← Mis librosLectura gratuita
Índice del libro

Y ahí está la reina madre de los chullachaquis, tarde o temprano despertará…

Mardell Tello Pérez

Seudónimo: Alimber

↑ Volver al índice

Chullachaqui, “hombrecillo misterioso”

Regresaba Toñito de la escuela como todos los días, a las cinco de la tarde, pero antes debía pasar por casa de su abuelita Corina para escuchar sus fascinantes y sorprendentes historias de la selva. La abuelita era una anciana cariñosa que tenía tres nietos: Jorge, Bernardo y Toñito, aunque Toñito era el que más estaba preguntando si tenía historias para contar. Tanto era de preguntón que la abuela Corina debía hacer memoria y un gran esfuerzo para recordar cada historia vivida y escuchada durante los años de su vida. Es así como, en esas de las tantas historias y cuentos, le contó una acerca del chullachaqui. Aquella historia era real porque ella la vivió. La abuelita esperó como todas las tardes a su nieto, preparó un café bien oloroso (a ella le gustaba el café natural, molido con piedra en su batán), y también preparó unas ricas humitas calientitas con su ají charapita, pues el cuento iba a ser largo y ya se acercaba la hora de la merienda. Cuando su nieto llegó, ya había servido el café en la mesa. Y mientras desgranaba frejoles que una vecina le había regalado, pidió a su visita sentarse a su lado, en una manta tendida en el suelo. Y empezó:

Era yo muy pequeña, tenía apenas 10 años de edad. Mi madre me dejó sola con mi hermanita Magdalena de 4 años, allá en el campo, en la chacra donde vivíamos. Tenía un hermoso perrito que también era mi compañía y me servía muchas veces de guía, con su ladrido me avisaba si algo se acercaba, su nombre era Sansón. Aquella mañana mi madre había salido muy temprano, dijo que no demoraba pues iba solo a traer algunas mazorcas de maíz para preparar las humitas que nos gustaban mucho, en especial si eran preparadas por las manos de mamá. Yo jugaba con mi hermanita con una pelota pequeña que mi papá había traído de Tarapoto, que era el pueblo más cercano. Ella lanzaba la pelota y yo la recogía, hasta que la pelota se quedó quietecita como si algo la detuviera. Cuando me acerqué, la pelota avanzaba y así estaba yo hasta que me di cuenta que me alejaba de mi tambo. De pronto oí su voz llamarme, “¡Ñaña Coraaaa, ven!”, y entonces corrí hasta donde estaba ella, pero mientras corría vi moverse un cuerpecito color gris entre los arbustos; me asusté y corrí aún más rápido. Encontré a mi hermanita llorando, pues pensaba que yo había desaparecido; le dije que el viento había llevado lejos a su pelota, pero que ya se lo traje, y ella ya no lloró. Mientras tanto, yo estaba asustada por lo que había visto; en realidad, no sabía qué era lo que vi, y mi mamita ya había llegado con las mazorcas de maíz; me dijo que yo estaba pálida. No le dije nada en ese momento, y mi hermanita le contó que su pelota se había ido lejos y que su ñaña Corina le había ido a buscar. Mi mamá solo me miró y no me dijo nada. Ya llegada la noche me acerqué a mi mamá y le relaté lo que había visto. Ella me dijo que era el chullachaqui que rondaba por ahí; me contó que era un pequeño hombrecito del bosque, que no era humano sino un espíritu de la montaña que asustaba y se podía transformar en cualquier familiar para confundirlo y llevarlo a un monte sin salida donde las personas desaparecían sin dejar rastro.

COPIA PERSONAL · ·
58 de 10058%