Índice del libro
- Ojos de espanto en la oscuridad
- Las aventuras de Panguito
- El monte del chullachaqui
- El retrato
- Sordera
- Abicho y el legado del chullachaqui
- Chullachaqui y su pasado
- Crónica de un sueño mojado
- La Maldición
- El deseo del chullachaqui
- El buen roba niños
- La reina de los chullachaquis
- Chullachaqui, “hombrecillo misterioso”
- Paco y el chullachaqui
- Las Aventuras de José y Chullachaquito
- Chullachaqui amigo
- Por la ruta a Yurimaguas
- El chullachaqui solterón
- El chullachaqui chanchero
- La chacra del “Tío”
- Semblanza del chullachaqui
En toda una semana se perdió un niño por día. Muchos no sabían qué hacer. Cuidaban mucho a sus hijos, no los dejaban solos en ningún momento.
A la hora de acostarse los llevaban a sus camas a dormir con ellos, y les ponían cuatro campanitas en las manos y en los pies, para así escucharlos y evitar que alguien se los llevara.
Los vecinos hacían vigilias para que no siguieran desapareciendo más niños. Querían descubrir al ladrón que se los estaba robando.
Un día, mientras don Armando estaba de vigilia, vio como un hombrecillo con un gran sombrero de paja que ocultaba su rostro, en el que destacaba una prominente nariz y orejas puntiagudas, se llevaba por el bosque a un niño. No pudo hacer nada, ya que aquel hombrecillo era muy veloz, y como era de noche no podía ver bien hacia donde se dirigía.
Don Arturo llamó a todos los vecinos y les contó lo que vio de aquel hombrecillo que se llevaba hacia el bosque al hijo de la señora Olga. Muchos pobladores se quedaron sorprendidos, aunque uno dijo que era el chullachaqui, pero que no entendía por qué se estaba llevando a los niños, y para qué.
Los pobladores decidieron hacer algo para atrapar al roba niños.
A todos los niños que quedaban los llevaron al colegio para quedarse a dormir con la clara intención de que el chullachaqui pensara que estaban solos, pero no lo estarían; algunos padres aguardarían escondidos en los salones para atraparlo.
Pero en toda la noche el chullachaqui no se apareció. Los niños durmieron tranquilamente, sin miedo a que alguien se los llevara.
Así pasaron los días, y todo seguía tranquilo; nadie comentaba la desaparición de otro niño más. El único problema era la desesperación de aquellas madres que habían perdido a sus hijos y aún no los encontraban, ya que no dejaban de llorar.
Un día, un poblador encontró clavado en un árbol, un pedazo de papel que decía: