Índice del libro
- Ojos de espanto en la oscuridad
- Las aventuras de Panguito
- El monte del chullachaqui
- El retrato
- Sordera
- Abicho y el legado del chullachaqui
- Chullachaqui y su pasado
- Crónica de un sueño mojado
- La Maldición
- El deseo del chullachaqui
- El buen roba niños
- La reina de los chullachaquis
- Chullachaqui, “hombrecillo misterioso”
- Paco y el chullachaqui
- Las Aventuras de José y Chullachaquito
- Chullachaqui amigo
- Por la ruta a Yurimaguas
- El chullachaqui solterón
- El chullachaqui chanchero
- La chacra del “Tío”
- Semblanza del chullachaqui
Cuando el chullachaqui no desea la presencia de alguien en sus dominios, golpea, con qué será, las aletas o raíces de algún árbol, produciendo un sonido como si estaría hacheando, fuerte y prolongado en el bosque. Si algún montaraz está solo monte adentro, de alguna forma le tienta, aunque no siempre, como si pretendiera comprobar si es miedoso; si lo es, adopta la forma de un ser humano, que puede ser el padre, el hermano, el tío o un amigo y con engaños lo lleva por la espesura del bosque y luego desaparece, dejándolo en sitios intrincados, perdido y presa del miedo.
Por eso, los que han salido airosos de sus encuentros con este personaje, recomiendan que cuando se presenta como un familiar o amigo, lo primero que se debe hacer es fijarse en su pie izquierdo, al que trata de ocultar, pues a ese sí no lo puede transformar y cuando se nota esta anormalidad, hay que decirle en tono enérgico: Tú no eres mi padre, mi tío, según como se presenta. Al verse descubierto, él se aleja con una risita sardónica.
Un cazador que acostumbraba chapanear por las noches, contó que una vez cuando estaba en ese oficio, notó un silencio un tanto raro en el bosque, luego escuchó el llanto desesperado de un niño y gritos de una mujer pidiendo auxilio. Cuando se silenciaron ambos, oyó una música triste que parecía ser de una flauta, pero él, que ya sabía que se trataba del chullachaqui, se mantuvo tranquilo, prendió un cigarro mapacho que él mismo hacía y esperó toda la noche. Ningún animal llegó.
Lo que les pasó a dos hermanos fue algo increíble. Ellos estaban trabajando en un sitio alejado y cuando faltaban dos días para que volvieran al pueblo, el hermano mayor dijo: “Hay que llevar carne ahumada a la casa, yo he visto que entra harto animal a la colpa”. Fueron pues a este lugar, adonde llegaron cuando estaba anocheciendo. En menos de tres horas mataron cinco picuros, por lo que decidieron volver al tambo. Una vez allí, pusieron los animales en una barbacoa para mayor seguridad.