Índice del libro
- Ojos de espanto en la oscuridad
- Las aventuras de Panguito
- El monte del chullachaqui
- El retrato
- Sordera
- Abicho y el legado del chullachaqui
- Chullachaqui y su pasado
- Crónica de un sueño mojado
- La Maldición
- El deseo del chullachaqui
- El buen roba niños
- La reina de los chullachaquis
- Chullachaqui, “hombrecillo misterioso”
- Paco y el chullachaqui
- Las Aventuras de José y Chullachaquito
- Chullachaqui amigo
- Por la ruta a Yurimaguas
- El chullachaqui solterón
- El chullachaqui chanchero
- La chacra del “Tío”
- Semblanza del chullachaqui
―Yo conozco un lugar mejor compadre, está por aquí cerca, sígame ―le dijo.
Encogiéndose de hombros optó por seguirlo a prudencial distancia. Los minutos iban pasando, a la par que sus pasos los iban internando más y más por la espesura de la selva. Muy pronto los minutos se hicieron horas y Juan Manuyama no daba signos de querer detenerse, sólo decía:
―Ya llegaremos, no desespere compadre.
Más que desesperado, don Froilán estaba cansado, y pese a haberse deleitado con su sarapatera, tenía hambre y mucha sed. Y lo que era peor, su linterna no alumbraba bien la oscuridad del camino, de ahí que a cada rato tropezara y se cayera al suelo.
―¿Oye y si nos detenemos para comer un rato? ―exclamó un tanto suplicante.
―Ya le he dicho compadrito que estamos próximos a llegar a mi refugio, ahí descansaremos y comeremos.
La noche, aunada a la frondosa vegetación, pronto comenzó a hacer indistinguible cualquier sendero o trocha. Sólo los cocuyos y luciérnagas, de rato en rato, alumbraban con claridad la espesura del bosque. Pese a ello Froilán continuaba secundando a su compadre en la marcha. Muy pronto el cansancio y el hambre lo pusieron a la zaga.
Cualquier intento o pedido para que su compadre se detuviera o lo esperara, era ignorado olímpicamente. De repente un negro presentimiento recorrió su mente: “¿Realmente es mi compadre Juan Manuyama a quien estoy siguiendo?”, pensó. Un escalofrío recorrió su columna vertebral. “¿O es acaso el chullachaqui convertido en mi amigo el que me esta internando peligrosamente por la selva para perderme?”.
Aterrorizado por tan negro presentimiento se negó a continuar. Diez metros más adelante, Juan Manuyama le hacía señas para que lo siguiera. Pero Froilán, con el rostro desencajado por el terror, se negó a seguirlo. Juan Manuyama, volviendo sobre sus pasos, llegó hasta donde se hallaba su compadre y con voz burlona le dijo:
―¿Qué, ya no puedes caminar? ¿Acaso tus piernas se niegan a seguirme? ¡Contesta invasor de chacras ajenas! ―le espetó con una sonrisa entre colérica y burlona.