Índice del libro
- Ojos de espanto en la oscuridad
- Las aventuras de Panguito
- El monte del chullachaqui
- El retrato
- Sordera
- Abicho y el legado del chullachaqui
- Chullachaqui y su pasado
- Crónica de un sueño mojado
- La Maldición
- El deseo del chullachaqui
- El buen roba niños
- La reina de los chullachaquis
- Chullachaqui, “hombrecillo misterioso”
- Paco y el chullachaqui
- Las Aventuras de José y Chullachaquito
- Chullachaqui amigo
- Por la ruta a Yurimaguas
- El chullachaqui solterón
- El chullachaqui chanchero
- La chacra del “Tío”
- Semblanza del chullachaqui
Después de todo, se levantó. “¿Cómo llegué aquí?”. No había nadie en su casa. Salió, y allí estaba su amigo Artidoro.
Renzo Marcelo Vidaurre Moreno
Seudónimo: El Wauqui
↑ Volver al índiceChullachaqui amigo
El bosque bello extendía su excelso verdor desde el pequeño valle hasta elevadas montañas que la distancia teñía de añil. Desde las azuladas alturas, bajo un bosque de neblina, vertientes cristalinas emanaban de esponjosos helechos y grietas en rocas tapizadas con paños de musgo verde azul. Allí nacían los afluentes, se desprendían de majestuosos farallones con extraordinarias caídas formando resonantes cataratas con belleza sin igual. La brisa y llovizna que emanaban de las cascadas, originaban microclimas encantadores, apropiados para las orquídeas que se enraizaban a los troncos y rocas húmedas.
En la llanura, los torrentes se unían y engrosaban el caudal del río que serpenteaba el valle. Los yacushimbill0s y renacos aferraban sus fornidas raíces al talud y arriba unían su follaje formando un túnel de bellísima frondosidad. Desde las márgenes curvilíneas se extendía la perpetua vegetación en un mundo de inmortal biodiversidad.
El valle no era extenso. Lo encerraban las montañas de vegetación espesa que de tramo en tramo dejaba entrever oscuras rocas, que asomaban con perfiles adustos, vigilantes del extraordinario paisaje.
Allí vivía una tribu feliz. Hombres, mujeres, niñas y niños; gozosos cogían del río y el bosque lo indispensable para el sustento. El mitayo abundaba por doquier. En medio del valle a orillas del río, los nativos tenían su pequeña aldea de amplias casas de barro con techos de palma en una pequeña pradera de exuberante verdor. Era un pueblo dichoso.
Un aciago día, caminando contra el curso del río, aparecieron por allí unos hombres extraños. Con fingidas actitudes de timidez engañaron a los natos, quienes de buen corazón los acogieron y les permitieron áreas de terreno para sus labranzas, con la condición de que tomaran lo necesario para vivir y no desestabilizaran la naturaleza.
Los extraños se posesionaron. Cuando se sintieron seguros, borraron su amabilidad. Sacaron a relucir su infame codicia y trajeron más invitados, tan mezquinos como ellos. E invadieron todo el valle. Sin ninguna consideración, comenzaron a depredar el bosque, a llevarse la madera, contaminar el agua; ahuyentaron los animales, invadieron las colinas, iniciando un terrible desastre, sin importarles el perjuicio que causaban a la población nativa y al medio ambiente.