Chullachaqui
Varios autores
Índice del libro
- Ojos de espanto en la oscuridad
- Las aventuras de Panguito
- El monte del chullachaqui
- El retrato
- Sordera
- Abicho y el legado del chullachaqui
- Chullachaqui y su pasado
- Crónica de un sueño mojado
- La Maldición
- El deseo del chullachaqui
- El buen roba niños
- La reina de los chullachaquis
- Chullachaqui, “hombrecillo misterioso”
- Paco y el chullachaqui
- Las Aventuras de José y Chullachaquito
- Chullachaqui amigo
- Por la ruta a Yurimaguas
- El chullachaqui solterón
- El chullachaqui chanchero
- La chacra del “Tío”
- Semblanza del chullachaqui
Ojos de espanto en la oscuridad
I
La selva ampara celosamente sus secretos.
Alberga vida. Alberga magia.
Isula se volvió un cazador tenaz de la noche a la mañana. En la selva, cuando la omnipotencia de la oscuridad empezaba a subyugar por completo las luces mortecinas que se filtraban entre las ramas de los árboles y el ambiente era conquistado por un tétrico silencio de sonidos portentosos, característicos de los rumores nocturnos de la selva, Isula ya estaba instalado en una firme tarima construida a prudente altura sobre las ramas de un árbol. No necesitaba compañía. La última vez que cedió a las insistencias de su huauqui, éste se había dejado dominar por el sueño sentado en el armazón de palos y, cuandxo escuchó el estruendo del balazo muy cerca de sus oídos, se había sacudido del susto haciéndole maniobrar tan malamente su cuerpo que no tuvo manera de evitar una dramática caída; el ajetreo de su descenso y el golpe tuvieron repercusión en músculos y huesos.
Para sus allegados, era imprudente su solitaria condición de acechador nocturno. Sus compaisanos siempre le relataban de algunos encuentros que tuvieron con el tunchi, el shapshico, la lamparilla y otros seres quiméricos que conforman la variopinta tradición fantasmagórica de los pueblos de la selva. Pero, Isula no concebía a las noches como una fábrica de misterios siniestros, como una patrocinadora de entes fantasmales.
Para él, aquellas apariciones nocherniegas eran simples alucinaciones inspiradas por el miedo o meras entidades emprendidas desde la imaginación exagerada de algunos pobladores de donde siempre salieron airosos del incidente pavoroso. Para Isula, las mismas existencias del día, los mismos seres, el mismo arrebato del viento que mueve en la mañana y en la tarde cada copa de un árbol son los mismos que gobiernan también en la noche.
Con este sencillo entendimiento del existencialismo nocturno del bosque, Isula no temía convivir una o más noches con el silencio lóbrego de la selva. Esa temeridad era la que le hacía merecedor de una fama insuperable en el pueblo por ser el montero más entusiasta e infalible que había visto jamás la población, a pesar de ser nuevo en la materia escopetera. Su apodo, Isula, se asociaba, de alguna manera, con su inclinación por el monte y la oscuridad. Antes no le decían Isula. Antes de ser “Isula” fue Segundo Ascencio. Isula resultó ser un apodo bien bordado; por eso, los lugareños se olvidaron de su nombre. Aquel mote se forjó una noche en que Segundo Ascencio y su círculo de compadres sazonaban con chuchuhuasha sus confidencias agrícolas y amicales: