Índice del libro
- Ojos de espanto en la oscuridad
- Las aventuras de Panguito
- El monte del chullachaqui
- El retrato
- Sordera
- Abicho y el legado del chullachaqui
- Chullachaqui y su pasado
- Crónica de un sueño mojado
- La Maldición
- El deseo del chullachaqui
- El buen roba niños
- La reina de los chullachaquis
- Chullachaqui, “hombrecillo misterioso”
- Paco y el chullachaqui
- Las Aventuras de José y Chullachaquito
- Chullachaqui amigo
- Por la ruta a Yurimaguas
- El chullachaqui solterón
- El chullachaqui chanchero
- La chacra del “Tío”
- Semblanza del chullachaqui
Luego de descansar un rato, se levantaron e hicieron candela para chamuscar y pishtar a los picuros, pero cuando fueron a agarrarlos, estos saltaron de la barbacoa por encima de la candela y desaparecieron. Una vez repuestos del susto, los hermanos se dieron cuenta que el chullachaqui les había hecho una buena jugada.
Otro caso les ocurrió a Manuel y su mujer, Emilia, quienes una mañana estaban yendo a su chacra. Faltando unos cincuenta metros para llegar al tambo, había una quebrada que tenían que cruzarla. Al otro lado ya y como hacía calor, ella se quedó con la intención de mojar su cabeza.
Como se estaba demorando más de lo necesario, Manuel volvió a la quebrada para reclamarle por su demora, pero no la encontró y dedujo entonces que algo le había pasado a su mujer, por lo que corrió al pueblo a pedir a sus familiares que le ayudaran a buscarla. Cuatro hombres, incluido él, cuando llegaron al sitio de donde había desaparecido Emilia, empezaron su búsqueda, dos por una parte y dos por otra, llamándola continuamente. Luego de un par de horas de peinar el monte, la encontraron en un sitio lleno de espinas, cansada y asustada. Al preguntarle Manuel qué había pasado, ella le respondió: “Es que tú regresaste a donde yo estaba y como me dijiste que agarráramos cangrejos en la quebrada, yo, confiada te seguí. Así ha sido”.
Entonces Manuel, en tono amargo, dijo: “El pendejo de chullachaqui ha adoptado fácilmente mi personalidad para engañarle a Emilia”.
Pero así como el más avezado delincuente tiene su parte mala, así también el chullachaqui puede ser generoso. Una vez, un cazador estaba monteando en el centro, como se dice en el castellano amazónico. Se encontraba solo, como lo hacía mayormente; de repente, una chicua rompió la tranquilidad del bosque con su agorero canto. Al oír esto, el hombre se dijo: “¡Qué me estará avisando este pájaro!” En eso estaba cuando en una curva de la trocha se encontró frente a frente con el chullachaqui, quien empezó a fastidiarle, a tentarle, pero el montaraz era corajudo, bien templado y se enfrentó al hombrecillo que pese a su pequeñez era forzudo, sin embargo el cazador, que no era ningún inútil, logró vencerle.