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Lectura de muestra

Mitos y leyendas de Jeberos

Katy Gomez Chota, Moisés Núñez Rodas

Índice del libro
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EL CANASTO QUE CAMINABA

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En Jeberos, en la antigüedad, la gente shiwilu vivía muy cómodamente. Tenía todo lo que necesitaba y vivía en abundancia.

Cuentan que antiguamente el canasto caminaba. Sus piernecitas eran flaquitas, parecían las del venado y eran chuecas como las del motelo.

Los antiguos shiwilus los llevaban a su chacra, sacaban la yuca y luego lo hacían cargar cuando llenaban el canasto.

Un día su dueño le dijo:

—Vete adelante, yo tengo que sembrar yuca.

El canasto obedeció a su dueño y, en el transcurso del camino, encontró a unos jóvenes que comenzaron a burlarse de él, diciéndole:

—¡Qué feas tus piernas! Una pequeña y otra grande… ¡Ja, ja, ja!

—Solo sirves para cargar. Mira cómo caminas, desigual… ¡Ja, ja, ja!

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—¡Sus piernecitas son torcidas y demasiado flacas!... ¡Ja, ja, ja!

El canasto, muy avergonzado, cayó, regándose toda su carga y botando algunas lágrimas. Entonces les dijo a los jóvenes:

—¿Por qué se burlaron de mí?

—Ahora nunca más voy a caminar y, de ahora en adelante, ustedes me cargarán por toda la vida.

Desde entonces la gente carga su canasto por haberse burlado de él.

EL AGUA DE VIDA

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Antiguamente, en Jeberos, existían dos barrios llamados Barrio Alto y Barrio Bajo.

Un día un hombre estaba volviendo a Jeberos a eso de la medianoche y escuchó que algo sonaba. Escuchaba atentamente hasta que se dio cuenta de que era el sonido del agua. El hombre se asombró porque por esos lugares no había agua en cantidad.

Se acercó muy despacio para ver qué era lo que sonaba y fue una sorpresa muy grande para él, porque había encontrado un ojo de agua (pukio), cubierto por un paisaje muy hermoso, donde había muchas flores de diferentes colores, pajarillos que cantaban sobre ellas y árboles con frutos que también eran medicinales para todo tipo de enfermedades.

Entonces el hombre llegó a su casa muy cansado, se acostó y tuvo un profundo sueño, donde le decían que lo que había encontrado era el Agua de Vida. También le decían que todos los viejitos debían bañarse allí y saldrían rejuvenecidos, volviéndose jóvenes o señoritas.

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Después de tener ese profundo sueño, se despertó muy preocupado y no sabía qué hacer con lo que había soñado. Se dijo a sí mismo:

—Primero le voy a contar a mi esposa.

—Yaritza, despierta. Tengo que contarte un sueño, por favor, tienes que escucharme.

—Edwin, pero son las cuatro de la mañana. Tengo sueño… Bueno, viejo, ya te escucho. Dime qué quieres decirme.

Los esposos dialogaron muy sorprendidos y dijeron:

—Vamos a probar con nuestros padres.

Después de unas horas quedaron sorprendidos porque el que se bañaba en esa agua resultaba joven.

Entonces los viejitos acudían a bañarse en la quebrada, avisados por el hombre que había tenido el sueño. En el pueblo todas las personas se enteraron de que existía una quebrada de vida y los barrios empezaron a pelear por ella. Como se la mezquinaban entre Barrio Alto y Barrio Bajo, la quebrada desapareció.

EL HOMBRE AVISPA

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En el pueblo shiwilu, hace muchos años, había un hombre muy apuesto que vivía apartado del pueblo. Se dice que cada vez que tenía hambre iba al pueblo. Allí las señoritas jóvenes se enamoraban de él por lo simpático y apuesto que era. Además, era cazador y pronto se ganaba el cariño de la familia. Posteriormente el joven se iba a vivir a su casa, que estaba alejada del pueblo, a cinco horas de camino.

Su casa era pequeña. Tenía bastante yuca para que su prometida preparara su ukululo (masato, en lengua shiwilu). Le decía:

—Amor, voy al monte a cazar. Vaya preparando yuca para comer con la carne que traiga.

Se preparaba con su flecha y su pucuna y se despedía. La sorpresa era que él no iba a cazar; solamente iba a pasear por el monte.

Una noche, mientras dormía, la prometida soñó que el hombre mataba a las mujeres para comérselas. Una voz le dijo que fuera a la quebrada para comprobarlo. También le dijo que, cuando llegara su marido, se quedara callada y no le contestara.

La mujer había escuchado comentarios de que el joven ya se había comprometido varias veces, pero las señoritas nunca regresaban. Él engañaba a sus familiares diciéndoles que ellas lo habían dejado por otra pareja.

Cuando llegó del monte comenzó a llamar una y otra vez:

—¡Ven para que prepares lo que he matado!

La joven, desesperada, había subido a un árbol de pan para ver lo que hacía su marido. Luego de tanto llamar, el hombre se quedó dormido.

La mujer permaneció en silencio sobre el árbol y comenzó a bajar para escapar. Se dirigió hacia la quebrada, no por el camino, sino por la hojarasca, sin hacer ruido. Llegó a la quebrada y encontró los huesos y los cráneos de las esposas con las que el hombre se había comprometido.

La señora se desesperó y comenzó a correr rumbo a su pueblo. Escuchó la voz del hombre que la llamaba. Desesperada, se refugió detrás de la aleta de un árbol, sin hacer ningún ruido.

El hombre decía:

—¡Tengo hambre!... ¡Tengo hambre!

Se sentó y comenzó a comerse las piernas. Luego se comió la otra pierna.

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