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Índice del libro

Paco y el chullachaqui

Cuando todo había estado perdido, luego del incendio ocurrido a las cinco de la mañana en la casa de mi señora madre aquel nefasto siete de junio, apareció don Juan Vinces con una camioneta en la que portaba ocho vigas. Era su colaboración para levantar una casa nueva. Nos levantó los ánimos. Como necesitábamos cañabravas, y ya una señora nos había ofrecido su ayuda, también se ofreció en darnos una mano.

“El Pozo” es un predio que se encuentra en el sector La Mina, en el distrito de Lamas, casi colindante con la quebrada de Juanjuicillo, donde hay muchos árboles de renaco. Don Juan, mi estimado amigo Hugo, un agricultor que contraté y yo, fuimos en dicho plan. A las once de la mañana del tercer día del incendio, mientras despejábamos las malezas, aparte de un ternero muerto lleno de moscas al lado de un deteriorado sombrero de paja, vimos una especie de rayo que hizo mucha luz que nos sorprendió sobremanera; luego vimos un pequeño hombre que cojeando se escondía; parecía un mono con pantalón corto, nada lindo, chueco y definitivamente un extraño velludo de aspecto salvaje.

El obrero dijo que era el chullachaqui, que “ahorita vamos a ver dinero o algún regalo”. Mentira era. Mi vecina también le ha visto, dijo que le hizo perder en el bosque. Eso dicen: que hace desaparecer animales y personas. Don Juan también dijo que se presenta como un familiar o conocido, para engañarnos. Y Hugo le replicó que era un diablillo, travieso y malillo, que también le dicen “shapshico”. Vaya uno a saber.

Me asustaron un poco, pero sentía que estaban exagerando, ya que era muy temprano, aún no era mediodía, aunque el cielo estaba un poco nublado, y aquellos eran cuentos de medianoche; así que supe controlarme y mantenerme sereno. Nuestro agricultor estuvo pensativo; a Hugo se le veía tembloroso, en cambio don Juan sí que era un roble, además de religioso.

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