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Índice del libro

―¿Entonces, es usted compadre Manuyama? ―se atrevió a preguntar.

―Sí compadrito, soy yo. ¿Quién creía que era? ¿El chullachaqui?

Al escuchar ese nombre, montó en pánico y gritó:

―¡No carajo, a mí nadie me engaña, si realmente eres mi compadre ponte a rezar el Padrenuestro como loco o ahorita mismo te agarro a machetazos...!

Juan Manuyama, entre asustado y sorprendido, se puso a rezar nuestro tan conocido Padrenuestro y ahí no terminó la cosa sino que también fue obligado a rezar el Credo y el Ave María, y de yapa tuvo que persignarse tres veces. Finalmente, tuvo que besar dos palitos que don Froilán había unido a manera de cruz.

Sólo así se convenció don Froilán Aguinaga que esta vez no se trataba del chullachaqui. ¿Pero que había ocurrido entonces? De seguro ―según intentó explicar él mismo― luego de la comida se quedó dormido teniendo en su mente los cuentos y leyendas del indio Manuyama; estos le habrían jugado una mala pasada a su subconsciente, deviniendo en una terrible pesadilla.

¿Y cómo había aparecido su compadre en esa parte de la selva y en tan corto tiempo? Pues merced a los sonidos que salieron de las aletas del renaco, que como ya se explicó, constituyen los tambores de auxilio en esa parte de la selva amazónica.

Ya más calmado y sonriente, luego de clavar una cruz cristiana en la chacra del tío, don Froilán Aguinaga se retiró con su amigo Manuyama a continuar con la exploración de sus parcelas. Pero mientras se alejaban, una enclenque figura escondida detrás de un árbol, dejaba asomar un pie que terminaba en garra y se decía para sí, muy despacito:

―Así que una pesadilla ¿no? Ten mucho cuidado invasor de chacras, por hoy has tenido suerte, quien sabe lo que te puede ocurrir mañana si no respetas mis montañas. A lo lejos, el urcututo lanzó su cántico de mal agüero; un cántico que a decir de los nativos sólo podía presagiar algo malo.

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