Índice del libro
- Ojos de espanto en la oscuridad
- Las aventuras de Panguito
- El monte del chullachaqui
- El retrato
- Sordera
- Abicho y el legado del chullachaqui
- Chullachaqui y su pasado
- Crónica de un sueño mojado
- La Maldición
- El deseo del chullachaqui
- El buen roba niños
- La reina de los chullachaquis
- Chullachaqui, “hombrecillo misterioso”
- Paco y el chullachaqui
- Las Aventuras de José y Chullachaquito
- Chullachaqui amigo
- Por la ruta a Yurimaguas
- El chullachaqui solterón
- El chullachaqui chanchero
- La chacra del “Tío”
- Semblanza del chullachaqui
A los pocos minutos la suerte le sonrió: la punta del machete tocó algo duro y seco. Hurgando con la mano entre la hojarasca localizó un motelo de unos 45 cm. de largo. Satisfecho de haber encontrado su comida para el medio día, se alejó de la zona con su tortuga a cuestas. No había avanzado más de 100 metros cuando un claro en la espesura llamó vivamente su atención.
Entre toda la maraña de árboles y lianas, apareció de la nada una zona completamente cultivada, sin arbustos ni malas hierbas, en cuyo centro se erguían, tres majestuosos y solitarios arbolitos de caimitillo. Era digno de verse. No había ninguna trocha de acceso ni mucho menos rastros de persona alguna, pero la zona se encontraba limpia y bien cuidada. Su asombro muy pronto se convirtió en temor pues recordó las palabras de Juan Manuyama:
―Si alguna vez en la espesura del monte, encuentras una chacrita bien cuidada donde sólo vez crecer unos cuantos caimitillos, ten mucho cuidado, de seguro se trata de la “chacra del tío”.
―¿La chacra del tío? ―había preguntado curioso entonces.
―¡Sí, la chacra del tío, la chacra del shapshico, del shapingo o diablo, como tú quieras llamarlo. No la cruces, rodéala y aléjate lo más rápido posible de la zona ―le había advertido.
Pero nuestro osado amigo, al hallarse en tan apacible lugar, muerto de hambre y de cansancio, optó por reírse y acercarse temerariamente. “Con diablitos a mí”, se dijo e ingresó al recinto y se paró debajo de los caimitillos, deseoso de reposar bajo su motelo y su capacho al suelo. Era buen lugar para armar una tullpa y cocinar una sarapatera.
Mientras juntaba leña seca y un poco de yesca, iba pensando en lo supersticioso y tonto que era el indio Manuyama. “Yo le voy a enseñar a ese indio ignorante que aquí no hay nadie a quien temer, yo no le tengo miedo a nada ni nadie, carajo”, se dijo para sí.