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Vidas mágicas de tunchis y hechiceros

Róger Rumrrill

Índice del libro
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A Agustín Rivas Vásquez, mago amazónico que nutre con su sabiduría y su espíritu juguetón las páginas de este libro.

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Róger Rumrrill García

(Iquitos - 1938). En cuanto a su obra poética, publicó: «Magias y canciones» (1971), «Axpikondiá» (1972) y «Memorias desde un otoño» (1975). Entre sus ensayos destacan: «Amazonía hoy, crónicas de emergencia» (1973), «Los condenados de la selva» (1982) y «Narcotráfiico y violencia política en la Amazonía» (1984). Su obra narrativa es vasta: «Vidas mágicas de tunchis y hechiceros» (1983), «El venado sagrado» (1992) y «Amazonía mágica: antología narrativa» (2000), son libros indispensables en la literatura amazónica. El año 2013 publicó la novela «La virgen del Samiria», primera entrega de una trilogía en proceso.

Presentación

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Por Luis Hernán Ramírez

(Tomado del prólogo de la primera y única edición publicada el año 1983)

Vidas mágicas de tunchis y hechiceros contiene un total de catorce relatos breves, los ocho primeros tienen estructuras de cuento o de novela corta y los seis restantes son relatos aparentemente testimoniales que traducen en toda su rudeza y simplicidad el drama interminable que viven a diario los pobladores ribereños de diferentes zonas de nuestra Amazonía enfrentándose a los elementos hostigantes de una naturaleza inclemente y bravía.

La mayor parte de estos fascinantes relatos están montados sobre una amena e interesante exposición de motivos telúricos y populares de la vida selvática y en todos ellos está muy claro el afán del autor de mostrar, de modo mágico y maravilloso, las fábulas orales, leyendas, creencias, costumbres y prácticas ancestrales, supersticiones, embrujos y sortilegios. En sus páginas se acumula y se ordena toda la rica y variada gama del saber popular del hombre amazónico desde sus más alturados mitos y novedosas teogonías (Ver el relato Yacuruna) hasta las más ingenuas supercherías atribuidas a cosas, plantas y animales que hacen parte de la vida rural. Incluyendo los casos más extraños e insólitos de la medicina popular (Ver el relato Los secretos del balsero Arimuya).

Lo que más nos sorprende y llama la atención en los cuentos y relatos de Róger Rumrrill es la armonía proporcionada con que intervienen en ellos el hombre y la naturaleza, lo terrenal y lo mágico, la verdad y la patraña. Equilibrio, vitalidad y poesía constituyen los rasgos fundamentales de esta prosa que descubre un vasto filón de la sapiencia del pueblo en las tierras de la Amazonía, plasmado en un lenguaje llano, fluido y espontáneo que revela una capacidad fabulosa de invención verbal de su autor pese a que los episodios e incidencias de estas narraciones pertenecen mayormente a la tradición oral del pueblo, transmitidos de generación en generación a manera de ingeniosas consejas o misteriosas fabulaciones que repiten los mayores sentados a la puerta de sus tambos en las lóbregas noches de la selva profunda, lejos, muy lejos de las luces de neón y del bullicio de las ciudades. Fabulaciones y consejas que andan hoy dispersas en la vasta dimensión de la región amazónica como los cantos rodados de una vieja mitología cosmogónica que Róger Rumrrill los recoge captando sus contornos mágicos y fantasmagóricos y engarzándolos en un ambiente real y natural con personajes que mantienen en lo fundamental los rasgos físicos y morales del hombre amazónico de hoy que quiere a su tierra, que ama la vida, que sufre y que protesta.

VIDAS MÁGICAS DE TUNCHIS Y HECHICEROS

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El viborero

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A Javier Dávila Durand

Ves, ves, a mí me faltan dedos, a él le iba a faltar la vida —me dijo resueltamente enseñándome una mano reumática, como una pistola vieja que no puede disparar, con tres dedos menos.

Al escuchar su voz, al mirar su cara cetrina, achinada, sus ojillos penetrantes, mi vida retrocedió bruscamente quince años hasta esa tarde en el cine Alhambra, en Iquitos, con la muchachería que repletaba la platea y los balcones de ese inmenso cine que un verano ya lejano el fuego devoró llevándose no solo nuestros recuerdos, sino también la gloria de la voz de Caruso y el taconeo de las bailadoras españolas atraídas como moscas al olor del caucho.

Esa tarde, en el escenario del Alhambra, estaba ese hombre corpulento, grande como un toro, color de tierra oscura de los barrizales del Amazonas, achinado, girando los brazos de los que colgaban movedizas serpientes de colores luminosos.

—¿Hay alguien del público que pueda bajar al escenario y jugar con estas lindas criaturas? —preguntó meloseando la voz.

—¿Hay alguien o soy el único que puede jugar con estas criaturas de Dios? —volvió a preguntar con un tono de sarcasmo.

—Yo, yo puedo jugar con esas criaturas del diablo —resonó una voz firme y carrasposa, como la de alguien que no había dormido toda la noche.

Como si fuera un solo rostro y solo dos ojos, las miradas giraron en dirección de donde había brotado esa voz. Allí estaba el hombre, bajando las gradas con pasos nerviosos pero decididos, ante la mirada asombrada de todos. Lo reconocí. Era don Juan Taricuarima, mi vecino, el hombre que solía darnos permiso a mí y a mis hermanos para trepar el ramudo árbol de taperibá de su huerta.

—Es un hombre bueno, manso como un perro —pensé. Me empezaron a sudar las manos, mis pies descalzos se enfriaron al imaginarme a don Juan Taricuarima muerto, con las serpientes que se le metían por los ojos y por la boca. Me tapé la cara y, en eso, alguien gritó:

—No siga. La función ha terminado —ordenó con voz autoritaria.

Todo el mundo sudaba copiosamente. El que había dado la orden, un hombre alto y delgado vestido de lino blanco, bajó a grandes trancos al escenario, seguido de dos huairuros y ordenó que el hombre corpulento metiera la serpiente en una canasta de mimbre con tapa en forma de sombrero.

—Acompañen a este hombre a la comisaría y usted —dijo mirando a don Juan—, vuelva a su casa y otra vez no sea cojudo de desafiar la muerte.

—Muy bien, señor prefecto —respondieron prestamente los dos huairuros.

—Sí, mi amigo, a mí me faltan los dedos, pero a él le hubiera faltado la vida. ¿Sabe por qué? Porque todo estaba preparado. Yo tenía una shushupe esperándolo. Y usted sabe que esa maldita víbora no perdona a nadie —me dijo.

El hombre estaba recostado sobre una tarima de ponas, esa palmera que habita las selvas de la Amazonía. Cerca, en el suelo, había un fogón con leños encendidos y una olla colgada de dos horquetas. El rumor del río subía desde el fondo del barranco y se mezclaba con la música que el viento hacía en los árboles cercanos al tambo.

—¿Usted ni siquiera se imaginó, no es cierto? Sí, soy el mismo domador de serpientes que usted vio esa tarde en el Alhambra. Soy Pedro López Upiachihuay, para servirle —dijo, y se quedó en silencio.

Qué me iba a imaginar que quince años después de esa tarde en el cine Alhambra encontraría, en circunstancias muy diferentes, a ese hombre que en casi toda la Amazonía conocían como el viborero.

Yo tenía veinticinco años y había escapado de Iquitos, huyendo de la leva, por mi resistencia casi biológica a todo lo que significase armas, disciplina, jerarquía, guerra y aquello que en esencia son los valores de la vida militar.

Esa fuga me había deparado muchas sorpresas, como el encuentro que tuve con Penny David en uno de los más remotos puestos de extracción de pieles de animales silvestres del río Tambo, ese río indomable y traidor que baja de las distantes cordilleras andinas y que penetra en las selvas dando dentelladas de furia.

Penny había nacido en Iquitos de padres norteamericanos. Era un gringo alto, rubio, de ojos azules, irresistiblemente hermoso con su cabello revuelto y ensortijado. Su padre, pastor de una secta fundamentalista, era un puritano con aspiraciones de santidad que en su obsesivo afán de llegar al cielo había prohibido a Penny enamorarse, tener amigos, bañarse desnudo, comer carne de cerdo y dormir desnudo en las sudorosas noches tropicales de la Amazonía.

A punto de ahogarse con estas restricciones, Penny, a los quince años, escapó de la casa paterna, viviendo a salto de mata en Iquitos. Sobrevivía como podía. Vendiendo botellas que recogía en los arrabales, cargando las sogas y los puñales de los matarifes en un inmundo camal a orillas del río Amazonas, cargando bultos en el puerto o inventándoles historietas de viajes imaginarios a los pocos yanquis que vivían en la ciudad como gerentes de las compañías petroleras y madereras.

Hasta que un día, uno de los viajes imaginarios se le hizo realidad. Embarcado de pavo en un avión militar que una vez al año hacía el correo a Atalaya, el último foco de civilización —como decían algunas gentes— en la inmensa cuenca de los ríos Ucayali y Madre de Dios, Penny fue a dar en el río Tambo. Allí su suerte cambió de la noche a la mañana.

Aprendió con facilidad sorprendente las lenguas nativas campa y piro y vestido con una cushma de color rojo achiote y precedido por cinco brujos, fue de pueblo en pueblo predicando el retorno de los dioses milenarios que tras el arribo de los blancos con sus armas de fuego, su sífilis, su viruela y su gripe, habían dejado el reino de los hombres contaminado por la «peste blanca», para ir a morar en el reino impoluto de Axpikondia.

Convertido en anunciador del retorno de los dioses, en profeta y a veces en casi un semidiós, Penny David habitaba en un pueblo que no figuraba en ninguna carta, en ningún itinerario, en ninguna guía, pero que estaba en la boca y en la memoria de todo el mundo: Charahuaja. Lo que vi en ese pueblo, las experiencias que viví, la forma como se me hizo llegar a él, tengo que mantenerlo en el más absoluto secreto por un juramento que le hice a Penny David. Solo puedo decir que el camino que eligió Penny David no es el camino que eligió su padre y que Charahuaja es hoy una mezcla de pesadilla y alucinación en mi vida.

Mi incursión por el río Tambo trajo también otra gran sorpresa a mi vida: el encuentro con el viborero. Este —no sé a través de qué sistemas de comunicación, inexistentes en apariencia— se enteró de mi presencia en esta región que guardaba aún viva la memoria de la revuelta de Runcato, ese gran jefe shipibo que a mediados del siglo XVII había querido restaurar el reino de Huismabu, y con miles de soldados nativos armados con solo afilados ushates y lanzas tuvo en jaque durante años a las huestes españolas que acordonaban las misiones franciscanas, muchas de las cuales no pudieron librarse de la ira shipiba y terminaron en cenizas y carroña para las aves de presa.

—Me han dicho que escribes poesías y también cuentas las historias de los hombres en esos papeles que se llaman periódicos —me dijo el viborero, mientras inquisitivamente me revisaba con sus ojillos luminosos de pies a cabeza.

Luego, levantó la cabeza con dificultad y de un envoltorio de trapos mugrientos que le servía de almohada, fue desenvolviendo una especie de cuaderno viejo con pasta negra que imitaba el cuero de la serpiente y me dijo, imperativo:

—¡Mira eso. Ahí está mi vida!

Todo empezó la tarde en que su padre le ordenó que limpiara de malas yerbas el patio de la choza.

El patio estaba poblado de llantenes, paicos, culantros y verbenas. Pero había también esa mala hierba matapasto y el torurcón, cuya potencialidad germinativa solo es comparable al fecundo potencial erótico de los ribereños que se alimentan de raíces y pócimas que se abrevan en noches de luna llena.

Súbitamente emergió entre la mala hierba una serpiente de escamas rojas y amarillas y vientre crema con pintas negras. Intentó escapar, reptando velozmente debajo de los arbustos fraganciosos del paico. Él pensó: es demasiado bella para matarla. En las selvas amazónicas, solo los paucares y los suisuis tienen esos colores luminosos. Decidió perdonarle la vida. Con una horqueta sujetó la cabeza, inmovilizándola momentáneamente y con la mano cogió la cola, luego soltó la horqueta y presionó en el cogote con la otra mano.

Se acordó que su jaula de pihuichos estaba vacía. Hacía pocos días que había llevado al pueblo los cuatro últimos que tenía y los había vendido a buen precio porque tenían las plumas de la frente y de las alas de color amarillo y porque estaban aprendiendo a silbar. Llevó la serpiente a la jaula y la encerró.

Todos los días cazaba moscas y mariposas para alimentar a la serpiente, cuyo apetito crecía en la misma proporción que su vientre de escamas cremas con rayitas negras. Uno de esos días, transcurrida ya una semana del encierro, la luminosa serpiente de colores le dio una sorpresa: parió diez culebritas que se revolvían como cabellos de medusa en la jaula de tela metálica.

Empezó a amar a la madre serpiente y a sus hijos. Cada mañana, luego de arrojar en la jaula la ración de moscas y mariposas, se quedaba mirando los ojos extrañamente metálicos y casi humanos de las serpientes. Pero cada mañana también, para su aflicción, aparecía siempre una pequeña serpiente muerta. El día que murió la última estuvo al borde del llanto, mirando a la madre y preguntándole y recriminándole por esas muertes inexplicables.

Por un momento pensó que quizá la alimentación que les suministraba no era suficiente y se arrepentía de no haber cazado algunos pericotes y lagartijas, o polluelos y huevos de pájaro, que son los manjares más apetecibles de las serpientes. Porque antes de morir se había percatado que las serpientes se quedaban dormidas, sueño que él interpretaba como un signo de debilidad física.

Mirando y mirando ese día, observó que también la madre se quedaba dormida. Se asustó. Introdujo la mano en la jaula y la sacudió; tocó la cabeza chata e hizo un círculo con el cuerpo largo de colores. Pero la madre siguió dormida y, más tarde, entre llantos, constató que la madre también acababa de morir.

Para calmar su dolor y descubrir el secreto de esas muertes repentinas y misteriosas, anduvo durante días buscando en el patio de la choza, en la huerta y en los bosques aledaños serpientes de colores. Hasta que después de muchos días de andanzas y esfuerzos pudo cazar dos serpientes también de colores que fueron a dar a la jaula.

Hablaba con ellas, las interrogaba, las miraba a los ojos. Descubrió casi aterrorizado que estas también se quedaban dormidas cuando dirigía la niña de sus ojos a los ojos metálicos de las serpientes. Un día, después de tanto mirarlas a los ojos, las serpientes de colores no despertaron más de su sueño.

Entonces empezó a sospechar que algún extraño e indescifrable poder residía en sus ojos; que alguna fuerza que su voluntad no podía controlar salía de sus ojos negros y achinados.

Su vida, a partir de ese día, dio un giro inesperado. Los seres más temibles y repelentes, las criaturas más traidoras y mortales se convertían, ante su mirada, en seres inofensivos con los cuales los niños del pueblo jugaban enroscándolos en sus cuellos, usándolos como collares y como cuerdas. Él podía, con solo mirarla, transformar a una jergón venenosa en un amable juguete, haciéndola dormir, despertándola y matándola.

Así nació el viborero, en un pueblecillo de San Martín, al pie mismo de las montañas andinas, desde donde su fama y prestigio fue creciendo, creciendo, como esos mismos ríos que nacen en las montañas y luego bajan, engordando sus cuerpos, con dirección al gran océano verde de la Amazonía.

Lo invitaban a las fiestas para hacer demostraciones de su poder. En los circos de gitanos que para Fiestas Patrias templaban sus carpas en los pueblos, él era la atracción principal. Con frecuencia, también, le encomendaban usar su poder hipnótico en circunstancias pintorescas, graciosas o dramáticas; como aquella vez en que a una temible nacanaca se le ocurrió buscar calentura acurrucándose entre las piernas de la Cunshi Putapaña, una hermosa muchacha de diecinueve años que una tarde dormía sobre una estera en el patio de su casa. Cuando la Cunshi despertó y sintió que la nacanaca se movía entre sus piernas, se quedó paralizada de terror, inmóvil, porque cualquier movimiento le hubiera costado la vida. Mientras la muchacha empalidecía de muerte y sudaba a chorros, fue llamado el viborero que, sin inmutarse, con una sonrisa de satisfacción, levantó la falda de percala de la muchacha, contempló por un instante las gruesas y morenas piernas, emitió un silbido muy agudo que obligó a la serpiente a abrir los ojos y estos se cruzaron con la mirada negra y profunda del viborero. Segundos después, él mismo agarraba de la cola a la serpiente dormida, la arrojaba al suelo y allí fue apaleada furiosamente por don Ladico Putapaña, el padre de la Cunshi.

En otra ocasión fue llamado de urgencia para atrapar una shushupe, la más feroz de las serpientes amazónicas. Esta había sido descubierta en las inmediaciones de una chacra, mientras dormía, por un equipo de cazadores profesionales de serpientes que, de pueblo en pueblo, iban comprando o cazando las serpientes más venenosas para extraerles, en sofisticados laboratorios y premunidos de las máximas seguridades, el veneno que luego se utilizaba en la preparación del suero antiofidico para combatir la fatal mordedura de las mismas serpientes.

El viborero se acercó a la shushupe, emitió su inimitable silbido, y la shushupe abrió los ojos y perdió la memoria para siempre mirando los ojos negros del viborero. Dormida fue llevada al pueblo por dos hombres. Allí un hombre vestido de blanco y con guantes de jebe le abrió la bocaza y, presionando una de sus glándulas, hizo destilar por los afilados colmillos dos hilos líquidos de amarillento veneno que fue depositado avaramente en una botellita y guardada en un depósito con hielo.

Tenía diecinueve años y el amor tocó a su vida. Este amor tenía el nombre de Catalina Mandujano y era la mujer de Roque Rengifo, un joven cazador que solía internarse en el monte durante semanas y meses, persiguiendo las manadas de choros y maquisapas y otros monos de costumbres casi humanas, como llorar cuando las crías mueren o son heridos ellos mismos por el cazador. Catalina, en el curso de estas prolongadas ausencias, se quedaba sola, custodiando con celo su cuerpo de guitarra de caoba y mirando con sus ojos almendrados, como quien no quiere la cosa, los lances del viborero con las serpientes.

Uno de esos días, es posible que la mirada negra e irresistible del viborero se haya cruzado con la mirada de Catalina y entonces, por un secreto designio de poderes invisibles, se anudaron irremesiblemente esas dos vidas. El marido se negó a aceptar esa relación. Juró que el ojo de su carabina apagaría, cualquier día de esos, el fulgor de los ojos del viborero. Por eso, un día, este se fue al monte y regresó con una jergón de dos metros, ponzoñosa, oscura como las hojas podridas, con una cabeza de perro nonato y dormida, la arrojó entreabriendo una rendija del cerco de cañabrava en la choza de Roque Rengifo, mientras este reposaba de una de sus jornadas de cacería.

Rengifo no despertó nunca más. Lo encontraron con la boca llena de espuma y los ojos sangrientos, signos de una mordedura fatal y de un veneno que le empezó a desconyuntar las vértebras y a pudrir la carne como un leproso en el último día de su vida.

El viborero tomó a la mujer y huyó, en una huida que duró años a través de todos los pueblos de la Amazonía. Vivió años de gloria y también años que prefería no recordar, que secretamente ocultaba. Años de gloria como cuando recibió una vez la visita de un extraño emisario científico, que lo invitó —pasaje en mano como solía relatar— a visitar el Viejo Mundo, Europa, donde un grupo de sabios de una célebre institución que se dedicaba a estudiar el poder hipnótico de los hombres y los animales, querían comprobar con sus propios ojos sabios los poderes del viborero. O esos días de holgorio cuando atiborraba de gentes los cines de Pucallpa, Contamana, Iquitos, Caballococha que, con la boca abierta, lo miraban jugar con las serpientes que al común de las gentes aterrorizaba hasta en los sueños, porque en la Amazonía las gentes que sueñan con serpientes son víctimas de traiciones fatales.

—Pero la vida es como el río, tiene islas, varaderos, correntadas, muyunas, aguas mansas, crece y baja cada año —decía el viborero. Una de estas bajadas del río de su vida le había acontecido en Masisea, ese pueblo a donde había sido llamado para hacer una demostración de sus poderes de dominador de serpientes porque en el último año, treinta personas, entre adultos y niños, habían muerto en el pueblo mordidas por casi invisibles nacanacas mientras se bañaban en el río o por traidores loros machacos mientras los niños recogían orquídeas silvestres o los hombres cazaban paujiles de cresta roja en las restingas.

Había recogido en el río una delgada y fibrosa yacu jergón de veinte centímetros de largo, con una cabeza como de pájaro y de sangre fría como la rana. Era una víbora cuya repelencia solo era comparable con la producida por la shushupe, por sus ojos de fuego, su color indefinido y la ferocidad de sus picaduras que se cebaban sobre todo en los niños que bajaban a bañarse en el río.

Encerró a su presa en su vieja jaula de tela metálica y allí la mantenía con pajarillos que cazaba en una trampa. Una noche escuchó un aleteo y un metálico silbido que le penetraba hasta el cerebro. Bajó de la cama y se fue a ver la jaula. Cerró los ojos al ver un indescriptible espectáculo: el pájaro había picoteado la mitad de la serpiente, y esta se había comido la cabeza y las patas pero el pájaro seguía vivo. Terminó de matar al pájaro y se fue a dormir. En la mañana, bien temprano, fue a ver la jaula. La serpiente no estaba. En su huida había dejado un rastro musgoso y húmedo como de sangre coagulada mezclada con barro. Siguió el rastro, y mientras avanzaba, le empezaron a temblar las manos y las piernas y empezó a llorar. Nadie escuchó su llanto. Su mujer y su hijo de nueve años estaban bien muertos y fríos, mordidos por la yacu jergón que había escapado por la puerta de la jaula que la noche anterior él se había olvidado de cerrar.

Enterró a su mujer y a su hijo y abandonó a Masisea. Le vieron deambular por los pueblos vecinos con los ojos perdidos, como un ciego que avanza sin saber adónde. Fue después de este acontecimiento que recibió como trece mordeduras de serpientes a las cuales su mirada ya no podía adormecer. Sus manos tenían las señales de esas mordeduras: tres dedos menos en la mano derecha y en la mano izquierda cicatrices profundas como canales en la tierra oscura.

Casi ciego y a la edad de sesenta años, atrapado hasta en sus mismos sueños por las serpientes, porque todas las noches las serpientes que había hecho dormir se despertaban y con sus ojos llorosos le suplicaban que las hiciera despertar, fue empujado por fuerzas que él tampoco llegó a comprender de dónde venían, al estudio profundo y a la experiencia cotidiana con las plantas, raíces, frutos y jugos que otorgan poderes extraños a los hombres.

Le veían, en adelante, salir a medianoche en las épocas de luna nueva y cuarto menguante y penetrar en el monte y quedarse allí durante muchos días, solo, sin testigos. Alguna vez, mitayeros que no podían resistir la curiosidad, lo habían aguaitado y regresaban al pueblo contando historias como que en el tambo habían visto un pájaro negro sin plumas o un hombre viejo, con una cabeza blanca y melena abundante como la de un león o también decían que el tambo donde se escondía para hacer sus prácticas secretas siempre estaba con gente, gente que los mitayeros no podían describir pero que imaginaban que eran hombres y mujeres rubios y pequeños de pies desiguales y color oscuro como la noche. «Son yacurunas y chullachaquis que se reúnen con él», solían decir.

Regresaba al pueblo muy cambiado. Parecía un hombre diferente como si fuera de otro mundo. Por la mirada, más negra y penetrante que una flecha envenenada con curare. Por su fuerza que no era solo física sino también una fuerza secreta que un día fue sometida a prueba. Fue en los días en que se perdió en la selva del Ucayali el avión del capitán Alvariño, un piloto que hacía la travesía entre San Román y Atalaya. Desde el primer día de la búsqueda se desamarró una lluvia de esas que solo caen en la Amazonía. Lluvia que moja todo, desde el corazón de los árboles hasta los ojos de los hombres y los humedece de tristeza y miedo. Miedo fue el que sintió el costeño que dirigía la expedición de rescate que, presa de pánico y desesperación, le dijo al viborero:

—Ya pues, viejo, dicen que eres brujo y poderoso, a ver si tienes poder como dicen aquí tus paisanos. ¡Por qué mierda no haces parar esta maldita lluvia!

El viborero no dijo nada en ese momento. Luego de unos minutos de concentración, su mirada se dirigió a un punto fijo del cielo oscuro de nubes. Se quedó mirando fijamente varios minutos. De repente se paró y dijo con una voz gruesa y medio ronca: «¡Lluvia, párate, te digo que te pares!». Minutos después salieron a caminar por el monte mojado sin saber cómo explicarse lo que había pasado.

Fueron esos años en que al viborero le entró una inagotable afición por las mujeres, cuando ya cifraba más de setenta años. Tenía hasta diez mujeres y todas menores de veinte años. Se acostaba dos o tres veces con cada una de ellas y por turno durante meses. Pero esta afición le llevó a la cárcel. Insaciable e infatigable en sus deseos, sedujo a una muchacha de diez años y fue condenado por estupro a cinco años de prisión. Allí, durante los años que estuvo preso, se dedicaba a preparar esos extraños brebajes que le daban a él una potencia viril de joven de veinte años a la edad de ochenta. Contaban que el juez que dictaminó su libertad lo hizo porque le preparó una botellita con esta pócima de un poder casi sobrenatural.

—Eso es mi vida y esta es mi muerte —dijo mirándome fijamente a los ojos.

Le devolví el cuaderno. Lo cogió amorosamente y con mucho cuidado lo envolvió en los trapos mugrientos. Luego acomodó su cabeza vieja en esos trapos y cerró los ojos cansados. Sobre el emponado revoloteaban las moscas y los shinguitos. Me di cuenta que de sus heridas estaban brotando gusanos. Nervioso, sin que se diera cuenta, me alejé del tambo.

Shesha

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A Juan Lizardo del Aguila Rengifo, el Barbón

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Todos los días, a la media tarde, cuando el sopor tropical desciende empujado por el fresco vientecillo que viene trotando entre los árboles desde la azul cordillera del Sira, le veo pasar sin detenerse a decirme buenas tardes con su balde lleno de carroñas sanguinolentas para alimentar a las fieras del pequeño zoológico. Tiene dos turnos, según he podido comprobar. En las mañanas, bien tempranito, cuando los suisuis y los victordíaz se ponen a cantar, como en una competencia, esquivando a las últimas sombras nocturnas que huyen a esconderse en el bosque virgen, sale con su primera ración de alimentos. Con su viejo balde azul de plástico, que tiene una rajadura por donde se cuela un jugo gelatinoso de color y olor indefinibles, mezcla de sangre, agua, sopas y jugos gástricos, se pierde entre los naranjeros, guabas y limoneros de la huerta.

Mirando a hurtadillas por detrás de los árboles, voy poco a poco descubriendo en algunos días el secreto y solemne ritual de su trabajo mañanero y vespertino. Al amanecer alimenta a las aves silvestres cautivas: paujiles de cresta roja y pico negro; pucacungas de cuello rojo y plumas marrón oscuro con pintitas; búhos de ojos casi humanos con su collar de plumas como bufanda que les dan apariencia de ancianos acatarrados; buitres y águilas selváticas de plumaje azabache y de mirada nerviosa y profunda.

Cuando los animales sienten su presencia, sus pasos descalzos en la tierra arenosa de la huerta, su cuerpo que roza en las hojas húmedas del limonero, se despiertan abruptamente, abren los ojos, saltan y sacuden las alas en sus estrechas prisiones de madera y tela metálica. Él coloca su viejo balde azul junto a las jaulas, mueve con parsimonia el picaporte de los ventanucos y arroja presa por presa la comida a las aves que graznan o silban de alegría. Los carroñeros hunden pico y cabeza en las piltrafas y las cabezas podridas de gamitana, cuyos ojos picotean con delectación. Él mira y participa del espectáculo, mascullando palabrejas como «ya - ya - ya» o silbando entre dientes «fui - fui - fui», imitando o repitiendo alguna secreta fórmula que los brujos y curanderos de la Amazonía emplean en sus noches rituales.

En las tardes llega al pie de las jaulas con su balde azul y una vieja canastilla de mimbre. Se le ve gris y con los ojos apagados, con movimientos lentos como los de mono enfermo.

Levanta la tapa de la canastilla y saca del interior un polluelo muy tierno, de esos polluelos que las granjas descartan porque nacen con alguna enfermedad incurable o que a los pocos días de nacido contraen alguna peste contagiosa.

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