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Índice del libro

Una vez construida su vivienda, procedió luego a hacer un reconocimiento profundo de su propiedad. Durante varios días, acompañado tan sólo de su escopeta de retrocarga y de su viejo machete colombiano, se internó en la profundidad de la selva. A su paso iba señalando con ramas cortadas, un camino que más tarde despejaría ampliamente para utilizarlo como trocha.

Como buen montaraz, de vez en cuando armaba una chapana para cobrar una buena pieza de caza; de esta forma nunca le faltaba carne para sus comidas y aún más, haciendo uso de anzuelos y arpones, lograba capturar uno que otro pez en las múltiples quebradas que surcaban su propiedad.

La inmensidad de la selva es algo que suele sobrecoger y asustar a los curtidos hombres como don Froilán; sus enormes árboles impiden el paso del sol, a través de una tupida vegetación que no permite ver por donde vendrá el peligro. Una hojarasca crepitando, como si por ella se desplazara algún mamífero carnicero o una víbora venenosa, produce sensaciones que no se olvidan con facilidad.

Las aletas de los árboles, principalmente de los renacos, llamaban la atención de nuestro explorador; cuando las golpeaba con el mango de su machete sonaban como tambores. “Es el medio de comunicación en la selva”, le había dicho Juan Manuyama. “Si alguna vez te extravías en el bosque, golpéalo con fuerza; si tienes suerte y hay alguien por las cercanías, vendrá a socorrerte”.

El día que aconteció la historia que hoy queremos relatar, don Froilán Aguinaga se acercó a un inmenso renaco; sus gigantescas aletas lo invitaron a tañerlo con el mango del machete, así que ni corto ni perezoso, se ocupó en esa labor: ¡KONNNNNGG..., KONNNNNNGG..., KONNNNNGGG...!

El sonido producido realmente parecía atravesar la selva. De seguro su compadre Manuyama, desde la casa, lo estaba escuchando. Súbitamente recordó, también, que le había recomendado no jugar con las aletas; estas sólo debían usarse en casos de emergencia. Dejó de tañerlas y optó por algo más productivo: buscar motelos entre la hojarasca acumulada.

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