Índice del libro
- Ojos de espanto en la oscuridad
- Las aventuras de Panguito
- El monte del chullachaqui
- El retrato
- Sordera
- Abicho y el legado del chullachaqui
- Chullachaqui y su pasado
- Crónica de un sueño mojado
- La Maldición
- El deseo del chullachaqui
- El buen roba niños
- La reina de los chullachaquis
- Chullachaqui, “hombrecillo misterioso”
- Paco y el chullachaqui
- Las Aventuras de José y Chullachaquito
- Chullachaqui amigo
- Por la ruta a Yurimaguas
- El chullachaqui solterón
- El chullachaqui chanchero
- La chacra del “Tío”
- Semblanza del chullachaqui
― Yo también, hijo, y te aseguro que nunca más lo veremos, porque ya sabe que no le tenemos miedo― concluyó mi abuelo, y me instó a seguir el camino rumbo a Lamas.
Jorge Augusto Mesía Hidalgo
Seudónimo: Hijo de la Selva
↑ Volver al índiceLa chacra del “Tío”
(Adicional)
Dicen que don Froilán Aguinaga había venido de Rioja, departamento de San Martín, poco tiempo antes que los tupachos insurrectos del MRTA lo hicieron “correr” de sus parcelas cercanas a la banda izquierda del río Mayo, argumentando que era un gamonal explotador. Al llegar a Loreto ―en su exilio forzado― quedó sorprendido de encontrar montañas vírgenes en una inmensa selva en la que el pie del hombre “civilizado” aún no había hoyado.
Como hombre de campo se internó emocionado por la vegetación de aquella tierra selvática colindante con los terrenos de la reserva natural del Pacaya-Samiria. La exuberante vegetación de la selva baja loretana, terminó por encandilarlo.
Luego de un largo trajinar por las oficinas del Ministerio de Agricultura que en esos tiempos operaba en la cuadra tres del jirón Pevas, en Iquitos, consiguió que le adjudicaran 300 hectáreas de tierras en una zona llamada “Ex-petroleros”, a donde se llegaba por un camino de herradura que comenzaba en la vía semiasfaltada de la carretera Iquitos-Nauta. El camino lo llevaba, primero, hasta la parcela del “huanuqueño”; de ahí, una caminata de dos horas a pie, entre árboles y maleza enmarañada, lo conducía hasta su nueva propiedad.
Dueño y señor de su parcela, procedió a rozar y talar una parte considerable de “su” bosque. Era digno de ver cómo una persona de su edad ―tenía 54 años― hacha en mano, iba tumbando árboles centenarios de caoba, renacos, ishpingos y sobre todo, los pétreos “shungos”, para hacer sus sembríos. Al cabo de tres meses de trabajo, un claro en aquella montaña evidenciaba ya lo que habría de ser su nuevo hogar.
Con el apoyo de Juan Manuyama ―su compadre de Iquitos―, construyó una atractiva casa levantada sobre duros horcones, con el techo de shapajilla y el piso de pona a un metro de altura, para evitar las inundaciones.