Tierra año 3000 / Terror en la selva
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TIERRA AÑO 3000
EXTINCIÓN PROGRAMADA
↑ Volver al índiceLas luces se encendieron gradualmente hasta asemejar el hipnótico amanecer violáceo de Ganimedes, o al menos eso decía el aplicativo. Siendo la hora propicia se activó el playlist favorito del ciudadano de la Célula Habitacional 45-98, que inició con un estruendoso solo de guitarra. El hombre despertó y de inmediato el sistema, que detectó su actividad cerebral, cambió la iluminación a un blanquecino fulgor revelando el reducido y automatizado ambiente hexagonal de su habitación. Entonces, como si la misma habitación hablara, una voz automatizada y amable lo saludó.
—Buenos días, ciudadano, Richard Fletcher. Hoy es jueves 25 de julio del 3011. Y es un nuevo día en la ciudad de Nueva Arlington, el clima de hoy dentro de la cúpula mantendrá unos saludables dieciocho grados. Sus actividades diarias han sido seleccionadas de acuerdo al último escaneo de sus procesos fisiológicos. Que tenga un buen día. Life+. La vida prevalece.
Un panel se activó y le mostró el mencionado horario de actividades que deberá desarrollar para hacerse acreedor de las raciones alimenticias diarias. Su célula habitacional medía poco más de tres metros cuadrados y era una de las miles agrupadas en colmenas, istribuidas en toda Nueva Arlington; una de las pocas ciudades virtuosas que lograron recobrarse de la funesta Guerra de Recursos que sacudió al mundo trescientos años atrás.
Fletcher se repuso, bostezó y estiró su agarrotado cuerpo. El sistema del habitáculo reservó su cama, guardándola en la pared, y desplegó una mesa y silla retráctiles. Su estrecho ropero se abrió mostrándole un cambio de ropa semejante al níveo uniforme con letras azules que ya llevaba puesto. Decidió cambiarse después de desayunar. De un buzón transparente al lado de la unidad de aseo cayó —puntualmente— una ración alimenticia empaquetada con el símbolo de Life+. Richard retiró su comida mientras disolvía la pastilla de aseo dental en su boca. Se dispuso a ingerir la primera comida del día: un bloque, suave al tacto, de pasta de superyuca. La deshizo con los dedos y, sin esfuerzo, se terminó la mitad antes de verter el sobre de saborizante químico —sabor capuccino— en su taza favorita. Al instante los reactivos hicieron efecto y la bebida humeó, desprendiendo su artificial aroma. La taza tenía escrito el lema: Primero mi café, luego existo.
La pantalla holográfica proyectaba las noticias estatales. Todas las ciudades domo del sector 40, al este del país, reforzaban la seguridad para combatir los continuos ataques de «no admitidos» en sus fronteras. Se dispuso que la Guardia Nacional asegure las rutas de suministros desde las granjas de Life+ hasta las ciudades del norte, esto debido a que se perdieron decenas de camiones de carga por los ataques; estos atentados se clasificaban como terrorismo interno, ya que al acabar con los envíos de comida hacían daño directo a los ciudadanos «admitidos». El presentador (un holograma muy detallado) ponía especial énfasis en que todo sería más fácil si los rebeldes abandonaban su perjudicial causa y se adherían al sistema, para ello solo debían registrarse y serían asignados en las células habitacionales, donde tendrían comida, salud, educación y trabajo.
—La era de paz que la humanidad ha alcanzado pende de un hilo porque un grupo, cada vez menor de anarquistas no desean adecuarse a las reglas que ahora nos han permitido vivir con tranquilidad —sentenció el presentador con el ceño fruncido—. Cambiando el tono de la información, el Ministerio de Salud se encuentra en estado alerta al registrarse un nuevo record negativo en la tasa de natalidad del país. Esto refuerza la teoría del genetista, el doctor José García, quien aseguró, treinta años atrás, que aún sufrimos las consecuencias de la radiación desatada durante la Guerra de Recursos de hace tres siglos. Actualmente, la población menor de quince años no llega ni al 30 % de la población mundial.
La inteligencia del habitáculo detectó el movimiento intestinal de Richard y dispuso la unidad de evacuación. Un reporte se elevó al sistema, donde se indicaba que el usuario del habitáculo 45-98 había tenido un cambio en su ritmo digestivo y estaba evacuando cinco minutos después de la hora usual. La mesa se plegó, el excusado se asomó; la célula habitacional funcionaba como una extensión del usuario. La pantalla seguía con la programación habitual. Era hora de los anuncios, parte de las actividades diarias era ver los comerciales, no debía ignorarlos, pues eso se catalogaba como «falta grave» a las tareas diarias asignadas.
En la publicidad, una gentil voz acompañaba a una serie de imágenes reconfortantes:
—Life+ te recuerda que eres una persona afortunada. Tú te encuentras ahora en un habitáculo perfectamente acondicionado para cubrir todas tus necesidades. Gracias a la política estatal de los Estados Reintegrados de América puedes gozar de las comodidades que ofrecen las ciudades domo. Recuerda que fuera de las protectoras paredes de… Nueva Arlington-Virginia… lo único que queda es el yermo y las zonas radioactivas: los rezagos de la Guerra de Recursos. Por supuesto, también están las productivas y salvadoras granjas de Life+, pero descuida, estas propiedades se encuentran fuertemente resguardadas para proteger el elemento más importante de nuestra cadena social: el superalimento, la yuca transgénica de octava generación. No olvides completar tus actividades diarias. Life+. La vida prevalece. Benefactor global desde 2575.
Con todas las actividades de la mañana completas, Richard Fletcher, de treinta años, se dispuso a empezar su día laboral. La tecnología actual permitía que casi toda actividad humana fuese realizada por maquinas especializadas, por lo que la mayoría de profesiones se avocaban a mantener el hardware y el software en óptimas condiciones. Cuando se le realizó el perfil psicofuncional, Fletcher no calificó para ninguna de estas actividades. En su caso, fue asignado a una tarea lingüística: Creador de contenido. Desde que salió del instituto, Richard, trabajaba en The Papper, un diario virtual local. Todos los días el columnista debía postear alguna noticia que resultara amena, divertida, distractora. La vida en las colmenas podía resultar asfixiantemente monótona, por lo que las narraciones escapistas eran pieza clave para la estabilidad mental de los ciudadanos.
Como columnista recibía cientos de correos electrónicos de sus fans, pues su sección «Los detalles del Habitáculo» era bastante leída dentro y fuera de Nueva Arlington. La red fue y será una poderosa herramienta para llegar a miles de individuos, incluso en los tiempos actuales, en que el estado tenía un ojo en cada elemento que transcurría por la nube.
—Usted tiene ciento treinta y dos correos sin leer. —dijo la voz de la pantalla holográfica. La mayoría trataba de lo mismo: gente quejándose por los continuos ataques de los «no admitidos», gente atemorizada porque la próxima ración alimenticia no llegara, gente que pedía mayor dureza con los «de afuera». Los poderes estatales eran fieros con las amenazas a la estabilidad pero el riesgo era permanente, nunca mermaba; parecía que, fuera de los domos amurallados la gente «salvaje» era cada vez más numerosa y avezada, aunque solo quedaran basura y desechos radiactivos para comer.
Era jueves, por lo que Fletcher buscaba un correo en especial y lo encontró. Copérnico2128: «Ensayo sobre la ceguera». «Siempre puntual». Sonrió el joven escritor y abrió la correspondencia electrónica con un doble parpadeo.
Copérnico2128 era, evidentemente, un seudónimo. Fletcher intentó encontrar al dueño de la cuenta asumiendo que los números eran la colmena y número de célula habitacional u otra clave en particular, incluso mezcló las letras del nombre del monje astrónomo armando diversos anagramas, que tengan cierta lógica, y buscar la información en la base de datos, pero todos eran callejones sin salida. Copérnico2128 dejó en claro, desde el primer momento, que deseaba mantener el anonimato total. Cosa difícil cuando las redes eran vigiladas por la agencia estatal Servicios Ciudadanos. Esto luego de que la libertad en la red facilitara la coordinación de golpes terroristas contra el Cordón Asiático (formación de países del continente oriental unidos bajo una misma bandera) en aquel entonces China —principal productor de insumos clonados— sufrió decenas de ataques en sus plantas de procesamiento, creando un abismal desabastecimiento de comida. Fue un horrendo desastre. Millones murieron de inanición. Los rumores en la red decían que muchas comunidades sobrevivieron practicando el canibalismo. Aquello nunca fue confirmado.
Copérnico era un fan bastante especial para Fletcher, se trataba de una persona (jamás dejó en claro su género o edad) que le enviaba semanalmente, desde hace tres meses, correos donde exponía o reforzaba sus teorías conspiranoicas. Richard disfrutada de aquellas payasadas, como la idea del control subliminal a través de la publicidad de Life+, lo que contestaba el por qué era obligatoria verla, o como cuando redactó una serie de medidas para evitar que el sistema del habitáculo leyera los signos vitales del usuario pues, aparentemente, la inteligencia de la célula habitacional enviaba ondas al cerebro del ciudadano para controlar sus actividades, evitando que cayera en la locura provocada por el hacinamiento y la rutina. Lo cierto es que los ciudadanos admitidos tenían un horario establecido que dejaba poco margen a la improvisación (esto para optimizar mejor el uso de los limitados recursos, informaban los reportajes) por lo que pasaban mucho tiempo dentro de sus habitaciones. Sufrir de estrés o sedentarismo representaba un alto riesgo. Cada ciudadano podía disfrutar de dos horas diarias de esparcimiento fuera de la colmena, en una ciudad totalmente automatizada para crear la experiencia idílica. Los fines de semana, dependiendo de las actividades asignadas, se podían desplazar hasta por seis horas, sin embargo esta humanidad no tenía ni idea de lo que era trasnochar o sufrir alguna intoxicación por bebidas alcohólicas o sustancias. Life+ había erradicado, por completo, los vicios y desórdenes en la dinámica diaria.
Richard esperaba el nuevo correo, con alguna jocosa nueva teoría estrambótica, algo que pueda subir a su blog y haga delirar a los miles de lectores que estaban atentos —como cada jueves— a la paranoia de Copérnico2128. Sin embargo, en esta oportunidad el contenido del mensaje no decía nada en absoluto.
—¿Qué? —se extrañó Richard—. «Ensayo sobre la ceguera» —repitió el título del correo y analizó hasta el cansancio qué podía significar. Tal vez se pasó algún detalle en el recuadro en blanco del cuerpo del mensaje, quizá era un eufemismo, una metáfora—. ¿Y ahora?
Fletcher estaba confundido. Asumió que se trataba de un tipo de mensaje en clave, como cuando Copérnico2128 envió una serie de íconos que le tomó, a Fletcher, toda la tarde resolverlos. El mensaje buscaba encriptar una advertencia imposible de deducir para las inteligencias extraterrestres que estaban detrás de la manipulación global, de tal forma que sólo los humanos capaces de comprender la iconografía estén avisados de aquella conspiración. Esta vez sólo era un mensaje en blanco. Nada.
Ahora Fletcher estaba intranquilo ¿Qué podría significar un correo en blanco? ¿Algo le había pasado a Copérnico2128 y solo tuvo tiempo de enviarle el título de una novela antigua, de antes de la Guerra de Recursos? ¿Si Copérnico tenía razón o había descubierto algo importante y el gobierno lo… silenció? El habitáculo cambió del playlist a música relajante, pues detectó que el ritmo cardiaco de Richard se aceleró y buscaba tranquilizarlo, de continuar la conducta, se llamaría a Servicios Ciudadanos y se haría una inspección. Richard respiró lento, tratando de calmarse. Lo último que quería era tener a servicios dentro haciendo una requisa, porque usaban la excusa de la visita para verificar que tu ambiente se mantenga «inocuo de elementos estresantes», y con ello retiraban de tu célula habitacional todo lo que creían que iba contra las normas del buen convivir en la colmena.
Richard recordó las medidas del correo: «Que tu habitación no te domine», las recomendaciones para que la célula habitacional no lea correctamente los signos vitales del usuario. Fue al compartimento de desechos y recogió la envoltura de la ración alimenticia, trató de armar una bolsa que puso sobre sus labios y respiró por la boca. Según decía la explicación, eso aumentaría los niveles de dióxido de carbono y normalizaría su pulso. Al cabo de unos minutos la música relajante se detuvo y el playlist regresó a su reproducción. Richard apagó la reproducción automática, pues otra de las advertencias era que la inteligencia artificial emitía mensajes subliminales a través de las canciones. ¿Se estaba volviendo un paranoico? Reflexionó, quizá debía calmarse un poco. En ese momento el buzón de comida recibió un paquete. Una caja blanca, sin remitente ni código de envío. Correspondencia imposible. Para haber enviado algo así, sin que el ojo del gobierno lo supiese, se debía tener contactos, contactos muy especiales.
Fletcher pensó que debía ignorar la cajita misteriosa o llamar a Servicios Ciudadanos y dejar que conviertan su espacio en un ambiente «inocuo», creyó que era mejor no ser parte de lo que contenía aquel paquete que llegó, coincidentemente, después del correo en blanco. «Están conectados» concluyó, y le atemorizó saber qué él también sería conectado a lo que sea que esté pasando tras bambalinas.
«Así se siente un conejillo de indias». De pronto se sintió observado, como en una especie de retorcido experimento humano (no sería el primero), estarían midiendo sus niveles de estrés, que ahora estaban a tope pese a la bolsa de material biodegradable pegada a su cara. Peor aún, estarían comprobando su lealtad al sistema. Se convenció de que si era infiel a la colmena se le negarían las raciones alimenticias o incluso lo desterrarían fuera de Nueva Arlington, y entonces debería sobrevivir junto a los clanes de salvajes comiendo sobras putrefactas o canibalizando a sus crías. Continuó con la bolsa alejando todos esos desesperantes pensamientos. Podría tratarse de cualquier cosa, se estaba enfocando solo en lo malo, tal vez aquella cajita tenía respuestas, aunque ignoraba las preguntas. Apartó la vista del buzón y trató de pensar en Melanie, la joven artista que presentaba sus obras en el lago del área 19. La muchacha, diez años más joven que él y doblemente entusiasta, fue una inyección de vida bastante inusual para Richard. Coincidieron unas cuantas veces en los paseos asignados al centro y congeniaron de inmediato. No estaba seguro si era una relación formal o mero divertimento. Solicitaron el permiso para tener coito a Servicios y estos aprobaron el requerimiento en menos de veinticuatro horas, lo que le aseguraba a Richard que la muchacha no intimaba con nadie más. Servicios era muy estricto si la persona tenía varias parejas sexuales, una de las causas de muerte antes de la guerra fueron las infecciones de transmisión sexual. Otro mal erradicado por la mano dura, pero benevolente del gobierno.
Cuando su pulso se calmó y su mente se halló despejada comprendió que, efectivamente, el paquete tenía relación con el correo. Era imperante saber de qué se trataba, incluso si ello ponía en riesgo su estatus dentro de la colmena. Llámese curiosidad o resignación humana por el saber. El punto es que Richard Fletcher, sin desechar el miedo, se armó de un quebradizo valor y extrajo del buzón la enigmática cajita color blanco, sin remitente, sin marcas. Sus dedos surcaron el borde de la tapa y, aguantando la respiración, la abrió.
Lo que había dentro no podía ser menos fascinante que el propio envoltorio, la cajita contenía una carta doblada, una carta de papel. Papel. Un producto altamente escaso, reservado únicamente para la clase élite de las ciudades cúpula, e incluso para ellos era el lujo más exquisito. ¿Copérnico2128 era de la clase destacada o quizá un benefactor le había suministrado las blancas hojas?
La textura del papel era algo totalmente novedoso para Richard Fletcher, ahora más asombrado que aterrado. Disfrutó abrir la carta, desplegar las hojas, examinar (sin leer aún) las letras hechas a puño, la asimetría de la escritura, algo totalmente ajeno a la exactitud de la fuente electrónica. Se quedó absorto, fijo en los detalles mínimos, ahí donde la tinta perdía fuerza, ahí donde la tinta desfiguró el inicio de una palabra. El papel en sí era irregular, con algunas manchas poco perceptibles al ojo rápido, pero Fletcher adoró aquellos elementos. Por fin se decidió a leer.
Señor Richard Fletcher:
De mi mayor consideración le pido, con más apremio que humildad, pueda leer hasta el final el texto que aquí presento, con la absoluta negativa a que la información plasmada llegue a Servicios Ciudadanos. Antes prefiero que destruya esta carta una vez finalizada su lectura.
Durante años he leído sus publicaciones en la columna «Los detalles del Habitáculo». Desde el momento en que leí el título de la presentación creí que usted era diferente, que buscaba lo ajeno al sistema, la rareza. No lo sobresaliente; simplemente, la singularidad que permite la diversificación, aquello que rompe el molde. Una cualidad obligatoria para mantener el continuo cambio. La evolución no puede darse si no existe la diferenciación. Disculpe que esta introducción parezca larga e inoportuna pero nada más equivocado. Necesito remarcar que me llamó poderosamente la atención el hecho de que Richard Fletcher no quiera ser como el resto.
Vivimos en colmenas pero este es un paralelismo. Hemos dejado de ser humanos independientes para convertirnos en abejas mecanizadas, vivimos en una constante rutina parametrada por poderosas y asfixiantes normas. Somos la descendencia de esta sentencia desnaturalizada que nos permite seguir existiendo a cambio de sacrificar nuestra libertad. Y no crea que la clase élite está libre de semejante injuria, pues incluso en los exclusivos jardines nobles se vive bajo reglas muy estrictas.
Pero no fue siempre así. ¿Recuerda el nombre del correo que debió llegarle momentos antes de esta misiva? «Ensayo sobre la ceguera» del escritor portugués José Saramago. En él se relata la vida de una humanidad afectada por una inusual ceguera blanca, blanca como las células habitacionales, blanca como las envolturas de las raciones alimenticias. Blanca. Señor Fletcher, blanca como puede resultar la más alta pureza y, a su vez, la más irracional maldad.
En la novela solo un personaje es capaz de ver: La mujer del médico, la única que no pierde el don de la vista y gana la posibilidad de ver más allá de la corrupta naturaleza humana, porque comprenda, señor Fletcher, es el hombre quien corrompe al hombre, es el hombre quien ha creado a Life+ y es este conglomerado quien, revelándose tiránicamente, ha defenestrado al régimen del homo sapiens reemplazándolo por el hombre obediente, el hombre temeroso, el hombre controlado.
La Quinta Guerra Mundial o, como la conocemos mejor, la Guerra de Recursos estalló hace trescientos años aproximadamente, aunque ya no quedan registros fidedignos de ello. La mayoría de esta información está digitalizada por lo que debes descargarla o navegar para acceder a ella, y al hacerlo Servicios Ciudadanos toca a tu puerta para suministrarte una lavativa profiláctica y una recatada amenaza al convertir tu único espacio personal en «inocuo». Pero no siempre Servicios te visitaba, es más, dos siglos atrás ni existía. En la actualidad nadie sabe quién gerencia Servicios Ciudadanos o cómo contrata a su personal, nadie responde en atención al cliente, no se le conoce agencia física; existe porque vienen a tu puerta, pero no hay manera de llegar a ellos. Son una especie de servicio secreto fantasmagórico que se materializa únicamente cuando las estrictas reglas de convivencia son rotas. ¿Ahora se siente como un ratón encerrado en un laberinto, siendo observado por intereses retorcidos? Termine de leer y sopese lo aprendido, mucho me temo que la sensación de desasosiego solo aumentará.
Confié en usted para enviarle todo tipo de material que los lectores encontrarían jocoso, delirante, desvaríos demenciales, totales sinsentidos; y sin embargo, aproveché para filtrar datos sumamente importantes y necesarios para crear conciencia entre los asiduos. Tengo la fe de que, así como lo encontré a usted, las líneas publicadas hayan podido calar en más mentes y, para cuando usted se vea obligado a expectorarse de su habitación, pueda encontrar que otros más han abierto los ojos.
Permítame hacerle un recuento de los últimos quinientos años. El mundo moría, el agua potable estaba envenenada y casi nada crecía o producía lo suficiente como para alimentar a una familia. Los niños hambrientos lloraban al no poder succionar la leche de los pechos secos de sus famélicas madres. El Cordón Asiático, o lo que quedó de los países de oriente tras la Cuarta Guerra Mundial (aproximadamente en el año 2500) hizo a un lado la Carta de Derechos Humanos e inició la clonación en masa de los animales que la Tierra había perdido, empezando por los vacunos, aves de corral y porcinos. Aún no estaba claro si la carne clonada tendría algún impacto negativo en la vida humana, pero si no se hacía algo, pronto no quedaría ningún tipo de vida. Con la producción del Cordón se pudo llenar los estómagos de millones de personas, las empresas granjeras pudieron continuar en el negocio y la paz regresó. Entonces se preguntará ¿qué pasó? ¿Por qué no se continuó con el alimento clonado? ¿Qué le pasó al Cordón Asiático?
La respuesta inmediata es pensar en los ataques que recibieron las plantas de clonación. Se habla de lo que vino después: la segunda hambruna y la Guerra de Recursos. Pero, ¿tiene lógica que ataques coordinados acaben con la producción de cinco países del Cordón? ¿Qué tan masivo debió ser el atentado para lograrlo a la primera oportunidad y causar tanto daño como para arruinar por completo la industria alimentaria mundial? Antes de la Guerra de Recursos, ningún país tenía la capacidad de doblegar a cinco naciones por sí sola. ¿Es creíble que un grupo paramilitar pudiera hacerlo? ¿Qué pensaría si le digo que fueron las mismas Naciones Reconstruidas, en alianza con las regiones europeas, las que propiciaron el ataque y desmantelaron al Cordón Asiático, relegándolo al olvido y doblegándolo al punto de anexarlo al proyecto de Life+? ¿Cómo podría ser posible que los mandatarios del mundo se pongan de acuerdo para matar de hambre a la población del mundo? ¿Por qué harían algo semejante?
No sería algo nuevo. Atentados de bandera blanca, asesinatos, complots, desestabilización de gobiernos menores. Antes se trataba de petróleo, de tierras, de poder. Ahora la moneda es la comida pero el objetivo no cambia: control, señor Fletcher. Siempre se ha tratado de control. Aunque en esta oportunidad se podría decir que fue justificado.
No me malentienda. No estoy a favor de la criminal manera en la que se procedió, pero comprendo los agobiantes motivos que llevaron a atentar contra la aparente solución. El Cordón Asiático había parchado el problema, mas no lo resolvía. El problema de la hambruna y la escasez de recursos no residían en la capacidad de satisfacer la demanda sino en la cantidad de la demanda misma. El problema era la humanidad, señor Fletcher. La cantidad de bocas que alimentar aumentó significativamente después de que el Cordón comenzó la producción de animales clonados. Y esas vacas, esos pollos, esos cerdos necesitaban áreas de pastoreo, áreas de producción, áreas verdes y el planeta ya no tenía suficientes. La gente seguía naciendo, la comida se seguía produciendo y una nueva amenaza se cernía. Nada había cambiado.
Las Naciones Reconstruidas, en algún punto hace más de trecientos años, decidieron que el método por el cual la vida continuaría no sería a través de satisfacer la demanda sino controlarla. Entonces el ataque coordinado destruyó el Cordón Asiático desatando la Guerra de Recursos, alistando el terreno para una nueva y definitiva salvación: Life+, que por aquel entonces solo era una multinacional de comida sin mayores atributos, que comenzó a tener una relevancia absoluta en la política global. ¿Qué ofrecía la multinacional? Un solo producto transgénico: la yuca, en aquel entonces de quinta generación. La yuca sudamericana, la mandioca genéticamente alterada. En el siglo XXI, la FAO había declarado a la yuca como el alimento del futuro, capaz de crecer en casi cualquier sitio, resistente a plagas a insectos, altamente nutritiva pero no era invencible, aún no. Life+ la mejoró hasta el punto en que se convirtió en el monocultivo absoluto; capaz de crecer en la deforestada selva amazónica como en los páramos desérticos de la derretida Siberia. La yuca arrasó con todo. Ningún cultivo nativo sobrevivió y es que no era necesario. Una sola ración superaba a cualquier dieta balanceada. La humanidad abrazó la salvación con más desesperación que anhelo. Entregamos la libertad como un cordero exponiendo el cuello. Ese día, señor Fletcher, la humanidad murió.
Sabemos que el gobierno recluyó a nuestros antepasados en colmenas (para los ciudadanos comunes) o jardines (para los más afortunados). Esta historia nos contaron nuestros padres y sus padres a ellos. Realmente no sabemos cómo o cuál fue el proceso de adaptación a estos recintos vigilados. Casi parece que un día despertamos aquí, comenzamos a vivir y ya; como si nuestra vida no hubiese iniciado en el útero materno sino ubicados dentro de estos ingeniosos artificios. Las células habitacionales están diseñadas con el propósito de que perdamos el sentido del tiempo. Créame al decirle que cada centímetro del mundo, dentro de las ciudades cúpula, está milimétricamente pensado. Ahora bien, el exterior también ha sido deliberadamente creado. Piense por un momento, todos los días las noticias dicen que los «salvajes», los «no admitidos», rondan las plantaciones del superalimento, que las caravanas de raciones son atacadas, que la seguridad se aumentará, que han liquidado a decenas de atacantes. ¿Cómo comprobar aquella información? ¿No le parece raro que si afuera no queda nada qué comer, el número de «salvajes» parece nunca disminuir? Dicen que constantemente envían tropas. ¿Conoce usted algún militar? Porque usted debió, como todos, pasar por el test psicofuncional y, si recuerda, las únicas opciones eran carreras relacionadas al software y hardware de la ciudad o carreras de letras y artes. ¿Vio que había requerimiento militar? No, no había. Entonces, ¿qué soldados mandan a las fronteras?
Mantener el miedo constante refuerza la necesidad de quedarse donde uno está, porque es el lugar seguro, el lugar que nos hicieron creer que es seguro, ¿ahora lo comprende? Una vez que la humanidad se internó en las ciudades domo se creó el sistema de Life+, una compleja inteligencia artificial que lo supervisa, regula y controla todo; y este, al igual que HAL9000, siguió con su programación, en este caso dirigido al condicionamiento conductual humano, de tal manera que ahora nos hemos convertido en un engranaje del sistema, en lugar de que este nos sirva. Lo más aterrador es que hemos perdido el conocimiento de la situación real. Estamos dentro de la nave estelar de Aldiss.
Ahora, déjeme explicarle, en estos últimos párrafos, cómo es que Life+ mantiene la demanda controlada. La respuesta es tan sencilla como alarmante: la yuca transgénica. Es lo único que comemos todos. Seas un ciudadano o de la élite. ¿Entonces? La yuca ha sido alterada con una serie de proteínas, que al entrar en el organismo, comienzan a dejarnos estériles. La dosis constante asegura una especie de castración química y al ser lo único que se puede ingerir la dosis es permanente, provocando que cada vez nazcan menos humanos. Por supuesto que la yuca acabó con la escasez de recursos pues crece rápidamente y es superproductiva, y en definitiva acabó con la hambruna, pero eso se debe a que redujo la cantidad de bocas que alimentar. Éxito, misión cumplida.
El problema, como le repito, señor Fletcher, es que el sistema debió detenerse en algún momento en que el número de habitantes humanos llegara a un punto crítico, pero no fue así. Nos olvidamos de conducir y dejamos que el piloto automático prosiguiera. El problema inicial se resolvió, sin embargo, nuestra ignorancia e incapacidad de darnos cuenta de todo el rompecabezas nuevamente nos está llevando a la extinción.
Es un sistema tan bien diseñado que nos hace creer que existe una suerte de libre albedrío, dentro del claustrofóbico universo en el que vivimos. Piénselo, señor Fletcher, si el sistema nos proporciona las opciones que ha calculado terminarán donde el sistema quiere, ¿realmente elegimos o seguimos una secuencia programada?
No puedo suministrarle pruebas de todo lo vertido aquí. Es imposible que ese contenido llegara a sus manos sin activar cientos de alarmas. Por lo que tendrá que creerme únicamente basado en su fe y en la mínima percepción que tiene sobre mi persona, que como entenderá, no puedo incluso ahora revelarle mi naturaleza, pues debo ser muy cauteloso. Servicios Ciudadanos es la Gestapo del sistema y ni ellos mismos saben que lo son. Son gente como usted o como yo. Engranajes. Y creen que están realizando su labor con el fin de asegurar esta supervivencia ilusoria, artificial, forzada y abyecta. Despierte, señor Fletcher, sea «La mujer del médico».
Con estima.
Copérnico2128
A estas alturas la bolsa de material reciclado había abandonado el rostro de Fletcher, pues el escritor no sabía cómo reaccionar ante la tremenda cantidad de sandeces vertidas en las hojas de papel. «Qué desperdicio» pensó afligido, al ver que la paranoia de un anónimo acaudalado estropeó el papel, un material tan valioso, «no es como una pantalla, sobre esto no puedes borrar», se lamentó profundamente. Richard suspiraba mientras su mente procesaba, indirectamente, el contenido de la misiva. Comenzaba a parafrasear las locuras. «Si todos estuviésemos programados entonces no podríamos improvisar, no existiría la creatividad. Si pasase algo fuera de los parámetros del sistema simplemente no sabríamos cómo reaccionar. Sería como si todos fuésemos una tremenda bola de idiotas; no puedes hacer eso con toda la humanidad… es ridículo». Concluyó y recordó la vez que fue asignado a visitar el cine, y en lugar de elegir la típica película de acción de los héroes de la Guerra de Recursos, optó por un lacrimoso drama de un sobreviviente de la posguerra. «Elegí algo nuevo, algo diferente» se dijo a sí mismo y una diminuta voz, muy al fondo de su consciencia le susurró: «La tarea asignada era ir al cine. Algo impredecible hubiese sido negarse…».
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