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Índice del libro

―Ídem Isula por el monte te verás ―le interrumpió su compadre cuando Segundo Ascencio se vanagloriaba de haber resistido sin fiebres a la dolorosa picadura de esta hormiga venenosa. Aquello causó la risa de los demás integrantes de la ronda. Risa que algunos la desbordaron en carcajadas cuando en sus mentes trastocadas por la bebida, emparentaron al agraviado con aquel insecto venenoso y comprendieron que aquel sobrenombre, fruto de una agudeza visual y creativa, sintetizó todos los apodos que pudo soportar la ennegrecida piel de Segundo Ascencio. En los días sucesivos, celebraron el apodo en cada conversación, entonces, fue adquiriendo fama ascendente y, semanas más tarde, usurpó por completo el verdadero nombre de Segundo Ascencio. Por decirlo de otra manera, los infantes que recién comenzaban a estrenar sus primeras palabras se adiestraban llamándole con aquel apelativo insectil.

Pero, desde aquella noche, Isula nunca volvería a la montaña para servirse de su fauna. Solo se supo al día siguiente que, esa noche, cuando sólo se escuchaba el clásico coro nocturno del corrillo incansable de grillos, el bufido de las lechuzas trasnochadas y uno que otro ladrido de perro velador, Isula retornó del bosque exhausto, trastabillando y sin más fuerzas que para mantenerse en pie, y gracias a su corazón que obraba más de lo debido en su macizo pecho. Su mujer se había levantado despotricando por el retumbo insistente de la puerta, y poco faltó para que el recién llegado se descalabrara en la solidez del piso de la sala, de no ser por los oportunos brazos de su compañera que lo ampararon a duras penas de un seguro porrazo. Supieron también que ella, después de hacer malabares para volverlo en sí y de asegurarlo en un sillón de la casa, lo sometió a un intenso interrogatorio para esclarecer su inusitado vahído, pero, él no logró balbucir, siquiera, una sola palabra que revelara su inusitada consternación

El rostro de Isula, en los días posteriores, se oscureció por una expresión de silencio y de misterio que hirió la curiosidad de muchos. Los parleros crepusculares que colonizaban todas las tardes las esquinas de Huacho, anegaban sus conversaciones en intensos cuestionamientos para vaticinar, auxiliándose entre todas las mentes, una justificación razonable que pudiera esclarecer el suceso nocturno de Isula. Echábanle la culpa al chullachaqui con sus malabáricas transformaciones, pero, finalmente acusaban al tunchi y su silbido lúgubre, ya que este fantasma es quien recorre los caminos en la noche persiguiendo a los andantes nocturnos o huyendo del shapshico, el diablillo cazador de almas en penitencia.

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