo segundo.

Habiendo lavado bien la canoa, tomaron la escopeta y los machetes, y se embarcaron iracundos hacia donde habían tendido la red. Las aguas de la cocha seguían cubiertas de una niebla espesa. Se oían ruidos como si hubiera un concurso de tingateros en el agua. Los saltos para tomar aire de los desesperados peces, que eran de todos los tamaños y especies, muchos de ellos ya con las panzas hacia arriba, pasaron desapercibidos para los navegantes. Cuando llegaron, no imaginaron encontrar la red destrozada sobre el lodo.

—¡Santa María de las Nieves!, han jodido nuestra malla…

—¡Carajoooo…! —gritó hecho un energúmeno, Manuel, completamente enojado. Con un gesto de ira, tiró la colilla del mapacho que fumaba y se metió al agua escopeta en mano, hundiéndose hasta la cintura. Su avance provocó un bamboleo de la góndola amazonense, la cual se hundió de inmediato, obligando a Ashuco a naufragar con ella.

Enseguida analizaron la red minuciosamente, sin gastar palabras. Manuel, sentado en el lodo, maldijo por enésima vez al culpable. Ashuco buscaba huellas del indeseable ser como un perro cazador que husmea la más mínima pista de su presa; pero nada, no había huellas humanas, salvo las que ellos dejaron por la noche. Se notaba claramente que no eran de extraños. En la mente de Manuel daban vueltas ideas flojas y sin asidero. Se preguntaba por qué los peces y la canoa estaban chamuscados; por qué la aparición de los gusanos; por qué la red destrozada…

—¡Esto es brujería…! —afirmó de pronto.

—¡Sí, brujería! No puede ser otra cosa.

—¿Quién hizo esta cochinada? Pero… se jodió conmigo…

Como un orate, empezó a golpear y a lanzar barro a todos lados, ante la boquiabierta mirada de su compadre.

—¡Basta, cumpa…! ¡Hay que pensar bonito! —le rezondró Ashuco.

Manuel siguió lanzando al aire maldiciones y lisuras.

—¡Al primero que vea le meto bala, carajo!

—Si no es la boa negra es un gran lagarto, pero… ningunos botan candela, a no ser que sea un demonio; puede ser…

—¿Algún maligno?, pero por qué puede… si no le hemos hecho... —se detuvo Manuel, y con señas obligó a hacerlo a su compañero. Pusieron toda su atención para poder identificar algún sonido peculiar o ver algo sospechoso, pero nada, solo se oían los mismos ruidos onomatopéyicos de los seres de la selva. Inquirieron por algunos metros en distintas direcciones y no hallaron ninguna seña ni movimientos de qué sospechar.

Al cabo de un rato, regresaron silenciosos. Sabían de muchas historias; pero ninguno dijo palabra alguna en todo el trayecto.

Un disparo fortuito irrumpió la calma.

Las municiones penetraron en las tibias aguas de la cocha, generando un ruido ensordecedor. Enseguida afloraron las lisuras furibundas del autor del disparo, en cuyo rostro se podía leer indignación e impotencia por no saber quién era el culpable de los fatídicos acontecimientos dados hasta el momento.

Las mujeres y los niños permanecían silenciosos y algo asustados alrededor de la candela que devoraba una pila de leña. Los pescados, que se asaban en el improvisado fogón, pese a emanar un agradable olor no representaban mayor interés.

Ambas familias comenzaron a intercambiar palabras de alto calibre, culpándose entre ellas. Se dijeron de todo cuanto querían; por momentos perdiendo la cordura y el respeto; pero al final, tras reflexionar, las disculpas no se hicieron esperar.

Al rato se pusieron a comer los asados calientes y las yucas sancochadas.

De pronto, Manuel, dejando de comer se puso de pie ágilmente y se retiró como llevado por el diablo.

—¡Toma, mientras, si quieres tu paga! ¡Aquí está si estás mezquinando tus pejes! ¡Como si vas a comer todo lo que está flotando, carajo! —diciendo estas palabras, lanzó con fuerza hacia la cocha el trozo de pescado que comía.

—Ya cumpa, tranquilo cumpa, verás que todo se arregla… Mira los pejes, hay cantidad; nada más hay que traer lo mejor, limpiarlo y así podernos largar más tarde y se acabó todo; ya no necesitaremos malla—. Y se puso de pie, también Ashuco, todo conciliador.

El sol filtraba sus anémicos rayos entre los árboles que seguían envueltos con bufandas blancas y avanzaba paulatino dejando ver su redonda desnudez anaranjada, pero la calentura no se sentía aún.

Los hombres alistaron los filosos machetes, la escopeta y algunos cartuchos en la shicra. Los remos esperaban erectos como dos inalterables centinelas junto a la canoa. Manuel encendió su mapacho de puro tabaco y, después de succionarlo, lanzó fuertes bocanadas de humo hacia los cuatro puntos cardinales para ahuyentar a los malignos y fieras. El humo serpenteó fugaz en el aire y desapareció. Luego invitó a fumar y expeler el humo a todos, incluyendo a los niños.

—¡Vamos! —ordenó al final.

—¡Vamos, Antuca…! ¡Doña Jovita va quedar con los chicos! —ordenó Ashuco.

Y remaron con mucha fuerza. Se dirigieron hacia el centro y fueron viendo la inimaginable cantidad de peces moribundos y otros completamente muertos. Algunas anguilas y paiches, con gran esfuerzo tomaban aire y se zambullían en las tibias aguas.

Fueron eligiendo y tomando lo mejor. Sería probablemente el mediodía.

La fría temperatura estaba algo menguada y el sol se dejaba ver por momentos.

Con el abundante pescado a buen recaudo, decidieron volver. La esposa de Manuel y los niños los recibieron con enorme alegría al ver la cantidad, variedad y calidad de pescado.

—Hay mucho trabajo, para limpiar y salar cumpa; con ello podemos comprar otra malla y mejor todavía —repuso Ashuco.

—Sí, sí, sí… —contestó sin emoción, Mañuco, como presagiando algo horrendo o simplemente enojado por lo sucedido en la noche—. Ustedes vayan limpiando los pejes, nosotros daremos otra vuelta a ver que encontramos. Esta vez llevaremos el arpón.

—¡Cuidado con el canero y las pirañas! —fueron las recomendaciones en común.

Y partieron. Navegaban silenciosos, atropellando a los peces muertos sin reparo. Ya se podía ver todos los extremos sin dificultad. A lo lejos, una enorme cabeza emergió rauda del agua y se volvió a sumergir. Otra, otra y otra cabeza aparecieron por todos los lados.

—¿Has visto, cumpa? Son paiches, y de los buenos.

Alistó su arpón, Manuel, listo para lanzarlo al primer gigante que apareciera. Había varias opciones, pero el pescador seguía buscando la mejor. Precisamente a unos quince metros brotó una enorme cabeza que se hundió con ligereza al sentir el impacto del certero metal. La canoa se puso en movimiento automáticamente.

—¡Le diste, cumpa! ¡Vamos por él!

La velocidad involuntaria fue en aumento, por momentos a punto de ser succionados por el agua.

—¡Es tremendo, cumpa! ¡Le dimos! —gritaba alegre Ashuco.

—Hay que jalar de la soguilla, ya pronto se cansará —fue dada la orden. La canoa incontrolablemente se dirigía hacia las ramas secas de un árbol caído a las aguas.

—¡Vamos a chocar con la palizada! ¡Rema ferte! ¡Rema!

Lo hicieron para esquivar, pero fue imposible.

La proa empezó lentamente a hundirse.

—¡Corta la soguilla! ¡Ya perdimos…!

Lo hicieron antes de ser hundidos.

Tras este suceso, permanecieron sentados sobre la canoa, con miradas desconcertadas.

—¡Mira, cumpa! ¡La soguilla, la punta…, allá, allá…!

—Ha salido este animal.

—La soguilla, algo sumida, se mueve hacia el centro de la cocha.

—Vamos, vamos… ¡Agarra la soguilla!

Lidiaron con el animal obligándolo ir hacia la orilla, muy cerca a la red destrozada. Con gran esfuerzo tiraron y tiraron de la soga hasta que vieron moverse lento, pesado y cansado al animal.

—¡Es un gigante! —fue la exclamación al unísono.

Sonó un disparo que impactó en la cabeza del animal. Este enloqueció, obligando a los dos hombres a tirarse en el lodo. Serpenteó con fuerza, pero lo fueron controlando y extrayendo progresivamente. El enorme pez, ya fuera del agua, se revolcaba en el lodo de la orilla mezclado con sangre, dejando ver su fiera anatomía.

—Medio raro es este paiche, cumpa; nunca en mi vida he visto un animal así. Debe ser boapaiche o qué será.

—Yo tampoco he visto algo igual —acotó Mañuco.

—De repente es paichemama, aunque no… no creo que sea la madre de esta cocha.

—¿Es una mala señal, cumpa? ¿Lo llevamos o lo dejamos?

Discutieron y acordaron dejarlo. El feo pescado quedó sobre el lodo. Tenía la cabeza de piache, su cuerpo liso como el de una boa, y una cola en punta, con una larga aleta dorsal en movimiento aún, que lo diferenciaba de los demás paiches.

Llegó la tarde con la pesca solo de la mañana. A pesar de tener bastante, consideraron quedarse porque aún había pescado en abundancia; para qué iban a dejar que se desperdicie. Ambas familias acordaron pescar en la mañana del día siguiente y recién salir de allí.

—Lo podemos hacer tranquilos —dijo Manuel y se alistó a dormir con la escopeta a la cabecera.

El aspecto del extraño paiche había impactado en la imaginación de Antuca, quien en esa noche no podía dormir fantaseando un augurio malagüero. «Siempre la selva está llena de misterios, esto no me gusta para nada», se dijo.

Por fin se quedó dormida. Entre sueños escuchó una fuerte bulla en las aguas, como si se tratara de la pelea de dos bestias gigantes. Abrió los ojos de inmediato y aún despierta pudo oír todavía el sonido de las aguas agitadas. Se levantó y nuevamente vio la luz de la noche anterior por donde acoderaba la canoa.

—Levántate y mira —codeó a su esposo.

Ashuco se levantó de prisa, y efectivamente se percató de una fuerte luz, rara luz, muy rara. Por más que intentaban ver, no distinguían ningún cuerpo. Solo era una abundante iluminación transparente que irradiaba todo el derredor. Igual que en las ocasiones anteriores, por momentos menguaba su intensidad, pero siempre estaba en movimiento.

Se acercó a Manuel y lo despertó para hacerle ver. Probablemente el ladrón estaba allí, pensó este, luego de levantarse. Salió con escopeta en mano, pero al ver hacia la canoa, la luz desapareció. Aun así pudo divisar dos ojos rojos en la oscuridad.

—¡Fera de aquí lagarto! —gritó, pensando que se trataba de uno de estos reptiles —y disparó sin pensarlo dos veces. El escopetazo puso de pie a todos. De inmediato fueron hasta la canoa para ver al cuerpo del lagarto, que seguro estaría por allí cerca, desangrándose, porque Manuel era buen tirador, pero ¡oh, sorpresa!, no había nada.

—No le diste a nada, cumpa —dijo Ashuco.

—Le he apuntado en los ojos, cómo es que no le he dado.

Buscaron en todas las direcciones con la linterna y nada. Todo estaba intacto a diferencia de la noche anterior.

En la oscuridad y entre la niebla sobre las aguas, a lo lejos, pudieron divisar algo de fulgor.

—¡Mira! —apuntó Ashuco, señalando a donde habían dejado al extraño paiche muerto.

La luminiscencia se movía ligera en aquel lugar. Contemplaron atónitos aquel extraño espectáculo. Poco a poco la luz ingresó al agua, pero parecía volar y no navegar.

Manuel cargó la escopeta y apuntó.

La luz avanzaba hacia ellos. Había cambiado de color: de lo que parecía estar fría, ahora se notaba más ardiente. Por ratos parecía flamear.

A unos cien metros se distinguían dos puntos rojizos titilantes, como la irascible mirada de la parca: cada vez más intensa y próxima.

Empezaron a retroceder intuyendo algún fatídico suceso. Sólo Manuel permanecía en su lugar. Las mujeres y los niños corrieron hacia la cabaña y tomaron cuchillos, machetes o algo con qué defenderse. Ashuco, con remo en mano, a escasos metros de Manuel, miraba a la lumbrera acercarse más rápido hacia ellos.

—¡Ven, carajo, ven si quieres morir…! ¡No me importa quien carajo seas! —vociferó Manuel.

El ambiente tenso y frío pareció atraer una ventisca que llegó latigueando los rostros de todos. Al mismo tiempo, el aire trajo consigo una extraña sensación de mareo, provocando un contexto espeluznante, propio de lo sobrenatural.

Los niños y doña Jovita vomitaron simultáneamente.

¡Pannnn!, de repente sonó el arma.

Con el impacto del disparo, la luz se detuvo, pero no se apagó ni hizo ruido.

El frío fue relevado por un miedo atroz que hacía temblar de manera incontrolable a las mujeres y a los niños, obligándolos a estar juntos.

Después de algunos segundos la extraña luz irradió mucho más luminosidad y avanzó hacia ellos, amenazadora. Dominado por la rabia y vapuleado por el miedo, Manuel dio algunos pasos hacia atrás y volvió a cargar su arma.

Disparó nuevamente.

El ente se detuvo otra vez y muy quieto parecía enfriarse.

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